Las palabras ecología y medioambiente no estaban en el programa de la Unidad Popular, ni tampoco en las candidaturas de Alessandri o Tomic en 1970. Peor aún: ni siquiera la preocupación ambiental era tema. Por entonces el contaminoso humo de las chimeneas de la usina de Huachipato todavía era síntoma de progreso y desarrollo.

Por Marcelo Mendoza/ Edición Nº14/ Septiembre 2013

Nunca se escuchó hablar en este lejano país de los provos holandeses -movimiento político de jóvenes radicales, previo al movimiento hippie, que denunció por primera vez que el capitalismo no sólo era la explotación del hombre por el hombre, sino también del entorno- ni de Rachel Carson (bióloga norteamericana que publicó en 1962 La primavera silenciosa) ni de otros pioneros en el intento por crear conciencia ecológica que, visionarios, planteaban aquello a fines de los 60 y principios de los 70 del siglo pasado (como Barry Commoner, E.F. Schumacher o el siempre lúcido Iván Ilich). Eso era un asunto esotérico, de extraterrestres.

Sin embargo, también había extraterrestres en Chile. Rafael Elizalde McClure en 1958 publicó La sobrevivencia de Chile, en el que hizo un repaso de la degradación ambiental, obra ampliada en 1970, con el amparo del Ministerio de Agricultura de Eduardo Frei Montalva, donde pinta una situación crítica. El texto no tuvo repercusión alguna y esta indiferencia, más otros ninguneos hacia un hombre adelantado e intenso, hicieron que fuera su autor quien decidiera no sobrevivir ante tamaña incomprensión: se suicidó ese mismo año.

El otro extraterrestre era Godofredo Stutzin, quien junto al propio Elizalde y un puñado de académicos y conservacionistas crearían en 1968 la Comisión Nacional pro Defensa de la Flora y Fauna (Codeff), institución pionera en Chile en la sensibilización ambiental.

La Unidad Popular, consumida en el paradigma de la Guerra Fría, no consideró que el medioambiente fuera un asunto revolucionario. Ni el bloque soviético ni la revolución cubana estimaban que ser de izquierda conllevaban cierta preocupación por el hábitat ni menos por animales, la energía o la erosión.

En el contexto mundial, en 1971 un pequeño grupo de hippies zarpó desde Vancouver, Canadá, en un viejo barquito, para oponerse a las pruebas nucleares que Estados Unidos llevaba a cabo en una pequeña isla frente a Alaska, donde vivían 3 mil nutrias marinas en peligro de extinción. La embarcación fue violentamente interceptada por un buque de guerra, y el hecho fue noticia mundial: con esa acción nacería Greenpeace.

En Chile, seguramente el movimiento siloísta era el único que consideraba la variable ambiental en un discurso espiritual y político. Su Manual del Poder Joven fue una suerte de programa anarquista-verde que se anticipó en el tiempo. Para los partidos de izquierda aquello constituía sólo un capricho pequeñoburgués lejano al deber ser revolucionario.

En 1972 el mundo se vio imbuido por una crisis por el aumento del precio del petróleo, lo que generó que por primera se hablara de crisis energética. A raíz de ello, el Club de Roma, asociación constituida por prohombres del mundo, elaboró un lapidario informe llamado Los límites del crecimiento, en el que planteaban el urgente control de la natalidad porque la sobrepoblación llevaría al colapso. El mismo año, y por lo mismos motivos, se realizó la Conferencia de Estocolmo, que es la primera reunión mundial para analizar problemas globales en materia energética y ambiental y que hoy se considera el primer paso que dieron los gobiernos para incorporar el medioambiente en la agenda.

El río estaba muy revuelto en nuestro Chile como para atender a estas vicisitudes que no eran de corto plazo. La situación política era ardiente y polarizada, había urgencias a la vuelta de la esquina y, por parte del gobierno, consideraciones por el entorno parecían baladíes al lado de la revolución democrática “con empanadas y vino tinto”, en conflicto permanente ante una oposición cada día más furiosa y frontal.

Pese a ello, hubo muestras de que algunos pocos también estimaban que el capitalismo iba en contra de la sustentabilidad ambiental (la economía estatista soviética era igual de insensible a consideraciones “verdes”). Una de ellas fue un pequeño libro que publicó Editorial Universitaria, a fines de 1972, llamado Ecología y revolución, versión en español de un debate realizado en Francia. En ese librito, que muy pocos conservamos, hablan Sicco Mansholt, ex presidente de la Comunidad Económica Europea, Edgar Morin, Herbert Marcuse, Michel Bosquet, Edmond Maire, Philippe Saint Marc y, entre otros, Edward Goldsmith, uno de los primeros ecologistas en el sentido ideológico y político del término.

Mansholt había estado en la reunión de la Unctad en Santiago, en 1971, donde se debatió sobre el hambre en el mundo y la sideral diferencia entre los países ricos y pobres. Esta brecha sí era tema en la Unidad Popular, pero no ligándola a la sustentación de la tierra. En este libro Mansholt da la vuelta de tuerca y se refiere a la crisis capitalista en relación a esto último. Maire, a su vez, señala: “Lo más urgente no es determinar los umbrales de contaminación, sino movilizar a los ciudadanos”. Edgar Morin decía: “La conciencia ecológica no debe ser sojuzgada ni por la tecnología ni por el marxismo exorcizante”. Y agregaba: “Mientras más desarrollada una sociedad, más necesita de la naturaleza”. Marcuse habló del “terricidio”. Ironizaba: “No basta terminar con la vida de las personas. Hay que impedir la existencia a los que aún no han nacido, quemando y envenenado la tierra, deshojando los bosques, haciendo saltar los diques”. Y Michel Bosquet: “La humanidad necesitó 30 siglos para tomar impulso; le quedan 30 años para frenar antes del abismo”.

Ecología y revolución, el libro en donde aparecen estas sentencias, fue leído por muy pocos en los mil días de la Unidad Popular. Este discurso sólo sería recuperado en el país años después del surgimiento de los verdes alemanes, a principios de los 80. De hecho, conocí el libro por Nicanor Parra, en el invierno de 1982, cuando acababa de publicar artefactos ecopoéticos y no se cansaba de decir que Ecología y revolución era la Biblia ecologista, recitando de memoria algunos párrafos. Pero todavía la izquierda y la derecha seguían unidas, y por mucho tiempo, en su omisión por la variable ambiental en la política y en la economía.