Texto y fotos de Daniel Noemi

En clases nos toca hoy la llegada de Colón y toda esa vaina. Además vamos a ir al museo a ver las salas de arte precolombino que hay aquí en Boston —bastante decente hay que reconocer. Les pido a los estudiantes que, si quieren, traigan noticias sobre Latinoamérica para comenzar la clase. Una chica habla sobre los choques entre los profesores y la policía en México. Les pregunto qué piensan. Silencio. Una de repente larga que los profesores son unos flojos, que ella ha vivido en México y sabe que así es. Otro le responde que es injusto cambiar las reglas del juego a mitad de camino. ¿Y qué pasa con los estudiantes? ¿Qué piensan ellos en México?, tercia otra. (Yo me pregunto si estos chavos creerán que su educación —que en estos momento significa tenerme a mí ahí delante, con pinta de payaso— vale los cincuenta mil dólares que pagan al año. Todos deberíamos leer a la gente del Colectivo una Nueva Educación, a la Pancha Corbalán y al Iván Salinas. Estos chicos también). Pasamos a Colón y a Bartolomé de las Casas. Supuestamente han visto También la lluvia, un truco facilista para hacerlos hablar del presente y conectar la conquista con lo que pasa hoy. Estoy tentado de tirarles el rollo de decolonización, colonialidad del poder —estoy leyendo a Javier Sanjinés, buenísimo, y me lo imagino con la alfombra alrededor de su cuello, como bufanda, pero esa es una historia que contaré en otra ocasión—, pero me contengo, no vaya a ser que después de verdad tenga que dar una clase sobre esos avatares. Leo el sermón de Montesinos de 1511. Vemos el clip de la peli. Está bacan, total. ¿Acaso no son hombres? ¿Acaso no son seres racionales? Y después pasamos al debate en Valladolid: ¿Se imaginan a Obama deteniendo la guerra en Irak o en Siria para preguntarle a un par de pinches profesoras e intelectuales si es justa o no la guerra y esperar a que ellos resuelvan para seguir o no? Claro que no se lo imaginan. A decir verdad, yo tampoco. Hoy día no imagino mucho. Ya está haciendo frío y los argumentos vuelan como mariposas apocalípticas apunto de ser apresadas. Además, es once de septiembre. ¿Alguien? ¿Alguien sabe qué sucedió el once de septiembre —no, no el del 2001— sino en el año de nuestro señor de MCMLXXIII? Silencio mortal. Un chico árabe, flaco y despierto, levanta tímidamente la mano: un golpe de estado en algún país, creo. ¿En Argentina? Bueno, casi, le respondo, bien, cerca. En Chile. ¿Alguna vez en el colegio les enseñaron que…? Ni termino la pregunta y ya me he arrepentido del chiste que es. Pero me llevo una sorpresa. Obviamente jamás fue tema de una clase, pero una estudiante, flaca y nostálgica, me pregunta si es cierto lo de la intervención norteamericana. Por fin sonrío. Sí, le digo, está más que demostrado. Continuamos. Colón nunca quiso aceptar que había llegado a un nuevo continente para los europeos. En la tarde me veo los cuatro episodios de los Ecos del desierto. Después intento preparar clases. Pero prefiero salir a caminar, (sin cintura cósmica del sur, ni verde Brasil, ni Chile cobre mineral, no, nada de eso, salgo a caminar nomás.)

En el Museo, junto a las piezas precolombinas, hay muchas otras cosas. Ahora, por ejemplo, está de visita un cuadro bellísimo de Piero de la Francesca, la Senigallia Madonna. Es parte de una campaña para mejorar la imagen de los Carabinieri italianos. Ellos fueron los que recuperaron el cuadro que había sido robado y ahora lo andan prestando. Buena técnica. ¿Qué podrían prestar los carabineros chilenos? Prefiero no pensarlo en serio. Bueno, todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar. Dicen. (Hay también un cuadro de Matta, quien nació el 11 del 11 del 11. Tanto once que llega de veras a parecer surreal el tipo.)

Camino de regreso a la universidad. Camino junto a los estudiantes. Escucho sin escuchar sus conversaciones. Exámenes que se avecinan, carretes para el fin de semana, compañeros de cuarto insoportables. Uno me pregunta si lo del museo entra en la prueba. “Lo del museo”, repito. ¿Qué del museo?, le quiero preguntar, pero sé que sería redundante. Pienso en los profesores que han sido desalojados brutalmente del Zócalo en el DF, en mis amigos en Chile que quieren cambiarle la cara a la educación (y no solo la cara sino el mero ADN), pienso en los Ecos y en el arte precolombino que acabamos de ver. Sonrío e intento no parecer condescendiente. A decir verdad no me acordaba que había prueba. Solamente lo importante, digo con voz lo más profesoral posible. ¿Solo lo importante?, su voz denota sino sorpresa un poco de enojo, digamos que está enojado pero no puede dejarlo ver. No lo puede evitar: ¿Y qué es lo importante? Entonces, haciendo un esfuerzo para que mi acento sudaca no me traicione le digo: “eso depende de ti”.