Texto y foto de Juan Domingo Urbano

Este texto pretende (o pretendía) hablar sobre las fiestas patrias. O más bien de la noción de festejo que enciende los corazones en estas discutibles fechas, de fuegos y de banderas. Pero antes, no puedo dejar de referir el comentario que recibí de una lectora, aludiendo a la crónica anterior, No estamos solos mientras recordamos. Ella tan gentilmente apunta: “tu texto me remueve, con eso de las hordas que avanzan cada mañana a las cuevas del Metro, pensando que no importa quiénes gobiernen, porque ellos tendrán que trabajar igual, me parece tan cotidiano, tan cierto… ¡¡tan desesperante!! Ésa apreciación del discurso vacío, con todo el respeto que me merecen las agrupaciones políticas y sociales que han dado luchas largas y duras, la tuve la noche del martes 11”. La carta, que es bastante breve, recoge esa crítica, que es referida en todo el texto: desconfiar de toda forma de discurso, porque siempre será vacío, venga de quien venga, si no se hace cargo del presente y su desolación. Y que ahora lo demandamos, por culpa y responsabilidad, a esa izquierda que, al decir de Bolaño, orquesta uno tan vacío como el de la derecha, porque de esta última, ¡ya se dijo!, no se espera nada; de ahí que queremos recoger la urgencia de verdades para los que no saben, no entienden, no pueden. Sobran las palabras, cuando lo que se quiere son acciones.

17 de septiembre: comer con un vino falso

Creyendo que sería un correlato de las bodas de Caná, cuando se guardó el mejor vino para el final, lo que nos pasó hace unos días cruza el absurdo y da muestras, cómo no, del modo en que hasta el más chico cobra su cuota, si se trata de joder a otro. Mejor hubiéramos tomado agua. Iba de paso por la feria cuando un tendal con docenas de botellas de viñas y sepas, poco usuales en el contexto, me hizo llevar una de tinto de una línea irrisoria a $ 2000 pesos. Lo hice ajeno a que fuera la reducción de un saqueo, o en el peor de los casos, una cuidada falsificación, como resultó ser, porque tiendo a pensar, casi siempre, que no hay mala intención, y que podía ser un acto reparatorio y justo para los que no toman vinos con apellidos. Era un tinto de garrafa, sin ninguna duda, un vino de campo que, sin estar nada malo, no correspondía a lo anunciado en la etiqueta. Una suma más de publicidad engañosa, también en los puestos de feria. No volví a reclamar ni mucho menos, y solo lo archivé como otra suma de pequeñas estafas, de las que somos víctimas. Aunque no sé si la palabra sea víctima, y quizás valga la pena asumir que todos roban, y estas fechas son, al igual que a fin de año, el momento preciso para meterse en un crédito, pactar a cuotas lo que se lleva a la boca, o hacer un viaje de placer, a pagar en unos cómodos 72 meses. Soy de los que gustan de la buena mesa, pero hemos cuidado hacer las compras con anticipación y asumir el gasto (porque debimos pasar todo lo anterior) de acuerdo a lo que nos cabe en el plato y que dice relación con el tamaño del bolsillo. No sé si se entiende la sinécdoque, pero de eso se trata. Y a propósito de esa claridad y del vino, cito algunos versos de un bello poema de Robert Creeley:

“La única sabiduría que tengo es la que me dijo alguien: no tomar ni recibir más de lo que puede manejarse con simpleza. Traer una copa llena desde el fondo”.

“Ya no creo en los asados”

Retomando la misma línea, recordé un emblemático poema de Pepe Cuevas, que aparece en su plaqueta, Contravidas, publicado por Gráfica Marginal en 1983. Es el segundo poema con que avanza el recuento de “un tipo de la época” durante “los años de la ira”:

“A los más infelices asados de la época he asistido. Con la mayor esperanza del mundo. Como si la incomprensión cayera sobre la parrilla:

un asado no soluciona nada. Yo ya no creo en los asados El verdadero problema es otro”.

Eran otros tiempos, dirán los analistas, pero yo digo que no. 1983-2013. La escena puede resultar distinta, pero son las mismas moscas, sobre trozos de carne a la intemperie asándose a fuego lento. La desolación. El alto costo de la vida. La reacción que movilizó a un país, treinta años después apenas sostiene un despertar que devine en letargo, cuando irrumpen estas fechas –impuestas– de felicidad. Luego de la saturación del 11 de septiembre, nadie habla sobre el tema. Todos con la boca llena. Aunque mientras marchan las Fuerzas Armadas en la elipse del Parque O’Higgins, salta un twitter que me saca una sonrisa, “Preferiría ver a muchos militares desfilar por tribunales”. Pero, ¿qué tienen que ver los asados? Nos reunimos en torno a una mesa, con mantel largo y copas servidas. Se celebra el estar vivos, poder reunirse, apostar a la sobre mesa, ver correr los niños. A ese núcleo apunta el poema, al haber dejado de creer en esa convocatoria, a las conversaciones, al ver que es saciado el apetito, pero no las ganas de comunicarse. A muchos asados he asistido, y en lo personal, a otros tantos he convocado. Se lucha con la ansiedad. Los asados terminan en desborde cuando nos saturamos de comida y nos embriagamos porque trago hay de sobra. ¿Pero de dónde viene esta angustia? De eso innominado que Cuevas ya advertía: “El verdadero problema es otro”. Se vive de prestado. Y en eso nos debatimos. Mientras escribo, ya son veinte muertos en lo que va de estas celebraciones. Las noticias –como un déjà vu– hablarán centralistamente del retorno de vehículos a la capital. Los tacos. La reseca. Las calillas. La basura de las fondas. La amarga suma con que se digieren unos días de fiesta. Hablaba hace unos días con un joven amigo colombiano, y me decía que desde que llegó a Chile le llamó la atención que para todo organizáramos un asado, que tomáramos hasta quedar curados, y que cuando bailamos –partiendo por la cumbia– lo hiciéramos aplaudiendo y gritando. Conversábamos de esto, mientras me decía que quería aprender a bailar cueca. Lo hizo en quince minutos. Diría que hasta aprendió mejor que muchos de los que rodeaban la parrilla. Es raro que un asado chileno termine en baile, y pensemos que esta vez fue una excepción. Acaso porque esta también puede ser parte de la alegría nacional. Aunque el problema siga siendo otro. Y no nos demos cuenta.