Por Juan Pablo Winter Sepúlveda, poblador de Xitlhelani[1] Fuente: http://ddhhlalegua.files.wordpress.com/ Se dice que en África está el origen de la humanidad, que allí se habrían encontrado los primeros vestigios de vida humana. Curiosamente, si se considera que muchos países lograron su independencia recién en la segunda mitad del siglo XX, se trataría también de un continente relativamente nuevo.

Al preguntarse por qué- teniendo tantas riquezas naturales- el África subsahariana posee bajos índices de desarrollo humano, altos niveles de pobreza y una fuerte inestabilidad política y social en y entre sus naciones, una de las principales respuestas se encuentra en el vínculo generado con los países colonizadores (ver Moyo, Mills y Mbeki, entre otros). Y es que en el período de la Guerra Fría y, bajo el pretexto de la ayuda internacional, el continente acrecentó una fuerte dependencia (política y económica principalmente) de los países del hemisferio norte. Una “ayuda” que llegó alternadamente a modo de préstamos y también como donaciones. Bajo la primera forma, a algunos pudiese sorprender que en las últimas tres décadas África haya aumentado no sólo sus niveles de pobreza, sino que también su deuda histórica hacia sus donantes. En cuanto a las donaciones, lo que parece haber ocurrido no es sino la naturalización de las relaciones sociales de poder (entre norte y sur) que Bordieu describe como “dominación simbólica”.

El que Chile “coopere” con otros países se trataría de un fenómeno más reciente. El fin de la dictadura y el crecimiento económico experimentado desde entonces por el país hicieron que pasáramos de ser un país receptor a uno donante (principalmente hacia otros países de América Latina y el Caribe). Dicha gestión traspasó las barreras del Estado y se hizo extensiva al sector privado y al mundo de las organizaciones no gubernamentales que vieron, esta vez fuera del territorio nacional, un nicho donde desempeñar su “rol social empresarial” y “ayuda social” respectivamente.

¿Qué es lo que motiva a una organización chilena a prestar ayuda (sea ésta a través de recursos económicos o capital humano) a un país “más pobre”? ¿Cuál es la moneda de cambio o lo que se espera una vez finalizada la intervención? ¿Qué interés persiguen los empresarios y filántropos (toda gente de poder) de dichas organizaciones? Preguntas válidas y discutibles, pero que parecen ignorar al principal protagonista (víctima o destinatario) de dicha acción: la comunidad receptora.

Pareciera clave preguntarse entonces, si la intervención es sobre la comunidad o si se trabaja desde y con ella. ¿Cuánto se sabe del lugar al que se envía dinero o voluntarios, y que interés hay en trabajar bajo la lógica y el (re)conocimiento del otro?

En abril de 2012 llegué a vivir a una pequeña aldea rural en la provincia de Limpopo, al noreste de Sudáfrica. Fue al alero de una fundación chilena y en calidad de voluntario que adquirí el compromiso de trabajar durante un año en la misión que se acordara con la contraparte local. Desarrollo participativo, empoderamiento y sostenibilidad fueron los ejes de mi propuesta en un lugar de extrema pobreza. Se levantaron diagnósticos desde las organizaciones de base, respetando las jerarquías tribales y velando por el bienestar que la misma comunidad sugirió. Educación, deporte y agricultura fueron los temas trabajados (desde la articulación) durante el año de voluntariado junto a la gente de la aldea y con el respaldo (principalmente moral) desde Chile de la organización patrocinadora. En marzo de 2013 dejé la zona e hice el traspaso a los nuevos voluntarios con el compromiso, por parte de la fundación, de dar continuidad a los proyectos iniciados el año previo.

En junio decidí volver a vivir a la aldea, pero ya sin la fundación. Esta vez por mi cuenta y por tiempo indefinido. Al llegar me encontré con que la organización había dejado el trabajo con la comunidad (por considerarlo “riesgoso” en palabras de su presidenta) e iniciado el diálogo con una religiosa (europea arribada este año), directora de una escuela particular subvencionada para niños en privilegiada situación económica (la única en kilómetros a la redonda). Los proyectos comunitarios vieron interrumpido su desarrollo y la monja, que arrastra denuncias en el Departamento del Trabajo por despidos injustificados, acoso laboral, racismo y explotación a sus trabajadores, encontró un aliado que le da respiro y le permite rescindir de más personal (y ocupar en sus lugares, de manera gratuita, a voluntarios extranjeros). La fundación, por su parte, ha aumentado exponencialmente sus seguidores en Facebook, mientras en la página web describe a sus socios y seguidores cómo la comunidad se empodera y desarrolla de gran manera gracias a sus proyectos (…)

¿A quién se ayuda cuando se ayuda? Si el interés no está en “el otro”, pareciera entonces estar en “uno mismo”. De ser así, ¿cuál es el costo? Si se llega a un lugar a prometer un trabajo en conjunto y a medio camino se cambia de decisión, ¿no es mejor acaso nunca haber llegado que prometer y generar falsas expectativas en una población históricamente agredida? Si no se conoce ni respeta el lugar de turno, ni tampoco se sabe quién es o qué hace la contraparte local, ¿cuál es la probabilidad que la comunidad salga beneficiada?

Cuando la guerra y la violencia dejan de ser explícitas y toman el carácter de dominación y agresión simbólica resulta difícil dar a conocer el rostro del agredido. Y es que la ingenua mirada y transparente sonrisa del niño a pies descalzos sobre el barro africano -que gana miles de seguidores en las redes sociales-, hoy no deja ver la impotencia de su familia, vecinos y compatriotas que sólo quieren que se les deje tranquilos para ser, de una vez por todas, libres de verdad.