No sé hace cuánto que llevo estas libretas de anotaciones. O al menos la afición a hacer notas en una croquera o agenda. Si me apuro, debo decir que desde que empecé a leer, o lo que yo reconozco y asumo como haber empezado a leer, dejando de pasar solo las páginas de los libros, deteniendo la lectura unos segundos para poner verdadera atención a lo leído. Se lee para pensar. Se lee para sentir. Se lee para escribir. Leía hace unos días, algo referido al escritor suizo Blaise Cendars, poeta vanguardista y amigo de Modigliani, que dada las condiciones de su época debía viajar bastante en tren, por lo que tenía tiempo de sobra para destinarlo a sus lecturas. Se dice que arrancaba las páginas que más le gustaban del libro que estaba leyendo, para irlas guardando en una carpeta. El resto lo tiraba por la ventana, ya que evidentemente en el tren no podía tener ni llevar a cuestas su propia biblioteca. Conformaba así, pienso ahora, una suerte de antología, un portafolio secreto y algo infame, con las páginas a las que luego pensaba retornar, o acaso compartirlas con alguien, un amigo, ¿algún pasajero?, o bien para aprenderlas de memoria. Otra razón imaginaria de la colección de citas en libretas de anotaciones: no olvidar. La historia de Cendars me hizo recordar los afanes de un compañero de universidad que sacaba, como todos, libros en préstamo de la biblioteca. En ese tiempo –a comienzos del ‘90– estábamos lejos de contar con archivos virtuales o libros digitales, o alguna forma de digitalización que evitaran hacer esas fichas de lectura que elaboraba nuestro amigo, por lo que se volvían un acto obligatorio de consulta, y no digo que lo hiciera con libros teóricos o ensayísticos, sino que “fichaba” novelas, cuentos, obras de teatro y poesía. En ese momento lo veía como una versión admirable, aunque obsesa, de un bibliófilo, aunque lo veo ahora como la insana posta de quien pretendía, borgeanamente, devorarlo todo. O al menos hacer su mejor intento. ¿Dónde estarán esas fichas ahora? Solo sé que el papel dura cien años, por lo que le quedan aún bastantes años por delante… Escritura de velador Mis libretas, en cambio, son apuntes de lectura. Cuando leo subrayo, marco ideas o frases a las que volveré, cuando no también anotó en los márgenes de las mismas páginas, dejando interrumpida la poca continuidad de las libretas. Lejos de un afán acumulador o fuente de escrutinio, mis libretas se me pierden, las dejo tiradas, viajan junto a libros que se gastan en un bolso, en algún bolsillo, en maletas de viajes-flash donde en lugar de escribir, y usarlas, escribo en el computador bajo la lámpara de un hotel. Con todo, por cualquier lugar de mi casa pueden aparecer, asomarse, llamar en sordina, para que las recoja, desde el velador, el comedor, la mesa del patio, desde mi escritorio sembrado de libros, entre cuadernos, más libretas y un cuento-de-nunca-acabar, que solo contribuye al naufragio de mi escritura. En ese debate de escribir a mano, a máquina o en computador, he tenido la suerte de seguir esa transición de escritores como Bukowski, Benedetti, Cheever, Levrero, Bolaño, entre otros, que desde su testimonio me hacen pensar qué lejos estamos hoy, los inmigrantes digitales, de volver con soltura a la escritura a lápiz. Cada vez me cuesta más escribir incluso mi propio nombre. Sobre esto de las anotaciones cotidianas, recuerdo haber leído que el día cuando Carver murió, se encontró entre sus ropas una pequeña libretita, donde había apuntado una lista de quehaceres. Supongo refería a lo que haría en esas horas, lo que debía comprar, dónde debía ir, ideas para sus escritos, o la lista de ropa de la lavandería. Esto último sí que estoy casi seguro que se aludía en esa historia. Las libretas son, también para mí, un listado de pendientes, en la vida real y en el mundo literario. La suma de todas las cosas, por decirlo en tono más poético. Pero en definitiva, un punto de atención y de tensión, de un quiebre en forma de recordatorio y memoria. Como una forma de oponerse a la cita de Droguett, de que se escribe para olvidar. Y asumir con Nabokov eso del habla memoria. Son los momentos de un momento. Sangre y fuego Leía hace poco en un blog, y es lo relevante de la historia, que los chicos de una casa okupa estaban formando una biblioteca popular en un cerro de Valparaíso, y lo que hacían en base a cuadernillos o croqueras, donde iban anotando, a modo de citas, libros de Proudhon, de Thoreau, Camus, Lao Tse, Chomsky, Le Guin, entre muchos más, con las iniciales del libro afuera y una contundente cantidad de citas en su interior. Libros o literatura de contrabando, creo que le llamaban. Me pareció alucinante. Una versión mucho más ideológica que las mismas cartillas antifascistas españolas, difusión y propaganda, o incluso de ese proyecto de desacralización del libro levantado por las editoriales cartoneras, que ya se extendieron por varios países latinoamericanos y que, al parecer, perdió el foco inicial de autogestión y apoyo a los cartoneros, que fue como se inició en las barridas de Buenos Aires. Se lee asumiendo que no somos los últimos lectores de un libro. Aunque también leía en los posteos y comentarios, que la fórmula no era renunciar a la lectura de los libros, solo era una estrategia, un apoyo, un soporte, el registro primitivo del que he venido hablando –apuntes de lectura– como una forma de desarraigo, de desprendimiento, que permita que los libros no nos pertenezcan, que cobren vida, que se vayan con otros, pues yo, que ya tengo lo que quería, y surgió de ese tipo de lectura, por ejemplo, en la entrada de mi libreta el pasado viernes 25 de octubre de 2013: “En la actualidad, los trabajadores no tienen tiempo para una integridad verdadera, en el día tras día; no pueden permitirse sostener relaciones con los demás hombres porque su tarea sería despreciada en el mercado. No tienen tiempo de ser nada, salvo convertirse en una máquina” (Thoreau). Volver a la cita Esta crónica puede llegar a extender peligrosamente. Así que vuelvo a referir a este ejercicio, acuñar citas, ahora referida en forma de columna por uno de los escritores vivos más eruditos de nuestra fauna local, Germán Marín, quien llevó ya no recuerdo cuánto, pero sí sé que por poco tiempo, una sección que se llamaba “Casa de citas” en el diario The Clinic. Una divertida y sugerente miscelánea donde coleccionaba esto mismo: citas de escritores, aforismos, epigramas y toda suerte de reflexiones temáticas sobre los grandes temas del hombre actual: la memoria, la historia, la literatura, la política, el sexo, la religión, por nombrar algunos. Durante los meses que duró, recuerdo que por mi afición personal a estas cuñas, luego de revisar los hilarantes titulares del pasquín me pasaba a la casa-de-citas de Marín. Un divertimento, una juego de voces, el resumidero de lo supuestamente atesorable, de las lecturas. Algo en desuso, y que Internet ha convertido en sitios donde bajo el rótulo de pensamientos (temáticos de un cuanto hay) se puede encontrar de manera fácil, lo que otros dijeron por uno. Quizás en eso estriba este registro en libretas de anotaciones, en un falso diario de vida, donde el pulso del día a día, va siendo escrito por otros. Hasta que uno llega a la lavandería, se desploma y solo queda un fugaz registro en una libreta de anotaciones. Nada más.