Por Pola Iriarte

Tenía seis años cuando la Unidad Popular ganó las elecciones el 70 y en esa palabra me resonaba un eco de balas y bombas, imágenes que se mezclaban con las noticias que llegaban de Vietnam, donde había gente muerta y niños quemados. Mi hermana era apenas un año y medio mayor que yo, pero ella no tenía miedo. A pesar de mis temores, no escapaba a la sensación de estar en medio de un proceso de gestación maravilloso y trascendente. Veía a mi alrededor a un mundo afanado y comprometido en la tarea de construir un Chile distinto, que dejara atrás las desigualdades y las injusticias, pero sobre todo las exclusiones, porque por primera vez en nuestra historia se subían al escenario los que hasta entonces siempre habían estado abajo, con derecho a mirar a lo sumo.

La mía era una familia de clase media, izquierdosa e intelectual. Mis padres estaban comprometidos hasta el tuétano con el proyecto de la Unidad Popular, diría yo que honestamente convencidos de la alianza entre los trabajadores manuales e intelectuales.

La llegada al gobierno de Allende no fue el único hito del 70 para mi familia. Ese mismo año llegó a trabajar a nuestra casa la Mati. Era una muchacha joven parada en la hilacha, como decía mi mamá, que nos recordaba la pobreza de los niños africanos cuando reclamábamos por los choritos en lata de la ensalada. La Mati no había llegado a Santiago para hacer la revolución, cambiar el mundo ni nada parecido. No traía cultura política, ni militancia, ni conciencia de clase. Venía de una familia de inquilinos de Mafil, y había emprendido el típico periplo de la migración campo ciudad que era la tónica de aquellos años.

Los fines de semana, la Mati iba a la casa de unos parientes en Barrancas, un barrio popular y obrero que quedaba en lo que hoy es la comuna de Pudahuel. A los pocos meses de trabajar con nosotros, comenzó a estudiar para terminar la básica e hizo un cursillo de enfermería. Me acuerdo que fuimos a una exposición que hicieron al final del ciclo, y que me encantó, porque los modelos para los vendajes eran muñecas que estaban colocadas en unas vitrinas.

A medida que pasaba el tiempo era difícil sustraerse del politizado clima del país. Si dos niñitas de cerca de 10 años, como mi hermana y yo, no podíamos hacerlo, menos una joven de origen campesino, que pasaba sus días libres en Barrancas y trabajaba en una casa de gente de la Unidad Popular. La Mati tenía varias hermanas que trabajaban de empleadas, pero sólo ella y la Vero se apearon claramente al proyecto de la UP, junto a otras primas y amigas de Barrancas. Ella no tenía militancia partidaria, lo suyo era un compromiso con el proceso, porque sentía que por primera vez aquello que pasaba en el gobierno, entre las paredes de los ministerios, tenía que ver con ella. Con todo el poder de las clases dominantes y la resistencia de la sociedad de clases, el mundo popular había puesto una pata en la puerta y ahora no podían simplemente dejarlo afuera.

La Mati nos acompañaba parte del verano a Tromén, el fundo de mis abuelos en el sur. El agro profundo con sus estructuras medievales también se veía amenazado y la Reforma Agraria se extendía como un fantasma. En la cocina, los trabajadores hablaban de política, en el comedor de la casa, los patrones también. A veces el ambiente se ponía un poco tenso en torno a la mesa familiar, mal que mal mis abuelos eran terratenientes, de tierras más bien pobres, pero terratenientes al fin y al cabo. Mis padres eran socialistas y mi tía, del MIR. En Tromén la Mati conoció al Chando, que era hijo de unos inquilinos. Yo suspiraba de romanticismo y me imaginaba llevándole la cola del traje de novia.

A la concentración del 4 de septiembre del 73 fuimos con mi hermana de la mano de la Mati, porque mis papás se habían ido con sus respectivos compañeros de trabajo. Nunca había visto tanta gente junta en mi vida. Marchamos con los comunistas, porque andábamos con la Elba, una amiga de la Mati que era jotosa, y cantamos y gritamos y juntamos panfletos y creímos que con tamaña multitud estábamos a salvo de todo. Y a mí, a esa altura, parece que se me había olvidado el miedo a la revolución. De regreso a casa, nos encontramos con el chico repartidor de la lavandería de la esquina. Caminamos por cuadras y cuadras, porque no había micro. La Mati y él hablaban del futuro.

Siete días después fue el golpe. A la mamá y al papá los tomaron presos. La Mati nos cuidó como una hermana mayor, organizó la casa, nuestra asistencia al colegio, las “visitas” al estadio a ver a la mamá desde la vereda del frente. Nos defendió y nos protegió de nuestros temores.

Meses más tarde, cuando la mamá ya había salido, el papá había partido al exilio y a mí me parecía que el mundo se había vuelto blanco y negro, la Mati se fue a Mafil. Cuando volvió, se encerraron con mi mamá a conversar en la cocina. La Mati había decidido hacerse monja. Imagino a mi mamá lidiando con su sorpresa, tratando de entender una decisión tan fuera de contexto, preguntándole por el Chando. Pero el Chando era de otra vida, de la que existía cuando habían estado arriba del escenario, de la que iba a existir en un país en el que el mundo popular sería protagonista. ¿Para volver a ser la mujer de un inquilino?, le dijo la Mati, mejor monja.