Texto y fotos de Daniel Noemi

En las soleadas tierras de Antalya, a las orillas del Mediterráneo, muy cerca de la anciana ciudad de Perge, donde Alejandro Magno anduviera de paseo a caballo hace unos años y pocos después Pablo de Tarso se diera cuenta que quizá no era tan mala idea comenzar su tarea de predicador, los piratas académicos y otras especies similares hablan de América Latina. Por los pasillos del resort y en sus habitaciones se escuchan rumores de política chilena y venezolana; análisis del nuevo presidente de Paraguay y la hospitalización de la K; posturas estéticas apocalípticas del postmodernismo sudaca en algún lugar de cuyo nombre son vertidas desde el paraninfo; se llenan libretas con direcciones y apuntes de ideas geniales, alguien disfruta más de una cerveza o daiquiri. Conversaciones sesudas en la playa o en el bar, risas y ligues (o intentos desesperados), presentaciones aburridas y de las otras (aunque debo reconocer que esas me las perdí, excepto una sobre el peyote… creo que era sobre el peyote), se suceden unas tras otras. Latinoamérica se reinventa en tierras turcas (aunque la reinvención sea relativa: el lugar está repleto de rusos, ucranianos, georgianos, uzbekos, kazakos, que persiguen el sol sin dejar el vodka; la combinación, como es fácilmente imaginable, no deja de ser peculiar. Me temo que se trate de una conspiración comunista. Sí, señoras y señores, debemos estar attenti a la marea roja también en Turquía, que los kebabs llevan ocultas intenciones cuando se juntan con el licor de papas.)

Pero mejor volver a la nostalgia de América Latina que se dibuja en estas costas. Uno es siempre más de un lugar cuando no se está en ese lugar. Y lo que parece un invento de los libros de historia o de la CIA, se convierte en una realidad tangible (aunque sea como el viento): ahí estamos hablando de esa idea que alguna vez fuimos. Y de su futuro, compañeras y compañeros.

Y entonces la cosa se pone brava. O más o menos. Porque nos damos cuenta que América Latina es mil cosas y ninguna. Son los cronotopos bajtinianos de un cuento apócrifo de Bioy Casares, la experiencia amazónica de los profesores bilingües, la de las colombianas que trabajan como empleadas en Venezuela, la de todo el continente en medio de las globales ansias de manifestación esotérica de los mercados tardíamente aclimatados al capitalismo post capitalista. Fiero monstruo.

Yo voy a hablar de ciudades, del DF y de Madrid y de Tokio, pero no hay tiempo y me limito al DF: habitar en ella, como en Santiago, como en Baires o Bogotá, es sobrevivir a la catástrofe que ya ha sido. Es partir de un choque—como el de Amores perros—casi grito entusiasmado, y desde ahí construir la posibilidad de una ciudad que… Ahmed a mi lado en la mesa garabatea algo en una hoja, Ivanna chequea su correo, en el público tres duermen, solo una parece poner atención. Me salto siete páginas y nadie parece darse cuenta. Concluyo y la gente tiene el descaro de aplaudir. La chica del público se acerca y me pregunta si le puedo enviar mi ponencia. Para algo que sirva Latinoamérica, le sonrío y le digo que claro, por supuesto, cómo no, y qué tal una cerveza o dos.

Una rusa hace un análisis impecable de la situación en Chile: no se le escapa ninguna. Que Bachelet esto y Piñera tal, que en el contexto latinoamericano la lleva, pero no la lleva tanto, que lo que se puede esperar es… El chileno, que acaba de exponer intelectuales latinoamericanos en Chile en los años 30, la mira con cara que quiere ser rusa pero que no puede evitar su incredulidad chilena. ¿Y quién es usted?, le ha preguntado hace un rato. La profesora Diyakova, acostumbrada a esos desplantes sudamericanos, le ha sonreído y comenzado a hablar. La gente se anima, discute. Hasta Chico Buarque mete la cuchara: o qué será qué será. Termina la sesión. La profesora Diyakova empaca sus cosas y se retira. Al chileno le baja una nostalgia de longaniza y arrollado huaso que difícilmente logrará satisfacer en estas tierras.

Me fumo un cigarrillo mirando el mediterráneo. Ya es de noche y es inevitable cerrar los ojos para poder escuchar la brisa marina (suave, no como el Pacífico sino como una alfombra de esas que valen miles de liras). El rumor del mar nuestro se mezcla con las voces que provienen del bar. Voces chilenas, mexicanas, argentinas, paraguayas y brasileñas, junto a otras que quién sabe de dónde serán. Miro a los azerbaiyanos que compiten alrededor de una botella de raki. A su lado un grupo de colombianos arrasan con una de vodka. Bromas van y vienen. Cuerpos se acercan y alejan. Una nueva botella. Comienza el baile.