texto y fotos de Daniel Noemi

¿Qué es más chocante: ver a alguien torturando brutalmente a otra persona o notar que mientras eso sucede, la señora de la casa continúa cocinando como si nada—echando una miradita de vez en cuando—y los niños en la misma habitación, si es que no se deciden a ayudar con la tortura, se entretienen con un videojuego?

Al comentar la película de Amat Escalante, que ganó el premio al mejor director en el último Cannes, la crítica ha reiterado lo difícil que es de mirar a la vez de lo inevitable que nos resulta pegar nuestros ojos a la pantalla. Heli, escribe Jesús Silva-Herzog Márquez, “nos golpea en la cara para ver el horror de frente. Es cierto: no podemos cerrar los ojos”. El film muestra la apatía e indiferencia que ha creado el régimen de violencia en México; una apatía que solo puede ser entendida como estrategia de pervivencia: la única manera que yo tengo para poder seguir viviendo, no con mi vida normal—pues esa alternativa desapareció hace mucho—sino como con mi vida de sobreviviente. Porque lo que queda claro en Heli es que todos los que no mueren son sobrevivientes de una guerra y, al mismo tiempo, víctimas. La vida literalmente se ha devuelto a un estado básico en el cual se le quita su importancia en tanto vida. Se desnuda de sí, plantearía Agamben; se inviste de tal modo que ya deja de importar en lo absoluto. Pero aquí no es solo eso, no se trata no solo de la vida y la pérdida de ella, sino también del espectáculo de la violencia y de la muerte. Más allá de una Tanatopolítica, política de la muerte de la que hablan algunos, lo que ha sucedido es que nuestra sociedad del espectáculo ha devenido una con esa política mortal: sociedad del espectáculo de la muerte, donde los cuerpos que cuelgan de los puentes, los decapitados, los destazados, los quemados, los que ni siquiera podemos imaginar lo que le hicieron, forman parte del imaginario diario, es el pan de todos los días. En una escena Heli, apenas recuperándose de sus heridas, está viendo las noticias que muestran las cabezas de tres hombres. Hay algo tan banal y perversamente normal en ello, que se nos revuelve el intestino de la memoria. Heli logra revolver-nos y lo hace a través de una puesta en escena fría, casi clínica en su brutal belleza. Muchas de las tomas con la cámara fija nos recuerdan a esas maravillosas películas del maestro Ozu—el paisaje es abismante, la naturaleza en su sequedad y dureza, profundamente bella—, pero, claro, aquí lo que sucede es muy diferente a los sueños de Tokyo Story. O quizás no tanto. Y ahí está, creo, la clave de Heli. Hay escenas, como las referidas, que son brutales. Pero la mayor violencia está afuera, está por afuera, está en las miradas: en la mirada de la mujer que cocina, de los niños que juegan y, sobretodo, en nuestra mirada quizá inquieta pero necesariamente inmóvil. Escalante ha dicho en entrevistas que su película tiene sentido del humor. Ciertamente, hay momentos en que una sonrisa se nos permite (como cuando el cadete usa como pesas de ejercicio a su novia), pero son apenas lunares en un tiempo que nos aprisiona y nos obliga a contener la respiración.

Ciudad de México es una de las ciudades más alucinantes del mundo. Es una ciudad que no acaba, donde cada día se descubre que lo inesperado es simplemente lo más normal. Dar una vuelta por ella, como nos cuenta Paz en su poema—aunque “nunca llegamos, nunca estamos donde estamos”—es recorrer un universo de olores y sonidos, de colores y sensaciones, que se nos impregnan en nuestros corazones como las memorias de la niñez. Ciudad, como toda o casi toda, de contrastes violentos, de caos, de agotamiento, de rabias y desenfados; ciudad, como pocas, de belleza e intensidad. Y en eso pienso cuando salgo del cine y camino por Sonora hacia Insurgentes. Intento entender, comprender. Llego al Parque México y veo perros corriendo, niños jugando, parejas besándose con esa pasión para la cual veinte años ya son mucho; los árboles enmarcan la escena de tonalidades verdes. Me siento en una banca y me doy cuenta que ando sin cigarrillos. Ni modo. No los necesito. La película ha llenado de todos modos mis pulmones. Una lluvia de sensaciones, estrellas fugaces que no soy capaz de retener en la mía testa. Una pintada hace alusión a Peña Nieto. Ayer arrestaron a otro capo de la mafia. En Michoacán las autodefensas luchan contra los narco y contra el gobierno. Hace unos días secuestraron a decenas de militares. Otra matanza en el norte. Los chicos secuestrados en bar por aquí cerca hace casi tres meses aún no aparecen. Dicen que están muertos. Ficción. Realidad. Me levanto y camino hacia casa. Mi departamento en Amsterdam. En la esquina veo a un grupo estirándose en el Pilates. Al frente, en el bar, unos chavos se ríen felices mientras bajan sus chelas (chance enchufan una chava un poco más tarde). Ya se hace de noche pero en el DF no se ven las estrellas.