Puerto Montt en 1969 contaba con una población aproximada de 80.000 habitantes. La densidad poblacional después del terremoto de 1960 y la ineficaz respuesta del Estado, hizo que los inmigrantes provenientes del área rural de la Provincia de Llanquihue, recurrieran a las tomas de terrenos de predios privados y fiscales para solucionar su necesidad de vivienda.

El martes 4 de marzo 91 familias ocuparon un terreno baldío de la denominada Pampa Irigoin, en el sector alto de la ciudad de Puerto Montt, perteneciente a Rociel Irigoin Oyarzún. El terreno estaba prácticamente abandonado, sin posibilidades de trabajarlo en faenas agrarias, por lo que su dueño dejó constancia de los hechos a la policía, mientras esperaba una tramitación favorable con la Corporación de la Vivienda, CORVI.

La toma se había organizado a partir de un comité de “los sin casa”, apoyado por dirigentes de campamentos vecinos y por el regidor socialista Luis Espinoza Villalobos. Hasta que en la fría mañana del domingo 9 de marzo de 1969 a las 7 a.m., con la violenta acción de cerca de doscientos carabineros, dirigidos por el coronel de investigaciones Alberto Apablaza y el mayor de carabineros Rolando Rodríguez, se inició la operación de desalojo, autorizado por el entonces ministro del interior, Edmundo Pérez Zujovic. Bombas lacrimógenas, disparos al aire y el incendio las carpas de los ocupantes, desatando una verdadera matanza de cerca de una docena de personas, incluidos niños, como lo describen los diarios de la época.

Así los fueron matando

El 13 de marzo, solo a días de ocurrida la matanza, Salvador Allende, entonces presidente en ejercicio de la cámara alta, abre la sesión con las siguientes palabras: “Quiero señalar que estuve en Puerto Montt. Por lo tanto, lo que voy a decir lo he vivido, observado, conversado y discutido”. Efectivamente viajó hasta allá el lunes 10, junto al diputado socialista Mario Palestro y la senadora comunista Julieta Campusano, para conocer de cerca los pormenores y participar de los funerales. La perorata de Allende es incisiva, cruda, exhaustiva, tanto como reveladora, acusándolo de crimen colectivo, donde hubo “premeditación y alevosía”. El senador Allende se empeña en esclarecer los antecedentes y los motivos reales que habrían existido, ya no solo para eliminar a los insurgentes, sino también de paso barrer con nuevas “tomas” de terrenos a lo largo del país. Una práctica que había venido acrecentándose y que terminó sindicando a un camarada suyo como el máximo responsable de tales revueltas: el recién electo regidor Luis Espinoza Villalobos.

Lo primero que hace es aclarar que en el lugar no hubo una ocupación de terreno, ya que se trató de una extensión de una población que habría empezado a formarse hacía unos ocho o diez meses y ya estaba terminada. En palabras de Allende, “se trataba de una simple ampliación de una ocupación anterior, que dio origen a la ampliación de la Manuel Rodríguez, porque allí existía desde antes la población Manuel Rodríguez. El sector ocupado últimamente estaba separado por un trazo que sería algún día calle, llamado Magallanes. Es decir, entre la Ampliación Manuel Rodríguez y los terrenos en que se suscitó el drama no hay veinte metros de distancia.”

El día 8 de marzo a las 11.10, el comisario de Puerto Montt, mayor Rolando Rodríguez, llega al domicilio de Luis Espinoza y le pide acompañarlo donde hay campesinos apostados con sus pertenencias. Debe esperarlo, porque Espinoza se encuentra enfermo en cama. Juntos, en el jeep de carabineros, llegan donde están casi un centenar de personas. El comisario justifica su presencia diciendo que su propósito es hacer una encuesta. Pide a los dirigentes los nombres de todos los pobladores. Le son indicados 51 nombres y se le señala que son más, pero que la lista no estará completa hasta más tarde. Rodríguez les dice que estén tranquilos, que eso de las tomas tenía que ocurrir, y que inicien el trazo de las calles si es necesario. Cumplido el plazo el jefe de Carabineros envía a dos de sus hombres de civil, a buscar la lista de los cuarenta y tantos nombres restantes. Eso ocurre sin complicaciones. Todo hace suponer que el acuerdo va cumpliéndose como señaló. Hecha esa diligencia, Espinoza se retira a su casa. El sábado en la tarde va al pueblo de Llanquihue, vecino a Puerto Montt, de donde regresó a la una de la madrugada, luego de festejar su victoria electoral. Al llegar muy cerca de su casa es detenido por personal de Investigaciones, quienes portan una orden del intendente subrogante y secretario en propiedad, Jorge Pérez Sánchez. Un nombre clave en el drama posterior. Desde ahí es conducido al cuartel de Investigaciones donde se le notifica que debe ser trasladado de inmediato a Valdivia. Estando ahí con los jefes de Investigaciones, llega el coronel Alberto Apablaza, con veinte o treinta carabineros armados, rodeando el cuartel, y solicita se le entregue el detenido. Investigaciones se rehúsa a hacerlo. El coronel Apablaza se defiende, injuria al detenido y le dice, bajo un fuerte tono de amenaza, lo que le va a ocurrir pocas horas después, que de esa no se ha de librar. Se retiran el Coronel Apablaza y su tropa. Deliberan los jefes de Investigaciones y resuelven que vayan, no dos o tres, sino que seis funcionarios, en una camioneta a dejar al detenido a Valdivia. Cinco kilómetros más adelante un furgón de carabineros intercepta la camioneta de Investigaciones, y un oficial de baja graduación, acompañado de tres soldados, reclama se le entregue al señor Espinoza. De nuevo, los jefes de Investigaciones los encaran y frente a la actitud amenazante de carabineros, les dicen que ellos también están armados.

Durante un plazo que no excede las 36 horas, y volviéndose una pieza fundamental para entender los acontecimientos, es retirado de sus funciones el intendente Bartolomé Palacios, para nombrar en calidad de subrogante a su secretario, el abogado titular Jorge Pérez Sánchez, hermano de otro abogado a quien el regidor Espinoza acusó públicamente de tener responsabilidad en el homicidio de una menor de diecisiete años. Este último fue condenado en primera instancia, pero luego absuelto por la Corte porque la familia de la muchacha no habría conseguido un abogado. Ante lo flagrante de la participación de Espinoza, éste fue puesto a disposición de la Corte de Apelaciones de Valdivia, por provocar agitaciones, incitar a subvertir el orden público, aplicándosele la ley de seguridad interior del estado, por instigador irresponsable de los hechos que derivaron en la toma de terreno de Irigoin. Espinoza hasta el final jamás rehuyó su responsabilidad en esa y otras tomas de terreno. Poco después del Golpe Espinoza es asesinado.

Preguntas por Puerto Montt

El cantautor Víctor Jara, a pocos días de ocurrida la tragedia escribe la canción Preguntas por Puerto Montt, la que entre sus versos centrales acusa lo siguiente: “Usted debe responder/ señor Pérez Zujovic/ por qué al pueblo indefenso/ contestaron con fusil./ Señor Pérez su conciencia/ la enterró en un ataúd/ y no limpiarán sus manos/ toda la lluvia del sur,/ toda la lluvia del sur./ Murió sin saber por qué/ le acribillaban el pecho/ luchando por el derecho/ y un suelo para vivir./ Hay que ser más infeliz/ el que mandó disparar/ sabiendo cómo evitar una matanza tan vil.” Su canto será la banda sonora de la campaña del ‘70 que consiguen llevar a Salvador Allende a La Moneda. Pero también le costará la expulsión y rechiflas en el Campus católico donde estudiara un hijo o una hija de Pérez Zujovic, acaso como un anuncio de lo efectivo de su intervención, tanto como la evidente saña en contra suya, cuando fuera detenido en los días que siguen al Golpe Militar, luego conducido al Estadio Chile, donde entre otras humillaciones se le obligara a tocar sus composiciones con los dedos desencajados, ante más de cinco mil almas en esa pequeña parte de la ciudad. Jara es acribillado el 16 de septiembre. Su cuerpo aparece como N.N. en la morgue, salvajemente torturado y con cuarenta y cuatro impactos de proyectil. Desde ese lugar es recogido por Joan, su mujer, y enterrado sin ceremonias en el Cementerio General el mismo día.

Carne de perro

El 2002 el escritor chileno Germán Marín, publica una novelita corta –antes publicada como parte de un capítulo en El palacio de la risa, 1995– de escueto nombre de Carne de perro. Es una narración que, aún sin inscribirse totalmente en el conocido realismo negro –ampliamente abordado en Latinoamérica bajo la forma de “neopolicial” en las páginas de Soriano, Ramírez Heredia, Giardinelli o Díaz Eterovic entre otros– se vuelve un texto digno de leer a la luz de un género encargado de revisar la historia reciente, como un cuadro plagado de crímenes políticos y donde la corrupción de la clase dirigente, con su poder terrorista-institucional todavía resulta un cruento enigma por resolver.

La breve novela de Marín hurga en esta profunda herida, con su fino bisturí, para mostrarnos dónde y cómo fue cobrada la venganza de esos campesinos de Irigoin. El libro narra el asesinato de Edmundo Pérez Zujovic la mañana del 08 junio de 1971 por el VOP (Vanguardia Organizada del Pueblo), apuesta a una aproximación del testigo y el ejecutor, tomando la voz de los insurgentes, evidenciando una matriz indagatoria y cifrada en claves policíacas de la conspiración y ataque. Así, se vale con el mejor estilo droguettiano, al adoptar la conciencia de uno de los subversivos y contar un hecho conocido en sus líneas generales, pero buscando exorcizar con la muerte del culpable, tamaño crimen, todas esas muertes: “Soltaba el gatillo y, en seguida, volvía a disparar sobre él de izquierda a derecha. Pero también, al cambiar de ángulo frente al hombre de la mano dura, la escena variaba dentro del Mercedes Benz. Cada fragmento que se divisaba en su interior, a través del larguísimo minuto de esa mañana de junio, parecía tener un tiempo propio cuyo secreto consistía, tal vez, en la brusca movilidad en que había caído la escena. No se advertían ahora los párpados apretados de dolor, luego de la sorpresa cuajada en el rostro de Pérez Zujovic, sino el pálido y vacío y nuevo rostro de quien acaba de morir (…) derrumbado y húmedo encima del volante, destronado como lo señalaba su arrugada camisa blanca manchada de sangre. Pérez Zujovic ya no ofrecía la arrogancia del empresario triunfante, descendiente de una familia yugoslava por parte de madre, que había sabido vencer en la industria y, después, en la política nacional. El ex ministro permanecía sorprendido y humillado, caído de bruces en la eternidad, volcado sobre su imagen ahora reblandecida, en la que, en un último y obstinado chispazo de vida, la corbata de seda italiana se balanceaba a un costado del volante. Lejos estaba él en ese instante del personaje de portada de revista que aparecía en las fotos, vestido de traje oscuro al lado de su amigo y compadre Eduardo Frei Montalva”.

Irigoin, rostro campesino

La felonía, la cobardía, la traición –caras acusaciones de Allende años más tarde– demostraron cómo el amedrentamiento, el uso de la fuerza por sobre la razón, demuelen la democracia de los acuerdos, arrebatan las confianzas, cuando la autoridad impone su poder ignominioso para gobernar sobre los desprotegidos de siempre. Irigoin, en principio solo vista como una desocupación campesina, se convirtió en una de las matanzas más cruentas de un gobierno democratacristiano que acalló a balazos el derecho a un suelo.

Datos duros: Aparte del contingente de Carabineros e Investigaciones de Puerto Montt fueron trasladados más de doscientos Carabineros de las provincias de Osorno, Chiloé y Valdivia para efectuar la razia. También se hizo presente un grupo de Santiago con aviones de la Fuerza Aérea.

Las víctimas:

– José Santana Chacón (64 años) – David Montiel Valderas (34 años) – Wilibaldo Vargas Vargas (31 años) – Luis Alderete Oyarce (19 años) – Arnoldo González Flores (34 años) – Jovino Cárdenas Gómez (29 años) – Federico Cabrera Reyes (24 años) – José Flores Silva (19 años) – José Aros Vera (27 años) -Robinson Montiel Santana (Bebe de 9 meses fallecido a consecuencia de las bombas lacrimógenas).

Los heridos fueron cerca de 50 entre los pobladores y 23 carabineros.