El nombre alude indirectamente a las condiciones favorables en que se desplaza una embarcación, lo hace un pájaro o el propio cuerpo, trasladando ese ejercicio –fuerza de la propia vida– al movimiento de los pasos. Y que no es otra cosa que los planes resulten, se concreten proyectos o simplemente bajo el influjo del deber, logremos cumplir con lo pactado: no fallar, tensar la cuerda, porque todo, hasta lo imposible puede realizarse. Una carta Gantt, comentaba con mi primo, es una forma de medir y cronometrar la ejecución y eficiencia de una tarea, pero es también, a la larga, la base de las coordenadas en que se fija la propia meta del logro: ese cuánto pudimos, cuánto aceptamos, cuánto dimos, por llegar a cumplir. Hace unos días, una compañera de trabajo alegaba durante un break por lo mismo, por cómo las mentes ingenieriles de su área, no fatigaban presiones para que el famoso calendario se cumpliera, cueste lo cueste. En lo que va del mes, ya hay dos de sus compañeras con licencia, una por depresión, otra por colón. Entonces esa imagen de ver quemarse los días, como hojas que se desprenden y vuelan convertidas en cenizas, puede resultar categórica. Como si de ese fuego surgiera algo, algo que no fuera nuestra propia condición de burnout. De cabeza de fósforos en el cenicero de la jornada.

En otras páginas espero referirme a eso del “hombre-quemado”. Ahora volvamos a lo del viento. A partir de la observación de las aves –como tantas veces que la naturaleza entrega nombres al desarrollo técnico– se habla de la autonomía de vuelo en los aviones para dar cuenta de la mejor forma de volar. Y en la nomenclatura de los autos, se ha habla de poner piloto automático, cuando algo se mantiene trabajando sin variaciones. Mucho más todavía, se dice que algo toma velocidad crucero, cuando su acción es constante y puede contarse con su movimiento o traslado, sin ningún tipo de sobresaltos, visto como un actuar sostenido, constante, invariable. Acaso porque así como partió, llegará. Pero la vida es más que eso. No es un motor que se echa a andar, ni un mecano donde las piezas calzan y vamos como relojito suizo. La fatiga de material es más habitual de lo parece. No hay cuerpo que lo aguante… Y así me vi este fin de semana, postergando, asumiendo la posibilidad de detener la máquina, de poner el freno de mano, impedido de hacer todo esfuerzo sobre humano solo por cumplir, sin receta ni licencia, solo con la voluntad adulta de decir: no puedo. La misma compañera del café, decía que de seguir las cosas en su departamento, ella también le pondría un-pare-lé a todo, actualizando su mayor acierto en su época escolar, aprender a procrastinar: aplazar, derivar, postergar. Se jactaba de haber obtenido un 5.0 como promedio de enseñanza media, pero haber sido la única de su generación en entrar primero a la universidad.

Las trampas de Sísifo

Comencé esta crónica motivado por analogía de que nuestras velas son llevadas según el favor del viento. Pero esto es más que navegar. El poeta Víctor López me hace recordar su imagen de los surfistas. Aunque me resuenan cada día más y mejor los versos de Manuel García: “Si la vida es como un naufragio/ que sea feliz el que pase remando”. Pero no basta con proponérselo. Somos presas del deber, más que genios del placer. Me he venido preguntando, en lo personal, cuánto de lo que hago me satisface realmente, y la suma se reduce a los números del fin de mes, y me explico todo con la pavorosa inteligencia del coyote montando sus máquinas para cazar al correcaminos. Y no lo veo sano. Porque la trampa, dentro de la misma analogía, es creer que en el logro se halla el triunfo. El coyote nunca pilla –al menos en los monitos originales– al escurridizo correcaminos. Camus advertía que había que imaginarse a Sísifo feliz, mientras llevaba la roca hasta la cima. Todos saben el final: ésta volvía a rodar, y desde donde había caído el coyote-Sísifo tenía que cargarla infatigablemente. ¿O será que nos mueve la plata? Lo he pensado y sé que hay mucho de eso en el cumplir, ergo sobre la misma, puede ser una de las razones de la insatisfacción general, al levantarse a laburar. (Son las 2:23 a.m. y sigo escribiendo).

Hay una bella proclama de Manuel Rojas, que me inyecto a la vena, en días cuando las fuerzas no existen y solo se espera el favor del viento, al abrir la puerta. Habla sobre la juventud, y me da luces para entender y admirar cómo se cumple esa sentencia, al dedillo, mientras la desidia y el desconsuelo declara mi vejez. En una fantasmal entrevista de 1971 le consultan “¿Qué piensa de la juventud?”, Rojas responde: “La juventud en cada época es diferente, pero también es diferente el hombre adulto. El hombre adulto de hoy –siempre que no sea un ser inculto–, ha cambiado tanto como ha cambiado el joven. Yo creo que cada ser humano tiene sus razones y pelea por ellas. La juventud de hoy sabe muchas cosas, sabe mucho más que esos idiotas que la critican y dicen que pierden clases o que son revolucionarios… Pero así se hace un país, con gente revoltosa, no con gente que se lleva sentada contando plata”.

¿Por qué leo tanto?

Si no viniera de mi hijo la pregunta, la sentiría como un reproche. Las verdaderas interpelaciones, cuando las hacen quienes amamos, no deben cuestionarnos más allá de su interrogante, y en el mejor de los casos, nunca ser asumidas como una provocación. En una de sus visitas semanales, me espetó esta pregunta, junto con decirme que estaba leyendo –o comenzando por tercera vez– La trilogía de Nueva York, de Paul Auster: “¿Por qué lees tanto?”

¿Por qué leo?, me pregunto: Por cultura, para saber más. Para por medio de los personajes, conocer a los seres humanos. Como una forma de evasión. Aunque también, porque el primer requisito para escribir, es leer.

Y no es que lea tanto tampoco, de hecho de los cerca de tres mil libros que ocupan los libreros y repisas de mi escritorio, debo haber leído poco más de la mitad, otro tanto son parte de la colección, la costumbre, el fetiche. Bolaño decía que con el tiempo uno deja de leer los libros y se dedica a acariciarlos. Por su parte el otro Roberto, ¡Arlt el de las aguafuertes!, no sé si en broma o en serio, afirmaba en “La inutilidad de los libros”: “Todos los individuos de existencia más o menos complicada que he conocido habían leído. Leído, desgraciadamente, mucho.”

No es llegar y levantarse

Pensaba cerrar la crónica, aludiendo a que mi hijo ahora lea libros de adultos, siendo aún adolescente. Es la línea de Camus, Perec, Kafka y de Dostoievski. Todos esos machos ancianos los más, que creen que llenando unas páginas, sacaron réditos a la escritura, para purgar su terror, cual dulce abismo, a la imagen paterna que no les quitó pisada. Pero no, mejor siendo profundamente egoísta me regalo a mí mismo estos versos de Claudio Bertoni, que no sé si ayuden mucho, pero me recuerdan una bella ilustración que alguien hizo poco después del terremoto, usando la siguiente motivación: “No es llegar y lavarse/ no es llegar y levantarse/ no es llegar y vestirse”. Era la imagen de una ramita de un árbol apoyada o levitando muy cerca de un muro resquebrajado.