Francisco Figueroa, candidato a diputado por Ñuñoa-Providencia y Carlos Ruiz, presidente Fundación Nodo XXI

Los silencios de la transición han terminado por estallar. Las barreras que los contenían, tan efectivas durante los ‘90 en la desarticulación de conflictos, malestares y demandas sociales, han terminado por desplomarse. Si la llamada ‘revolución pingüina’ de 2006 y el enorme apoyo que concitó fueron el aviso desoído en las excluyentes torres de la política; el 2011 terminó por ser el salto que rebasaba esas barreras. El movimiento estudiantil y su demanda por una educación que se deba a la sociedad y no al mercado, fue acaso lo más lo más visible, pero estuvo lejos de ser el único reclamo de la ciudadanía. Junto a la voz estudiantil se han oído demandas ambientales, exigencias de mayores libertades, reivindicaciones regionales y comunitarias. Todas ellas se agolparon tras cuatro décadas de silencio forzado, poniendo a prueba el restrictivo panorama político de la transición. De ese camino, no era de extrañar que en 2013 una nueva conmemoración del 11 de septiembre de 1973 llevara cargas que en años anteriores fueron casi inexistentes. La reciente conmemoración de los 40 años del Golpe trajo a la mano una memoria que apenas se atrevía a asomar en la conciencia y la vida cotidiana de muchos, los más. Pero este año, la sociedad chilena fue sacudida en una hondura desconocida, descorriendo el tupido velo que opacaba la mirada hacia los hechos pasados, o lo que es lo mismo, hacia el origen de los actuales. Inusitadamente decidida a mirarse a sí misma, a enfrentar lo sucedido, a desafiar todas esas versiones repetidas en décadas al punto de sonar infantiles, la sacudida sigue. Hasta el propio Piñera ha vuelto a advertir la oportunidad política de explotar las evasiones acostumbradas de la Concertación, enviando a los mayores violadores de los derechos humanos de este país a algo un poco más parecido a una prisión. Es un curso que parece no detenerse, aunque los partidos, en su caída libre, siguen sin advertirlo. El descalabro del sistema de partidos corre de la mano —y aquí la gran paradoja del panorama actual— de una adhesión creciente hacia Bachelet, extendiendo un manto sobre la crisis de representación política que experimenta la sociedad, manto que puede acabar tapando las aberturas para una auténtica renovación de la política. Bajo dicho manto, el ascenso de Bachelet anuncia la reconstrucción de cierta capacidad de control social que, a diferencia de las décadas anteriores, esta vez no tiene cómo ser administrada por los desvencijados partidos políticos. Su figura avanza afianzada, pero profusamente rodeada de poderes poco democráticos. Algo de esto muestran ya los apenas disfrazados grados de determinación que ostentan ciertos grupos económicos sobre su posible próximo gobierno. El caso más vistoso es el de los Luksic, que copan la dirección económica con empleados reclutados en la tecnocracia concertacionista, cuadros que parecen advertir allí los nuevos accesos a espacios de poder, más que en las deterioradas vías de las burocracias partidarias. Las torpezas de los partidos, que ya rayan en lo inexplicable, apenas balbucean alguna explicación desde el autoencierro y distanciamiento al que han llegado respecto de la sociedad. Las del propio partido de Bachelet, por tomar uno de ellos, hacen que las conductas de la aún candidata tengan que apartarse por conveniencia de ellos. En la derecha, como se sabe, el panorama no es distinto o es peor: si no han podido ofrecer una mejor competencia electoral es únicamente por su incontenible afán de dispararse en los pies. Así las cosas, después de un 2011 que abrió las puertas a tantas interrogantes a 40 años del Golpe, cabe preguntarse por el sentido que adquiere otro hito de nuestra historia reciente, en medio del novedoso panorama actual: el 5 de octubre y la épica de un pueblo que, en medio del terror latente, expulsó una dictadura feroz. Ante el colapso de las barreras que mantenían los silencios de la transición y el descalabro de sus formas políticas, ¿quiénes son los que tienen que celebrar hoy? ¿Los que condujeron esa épica por las avenidas de una transición inconclusa? ¿Los que negociaron las condiciones de dicha transición allanándole el camino a la vía chilena al neoliberalismo? Tal vez no. Están en todo su derecho de hacerlo, por cierto, pero quizás es tiempo de que sean otros, muchos más, los que celebren. Tal como el 6 de octubre de 1988, cuando las calles se llenaron de personas que se libraban de un dictador, pero que, por sobre todo, celebraban el haber perdido el propio miedo y ganado la oportunidad de hacer posibles los anhelos de justicia y libertad por los que tantos y tantas dieron la vida. Las esperanzas de esos millones de protagonistas anónimos, por tanto tiempo aplazadas, parecen estar de vuelta, sacudiendo esta vez los muros que protegían los restrictivos términos de la transición. Ante tamaño retorno de las esperanzas, este 5 de octubre parece imprudente repetir la celebración ensimismada de quienes terminaron más obedientes a los dictados empresariales que a los anhelos por mayor democracia, contribuyendo a que se naturalizaran la restricción de derechos y la entrega de subsidios estatales a la acumulación privada, en nombre de nuestro peculiar capitalismo de servicios públicos. No deberían ser ellos los que se apropien de esta celebración, eso resultaría profundamente impropio y divorciado del nuevo Chile que ha soltado amarras. Quizá sea la oportunidad para aquellos que se entregan a un nuevo entusiasmo, sacudiendo las infantiles explicaciones de las últimas décadas y atreviéndose nuevamente a soñar con más. Aquellos que con las mismas esperanzas que llevaron la dictadura a su ocaso, hacen hoy lo propio con la mezquina transición.