En el puerto más importante de Chile los pescadores artesanales son una especie en vías de extinción. San Antonio aún recuerda el trágico invierno de 1980 cuando las olas tumbaron a seis embarcaciones y se tragaron a 19 hombres mar. Pero no es por obra de los temporales que los pescadores artesanales se están extinguiendo. “Si no hay pescados, nadie nos asegura que vamos a sobrevivir”, dice el pescador César Gallardo (46).

La sobreexplotación de los productos marinos y los métodos de la pesca industrial amenazan la actividad en las caletas de toda la Quinta Región, donde está ubicado el puerto de San Antonio. Si en 2000sacaban, entre peces, moluscos, algas y crustáceos, 36 mil 620 toneladas, en 2009 llegaban a 29 mil 500; si en el 2000 la cantidad de peces recogidas era de 29 mil 173, nueve años después bajaba a 10 mil 817. Y en 2010 hubo una baja del 21.5% en los desembarques pesqueros a nivel nacional.

La realidad de San Antonio es dura. Con una población de 87 mil 205 habitantes, ya en 2009, cuando se realizó la última encuesta para medir los índices sociales, apuntaba un 24.3%, de pobreza, cifra que estaba por encima del promedio nacional signado en 15,1%. Y en la última medición de cesantía, realizada entre noviembre de 2010 y enero de 2011, San Antonio fue la comuna con la mayor tasa de todo el país: 14,2%.

Un porcentaje no menor de esos cesantes es gente de mar.

Los pescadores artesanales llevan varios años peleando porque se regule la actividad industrial. Bajo el eslogan de: “¡San Antonio tiene hambre, eliminemos la pesca de arrastre!”, los pescadores y sus familias exigen a las autoridades que se regule ese tipo de pesca que los barcos de grandes tonelajes utilizan y que ha arrasado con el fondo marino,impidiendo la regeneración de la biomasa marina.

Pedro Marín, patrón de la lancha Northwestern, recuerda con nostalgia la realidad de San Antonio hace más de treinta años. “Antes era distinto. Cuando éramos niños salíamos con mis primos temprano a recoger merluzas. Nos íbamos a los roqueríos con un canasto de mimbre y sacábamos las merluzas que estaban varadas entre las rocas. Con el canasto lleno esperábamos la llegada del tren y les vendíamos pescados a los pasajeros. Después, en la tarde, volvíamos a la estación para vender lo que nos quedaba. Eran otrostiempos”, dice con una cuota de nostalgia.

Esa realidad se diluye. Los pescadores salen en sus botes y lanchas y hay días en que vuelven con las manos vacías. El jurel, la merluza y la albacora ya no se dan en esas aguas con la intensidad de otras décadas. Ahora tienen que ir mucho más allá de las cinco millas (reservadas a la pesca artesanal) para obtenerlas.

“El problema es que aquí tú tienes hombres que han dedicado toda una vida a la pesca. Treinta, cuarenta años saliendo a la mar. No sabemos hacer otra cosa. Y a los 45 ó 50 años es muy difícil poder reinventarse”, dice César Gallardo.

A pesar de todo, siguen haciéndose a la mar, añorando los días en que volvían a la caleta con sus redes hinchadas de pescados, días que es muy difícil que ellos vuelvan a ver.