Un dato central es la importancia que le daba Allende a los procesos. Si bien, como el pensamiento marxista de la época, creía que el socialismo era un lugar donde se llegaba y no un proceso de construcción-transformación permanente, entendía también que ése era un sitio hacia el que había que caminar. Por eso la connotación transicional del concepto Vía Chilena al Socialismo, lo que es distinto a decir gobierno socialista.

Por Patricio López y Rodrigo Ruiz

Agosto ya se parecía demasiado a septiembre. Y es que ha sido vertiginoso el rescate de la memoria en las semanas previas al cumplimiento de los 40 años del golpe. Ha sido, eso sí, una memoria selectiva: situados en el 11, en la equidistancia de la dictadura y de los mil días de la Unidad Popular, todas las miradas se han volcado hacia la represión, las torturas, el horror. El gobierno de Allende entonces, ha quedado en la misma nebulosa de siempre: no se sabe contra qué fue el golpe ni qué se quiso interrumpir.

Esta emergencia de la memoria es entonces, en cierta medida, una prolongación de lo que fue la política de los consensos: hacemos rescate de aquello sobre lo que todos a estas alturas estamos públicamente de acuerdo (está mal torturar y hacer desaparecer) y borramos aquella parte que estuvo y está en disputa. La parte, en ese sentido, política. La Unidad Popular.

La descontextualización de la figura de Allende, en parte por el enorme legado moral de su sacrificio, a veces impide también dar luces sobre sus circunstancias. El proceso de la Unidad Popular es una cosa, el gobierno de Salvador Allende es otra, y el ciclo histórico de ascenso popular, que dura décadas y culmina entre 1970 y 1973, otro. No hay que confundir. Situar esa diferencia permite sopesar mejor la potencia del proceso vivido bajo el gobierno de Allende, así como de su derrota, cuyas consecuencias se extienden mucho más allá de lo inmediato, marcando el derrotero futuro de la izquierda, de la historia de Chile e incluso de algunos fenómenos de época y de carácter más planetario.

Un primer dato central es la importancia que le daba Allende a los procesos. Si bien, como el pensamiento marxista de la época, creía que el socialismo era un lugar donde se llegaba y no un proceso de construcción-transformación permanente, entendía también que ése era un sitio hacia el que había que caminar. Por eso la connotación transicional del concepto Vía Chilena al Socialismo, lo que es distinto a decir gobierno socialista y cuya configuración tampoco partía aquella noche, en el balcón de la Fech en ese septiembre de 1970. Su propia carrera política era el testimonio de aquello: ministro de Salud en 1938 con el Frente Popular y Pedro Aguirre Cerda; candidato presidencial por primera vez luego de ser expulsado del Partido Socialista, en 1951, por negarse a apoyar a Carlos Ibáñez del Campo y preferir acercarse a los comunistas, a pesar de que todavía estaba vigente la ley que los había proscrito. De aquella época, recordó: “en el 51, recorrí Chile sin ninguna ilusión electoral, pero para decirle al pueblo que la gran posibilidad consistía en la unidad de los partidos de la clase obrera, incluso con partidos de la pequeña burguesía. La fuerza de esa idea, nacida en el 51, se manifestó de manera poderosa en el año 58”. Así fue aquella vez, cuando estuvo cerca de ganar, y en 1964, cuando hubiera sido Presidente si no fuera por la capitulación de la derecha en favor de Eduardo Frei. El propio Allende, persistente y con sentido del humor, daba a entender que había que dar tiempo al tiempo al describir su hipotético epitafio, en una entrevista a fines de los 60: “aquí yace Salvador Allende, futuro candidato a la Presidencia de la República”.

El corolario de un esfuerzo de esa envergadura fue bautizado por el ex Presidente como La Segunda Independencia, la cual tenía gestos hacia afuera y hacia adentro. En lo nacional, la transformación estaba basada en un salto hacia el desarrollo económico de un país que, según los ojos de la UP, se veía atrasado, además de una democratización social gradual, pero decidida. En lo exterior, se proclamó una autonomización que no sólo se expresó en medidas económicas, como la nacionalización del cobre, sino también en una forma flexible de ver los asuntos del mundo, si se le compara con los dogmatismos de la época.

La experiencia de la Unidad Popular fue entonces una extrañeza, incluso para los parámetros de la izquierda de entonces. Lejano de la órbita de influencia directa de la Unión Soviética y, al mismo tiempo, planteando una alternativa al peso de la Revolución Cubana en la izquierda de América Latina. Esto, en un mundo bipolar (no en el sentido sicopatológico del término) se tradujo en una política exterior no alineada. Al grupo de países llamados de ese modo se incorporó Chile en 1971, dando con ello testimonio de la negativa a formar parte de la confrontación entre Moscú y Washington, y alineándose de paso con posiciones como las del mariscal Tito, de Yugoslavia. De la última de estas conferencias, en Argel en 1973, regresó el canciller Clodomiro Almeyda justo para encontrarse con el golpe.

Gestos como ése probablemente hicieron que, como lo recuerda Jacques Chonchol en esta edición, el legado de Allende fuera especialmente bien recibido en la zona occidental de Europa, donde algunos años después del golpe un sector de la izquierda hizo un intento por reconfigurarse con autonomía del lado socialista de la cortina de hierro. En América Latina y una vez superado el intento de reivindicación popular a través de las guerrillas, del cual las Farc colombianas son el último gran vestigio, líderes como Hugo Chávez han rescatado la figura de Allende y, en sus propias circunstancias, han tratado de inventar el “socialismo del siglo XXI”, tal como Allende ensayó el “socialismo con empanadas y vino tinto”.

El proceso de la Unidad Popular fue pionero y referencia mundial en materia de participación. La concepción de la democracia que la dirección de ese proceso puso en marcha fue innovadora y revolucionaria con respecto tanto a los estándares y modelos de la democracia burguesa occidental, pero también respecto a los parámetros de los regímenes políticos del socialismo de su tiempo. En ese sentido, constituyen un antecedente valioso de los procesos democráticos y anti-neoliberales de la América Latina contemporánea.

Lo anterior exigía que el proceso de movilización política fuese también intenso y revolucionario, cuestión que se alcanzó pero sin transformarse en la fuerza electoral hegemónica del país, como sí ha sucedido, por ejemplo, con casi veinte convocatorias electorales en Venezuela. Si bien las grandes estructuras partidarias de la izquierda de esos años, numerosas y capaces de desplazar grandes contingentes, fueron fundamentales para el proceso de la UP, también tuvo un importante componente movimental vinculado al liderazgo de Salvador Allende. En palabras de Jorge Arrate, entrevistado en esta edición “había que amalgamar, que es lo que hizo Allende, juntar lo que parecía que no se podía juntar. Incluso el MIR con la UP. El MIR nunca confundió a la UP ni a Allende con el enemigo, y eso es algo importante para una izquierda como la de hoy que está tan fragmentada. Allende fundó una izquierda movimiento”.

Ese gesto ya lo ponía al margen de los sectarismos de su época, incluso los de su propia coalición, en una postura que mezclaba vocación hegemónica, ausencia de dogmatismo y razones éticas. Esta última dimensión la expuso en su célebre discurso en la Universidad de Guadalajara, el 2 de diciembre de 1972, en una sala que ahora lleva su nombre: “la juventud no puede ser sectaria. La juventud tiene que entender, y nosotros en Chile hemos dado un paso trascendente: la base política de mi gobierno está formada por marxistas, por laicos y cristianos, y respetamos el pensamiento cristiano cuando interpreta el verbo de Cristo, que echó a los mercaderes del templo… Conjugamos una misma actitud y un mismo lenguaje frente a los problemas esenciales del pueblo. Porque un obrero sin trabajo, no importa que sea o no sea marxista, no importa que sea o no sea cristiano, que no tenga ideología política, es un hombre que tiene derecho al trabajo y debemos dárselo nosotros”.

Mirando al pasado para mirar el presente. Así llegamos a los 40 años del golpe. A un país que ya no es el de la transición interminable. Muchos de los que en 1973 no habían nacido, hoy se movilizan y, más que ir a estatuas o memoriales, simplemente se encarnan en Salvador Allende, disfrazándose de él, dándole vida, despojándolo de la muerte, para hacerlo marchar por las calles como uno más junto a decenas de miles. Es el germen quizás, de la singularidad política de un nuevo periodo.