texto y fotografía por Juan Domingo Urbano

La delimitación del espacio es, por definición, una forma de cercar las ciudades.

Los nombres vienen después. Aunque nunca el mapa es el territorio. Nuestra existencia pervive por sobre esos límites, trazada con la línea imaginaria de la memoria, para justificar nuestra naturaleza caótica y salvaje, incapaz de abandonar anhelo de abarcar el lugar. Los hombres no pertenecen a las ciudades. Pero nos describimos apelando a nuestro origen de urbanidad. Y es que la verdadera dimensión es ganada por el paisaje, flora y fauna, de aquellas dimensiones que superan a los hombres. Pues no somos parte de la cadena, pero la hemos sometido. Tanto para convertirnos en presas de nuestros propios cautiverios. Somos lobos de los lobos. ¿Puede alguien asegurar el fin de las ciudades? Desde luego no está en sus calles. Vemos puentes quebrados, caminos derruidos, cuestas cayendo, bajadas en pendiente, canales desbordados, acequias crudas, pastizales en llamas, pavimento reventado, más asfalto, placas de cemento erguidas hacia el cielo, espinazos de acero tapando el sol. Calles donde antes hubo caminos, hoy describen frías trayectorias para los muertos. Son rutas. Los derroteros. Esas autopistas. Cielos cortados con sables de luz, donde cuelgan nuestros sueños, traiciones, esperanzas y pulsiones vitales. Una existencia pendiente desde la altura. Recuerdo al personaje de Edward Norton, al final de Fight Club, mirando los edificios explotar, diciendo a la chica: “Me conociste en un momento muy extraño de mi vida”.

Miro el paisaje urbano, y de momentos, hasta encuentro sentido a la escritura.

En la calle irrumpen postes de colores, textos en los muros, murallas tatuadas, zapatos y zapatillas colgando de los cables del tendido eléctrico. Alta tensión en la altura. ¿Qué está pasando? Algo nos dicen, pero no podemos oírlos. Esas zapatillas allí, desde su perspectiva, guardan y esconden un misterio que no hemos sido capaces de revelar. Hablando por chat hace unos meses, con mi amigo Martín Cinzano, quien reside en el DF, me contaba que allá ocurre lo mismo (lo mismo que en Paraguay, Brasil, Argentina, Colombia, Ecuador), y advertía lo mismo dentro de esa interrogante, “todo es muy extraño”. Cinzano amante de las conspiraciones y que también tiene de mentor a nuestro caro Roberto Arlt, unas semanas después me enviaría su libro de crónicas, donde conjetura, en clave de parodia arltiana: “Distancia encajonada por las altas fachadas sobre las que es posible observar zapatos pendiendo desde cables de corriente eléctrica”. El misterio paranoico de los signos. ¿Qué podemos leer en esas marcas? Todo lo que lo explícito nos enrostra, pues detrás de cada cable, esa línea que leemos, se esconde otro sentido. Semiótica de la ciudad. Marcas de las villas y sus contextos. Leer el barrio, es pensarse, en la soledad de un sujeto que nada entiende, caminando cabeza-gacha. Comprender el suelo que pisamos, los techos que nos cubren, las paredes que nos cobijan/distancian. “El miedo imaginó las casas y entonces comenzó la soledad”, acuñó Ballesteros. Es esa la derrota. Luego deviene el miedo, agrega líneas más abajo Cinzano con “los zapatos colgados como un principio de la locura”. Todo lo-cura. No puede ser de otro modo. Bienvenidos al corazón de la Mitópolis. Sonría lo estamos grabando…

Paisaje urbano

No retengo la cita textual, pero refiere a la consideración de Walter Benjamin sobre construir eslóganes como una forma superior de la crítica, o algo así. Creo que de esa interpretación se trata, de alcanzar a decodificar las capas semánticas que la hegemonía ha plasmado, impuesto y cubierto, con sendos bloques de concreto. Resquebrajar la pintura, los revestimientos que no dejan abarcar el andamiaje. Las tramas de acero y fierros, las cotas y losas de cemento, que nos queden a la vista. ¿Qué hallaremos detrás de esas ventanas? Toda la luz del medio día.

Los cables de alta tensión

En otras de estas mismas crónicas he referido sobre la destrucción del espacio. O no con esas palabras, pero he buscado dar cuenta de la imposibilidad de pertenencia, de identidad o recuperación y resistencia del paisaje, en que desafiamos al destino. Todo se transforma. Somos citadinos. ¡Qué palabra más fea! Creemos en la ciudad, pero a ella poco le importa nuestra vida: si es que sabe que existimos. ¡Por qué seguir defendiéndola! No somos parte de un lugar. Nosotros somos el espacio. El texto es el territorio. El cuerpo nuestro mapa. La vida como una superficie habitable. Cuando hemos perdido la memoria, a veces, sirve ahondar en las biografías. Vi pasar las calles, cambie de casas, dejé amigos, arrancaron árboles, creció la maleza, desaparecieron recorridos de transporte, echaron abajo las plazas, las torres cambiaron de color. De la iglesia donde me bautizaron, a comienzos del ’70, que por entonces era la construcción más alta de la comuna, nada queda de su esplendor. Cualquier condominio o conjunto de departamentos sobrepasa en alto y ancho a esa parroquia de 1918. Entonces, ¿dónde poner el acento para mirar los días? No en esa forma de los recuerdos. Salvo en el crespúsculo del presente. Hacerse un escáner al alma y encontrar las escaleras, entre telarañas y traumas, tan solo un punto de fuga. Códigos recogidos, que converjan desde los cuatro puntos cardinales. La ciudad será de cristal. Stencils. Tipografías. Anuncios. Banderas. Grietas. Neones. Balazos. Grafitis. Las cáscaras de las paredes. Las pieles. Sus cicatrices. Los golpes. Nada anuncia la corrosión, que no sea su propio reemplazo, cuando la condena de la memoria asume el precio del silencio. El lenguaje cifrado de la ciudad, no está en el habla de la calle. En la ciudad, decía Huidobro, la gente habla, habla, pero nadie dice nada. Y no lo decimos por las más diversas razones y pasiones, que ahora sé y siento exceden nuestra pobre naturaleza animal-urbano. Acaso por eso que todos sabemos, pero que nadie se atreve a decir. El miedo. Las zapatillas. Son los cables de alta tensión. Animarse a oír el rumor, las voces en sordina que se pierden en la multitud.

Agosto de 2013.