Neruda asesinado 255x300Mientras el juez Carroza continuaba con las pesquisas, el director del Servicio Médico Legal, doctor Patricio Bustos, explicaba que la principal dificultad para llegar a la verdad era la relación entre la data de los restos y el avance científico. Ante tal situación, se planteaban tres escenarios: Neruda fue asesinado, murió de cáncer o la ciencia se declaraba incompetente para responder a la pregunta.

La duda, en todo caso, ya había recorrido el mundo. Los principales medios televisivos, escritos y electrónicos del planeta cubrieron, incluso en portada, la noticia sobre quien es considerado el más grande poeta de la lengua castellana. Una celebridad que, a diferencia de muchos otros casos, Neruda pudo disfrutar en vida. En 1972, no sólo ya era reconocido como la personalidad más célebre de la historia del Partido Comunista de Chile. También era la figura universalmente reconocida de la Unidad Popular, a la par de Salvador Allende. Por ello causó expectación su renuncia a la embajada de Francia y su regreso al país. Al llegar a suelo nacional, afirmó que volvía para sumarse a la decisiva campaña para las parlamentarias de marzo de 1973. Luego se sabría, sin embargo, que se encontraba aquejado de un cáncer que decidió enfrentar en Chile y que se agravaría letalmente luego del golpe militar.

En aquel punto comenzaron a bifurcarse las versiones oficiales, de las memorias de Matilde Urrutia y de la Fundación Neruda con la del libro El doble asesinato de Neruda, de Francisco Marín y Mario Cassasús (Ocho Libros). Un actor clave en la disección es aquel que junto a Matilde Urrutia compartió cotidianamente con el Nobel durante su último año de vida: Manuel Araya, chofer y encargado de la seguridad del poeta, militante del Partido Comunista desde los 14 años, en ese entonces de 26 y dispuesto para tal labor por el propio PC. El nombramiento le habría sido realizado por haber cumplido con mérito funciones similares con el ministro de Economía de la UP Américo Zorrilla y por su condición de ahijado de la prócer del Partido, Julieta Campusano.

A estas alturas, la aparición de este testimonio fue sorpresiva. No sólo por el tiempo transcurrido, sino por ser Araya una figura invisibilizada de la biografía del poeta que, décadas después, emergió para sostener que Neruda murió víctima de una inyección homicida en el vientre. Una versión que contó con el crédito del PC y con el beneficio de la duda del descendiente de Neruda, Rodolfo Reyes, además del juez Carroza. En la airada vereda contraria estuvieron la Fundación Neruda, el escritor Jorge Edwards y otro descendiente del Poeta, el también escritor Bernardo Reyes, quien se ha referido a la versión del homicidio como “una imbecilidad”.

Efectivamente, la tesis del asesinato separó aguas en la sucesión de Pablo Neruda. Bernardo Reyes afirmaba que “me gustaría tener un solo motivo para tener que leer el libro y para dudar de mi afirmación de que se basa en hechos sin ningún fundamento. Esto de que la familia estaba de acuerdo con la exhumación no es tal. Rodolfo Reyes es un abogado que nos representa administrativamente en algunos asuntos de derechos de autor, pero yo nunca he tenido un portavoz ni he autorizado a nadie para que hable en mi nombre”.

Probablemente, este asunto se hubiera despejado mucho más rápido con el simple acceso a la ficha clínica del Poeta. Sin embargo, y en una situación sorpresiva, la Clínica Santa María reconoció haber extraviado toda la documentación respecto a la hospitalización de Neruda.

Públicamente, la última aparición del Premio Nobel fue el 5 de septiembre de 1973, cuando recibió un homenaje del Pueblo en el Estadio Nacional. Tres semanas después, el parte oficial de su muerte, certificado de defunción 622, circunscripción Recoleta, habla de una “caquexia” derivada de su cáncer a la próstata, término que según la RAE refiere a un “estado de desnutrición extrema”. Esta descripción es imposible, dijo el chofer Araya, a juzgar por el estado robusto que vio hasta el último día en él y del cual hay registros en las fotografías tomadas durante su velatorio.

Lo que sí quedó acreditado, sin embargo, son las gestiones del gobierno mexicano para llevarse al poeta al exilio que incluso se tradujeron en un avión esperándolo en la losa de Pudahuel. Según sostuvo Araya durante la investigación, “Neruda nunca llegó enfermo a Chile. Tenía sus achaques de 69 años, pero no estaba como dice la Fundación, no pueden sostenerlo porque no estuvieron con él en el último tiempo. A mí me da risa esa versión porque don Pablo estaba bien. Nunca estuvo para morirse ni desnutrido, ni siquiera después del Golpe. El fin de traerlo a Santiago fue su seguridad y sacarlo del país, no es que estuviera enfermo. Hay que tener en cuenta que había un buque de guerra apuntando frente a la casa de Isla Negra. El verdadero motivo del viaje a Santiago es que para tomar el avión que había enviado el gobierno de México el camino más directo y seguro era a través de la Clínica”.

Las dudas se agudizaron porque según da cuenta el libro de Marín y Cassasús, el juez Mario Carroza, desde el inicio de la investigación a mediados de 2011, ya había acreditado que Neruda no ingresó agonizante ni con caquexia a la Clínica el 19 de septiembre de 1973. También fue cierto que recibió una inyección el día antes de su muerte y que, según las propias memorias de Matilde Urrutia, el agravamiento del vate fue repentino y la muerte se desencadenó en menos de 24 horas.

Claro. El libro póstumo de Neruda, Confieso que he vivido, fue terminado por el poeta el día antes de su muerte, en estado de plena lucidez. En el relato de Manuel Araya, el Nobel hacía planes sobre sus actividades para derrotar a la dictadura cuando se estableciera en México. Tales afirmaciones eran incompatibles con el desarrollo de una caquexia, que tiene una evolución gradual. Y a juicio de los autores del libro, la Fundación Neruda tuvo una actitud permanente y negativa a que la investigación avanzara, aferrándose una y otra vez a la versión oficial.

Según Araya, “durante los días en la clínica Neruda estuvo de buen humor e incluso rechazó una primera posibilidad de viaje al embajador de México, para poder terminar sus memorias. Incluso recibió a muchos amigos como Máximo Pacheco, Radomiro Tomic y su secretario Homero Arce. El día 22 decide el viaje y él nos pide que vayamos el 23 a Isla Negra a buscar las cosas para el viaje. Ese día Neruda queda desprotegido y luego a las 16:30 nos llama a una hostería y nos dice vénganse rápido porque entró un médico, me puso una inyección en la guata y tengo mucho calor”.

En este punto los autores de la investigación hablaban de un doble asesinato: el que supuestamente había sido perpetrado en la Clínica Santa María y el de la tergiversación contra la última voluntad del Poeta, cuyo deseo era crear una fundación muy distinta a la que años más tarde encargaría Matilde Urrutia al abogado y empresario Juan Agustín Figueroa, a quien no se le reconoce ningún vínculo con Neruda mientras éste estuvo vivo. Según el libro y según una entrevista concedida por el vate en 1972, su deseo era crear la “Fundación Cantalao”, “dirigida por gente de la Universidad Católica, la Universidad de Chile y la Sociedad de Escritores. Sería una fundación para que los escritores pudieran vivir becados por un año con el producto de mis derechos de autor, disfrutando de una casa común para reuniones y actos además de cabañas individuales para trabajar”.

Respecto a la actual Fundación Neruda, los autores consideran un agravio la mirada comercial que tiene sobre la obra de un poeta que siempre quiso proyectar su legado como una contribución social, además de denunciar que dos millones de dólares, obtenidos por derechos de autor, fueron invertidos en Cristalerías Chile, holding del fallecido Ricardo Claro Valdés, a quien se le ha acusado de facilitar sus barcos como centros de tortura en la bahía de Valparaíso, luego del golpe militar. Es aberrante que se hagan estos negocios con lo conseguido de los libros de Neruda, dicen.

El abogado, sobrino de Neruda y representante legal de la sucesión, Rodolfo Reyes, afirmó que siempre confió en que su famoso tío había muerto de cáncer. Que así se lo hicieron saber otros familiares, entre ellos la propia Matilde Urrutia. Pero que ante la aparición de estos nuevos antecedentes, sin embargo, prefirió apoyar que se esclareciera la verdad e incluso manifestó al juez Carroza su venia para que se realizara la exhumación de los restos del poeta, tal como el Partido Comunista.

Detrás de estas disputas, sospechas y versiones incompatibles, no sólo era la verdad la que estaba en juego: la muerte de Neruda está entrelazada, de algún modo, con la millonaria administración de la obra del poeta. En tal sentido, la versión de Manuel Araya había salpicado la memoria de su viuda, Matilde Urrutia. Según afirmó “conversé mucho con ella, después de mi detención. Le decía señora Matilde, diga la verdad, usted que está en el extranjero, diga que a Don Pablo lo asesinaron. Y ella me decía cómo se le ocurre que voy a decir eso, me van a quitar todos mis bienes y se van a quedar los comunistas con ellos”. 

Según Bernardo Reyes “los estudiosos que escribieron este libro que no voy a leer debieron haber consignado que durante la dictadura Matilde pagaba sueldos del Partido Comunista y de otros partidos. Reafirmo que ella no tenía gran afecto por el PC, pero eso no la convertía en un enemigo, simplemente era una no militante. Respecto al tema material, conversando con amigos de este partido al que quiero mucho me dicen que al desagregar la devolución del Estado por los bienes confiscados les pagaron 250 millones de pesos por Isla Negra. Lo digo un poco mordiéndome la lengua, pero cómo es posible que se haya hecho una negociación tan inconveniente. Pero lo afirmo también por un sector de mi familia, al que le seducirá la idea de un proceso indemnizatorio, luego de querellarse contra el Estado y quedar forrados. Pero yo no transo con nadie, ni con un partido ni con un mitómano como el señor Araya”.

A juzgar por la serie de magnicidios cometidos por la dictadura, el asesinato de Neruda perfectamente pudo encajar en ese patrón. Eso hizo la versión tan verosímil. Otros sostenian, sin embargo, que a septiembre de 1973 los aparatos represivos no habían desarrollado el modus operandi que, años más tarde, les permitiría disimular el atentado contra Eduardo Frei Montalva, en la misma Clínica Santa María. El juez Carroza tuvo la última palabra.

 

LA MUERTE (Pablo Neruda)

He renacido muchas veces, desde el fondo

de estrellas derrotadas, reconstruyendo el hilo

de las eternidades que poblé con mis manos,

y ahora voy a morir, sin nada más, con tierra

sobre mi cuerpo, destinado a ser tierra.

 

No compré una parcela del cielo que vendían

los sacerdotes, ni acepté tinieblas

que el metafísico manufacturaba

para despreocupados poderosos.

 

Quiero estar en la muerte con los pobres

que no tuvieron tiempo de estudiarla,

mientras los apaleaban los que tienen

el cielo dividido y arreglado.

 

Tengo lista mi muerte, como un traje

que me espera, del color que amo,

de la extensión que busqué inútilmente,

de la profundidad que necesito.

 

Cuando el amor gastó su materia evidente

y la lucha desgrana sus martillos

en otras manos de agregada fuerza,

viene a borrar la muerte las señales

que fueron construyendo tus fronteras.