Sebastián AcevedoLos que participaron del movimiento contra la tortura que le dio nombre, convocaron este lunes a una marcha entre el Parque San Borja y la Catedral de Santiago. En el texto, vincularon la violencia de ayer con la de hoy al afirmar que ¨la violación masiva de derechos como la salud, vivienda, educación, vivir libres de contaminación y agresiones a la naturaleza; la persistente negación del derecho a participar y decidir en temas que afectan a toda la sociedad, la proyección durante 23 años, de las herencias legales e institucionales del modelo económico impuesto por la dictadura, la continuidad de la violencia del Estado expresada en represión en contra de la protesta social, contra las comunidades y pueblo mapuche, la apatía de este mismo estado y sociedad ante otras formas  de negación de la diferencia y la diversidad, nos demuestran que no podemos nunca darnos por satisfechos, que mantener el sentido de comunidad y permanecer alertas ante cualquier episodio de injusticia, es el más grande homenaje y la actitud ética que debemos tener en memoria de tantas/os luchadores por la causa de la vida, la justicia y la dignidad”.

“Solo veo al inmolado”, decía Gonzalo Rojas en un poema y efectivamente esa imagen, la del padre prendiéndose frente a la Catedral de Concepción, el 11 de noviembre del 1983, en protesta, denuncia y angustia por la detención de sus hijos a manos de la CNI, se convirtió en un hecho que remeció la conciencia nacional, incluso en momentos en que la violencia era cotidiana y narcotizaba la capacidad de asombro del país.

Dos días antes, los hijos de Sebastián Acevedo, Galo y María Candelaria, fueron detenidos por civiles armados que no se identificaron. Su padre recorrió la ciudad buscándolos sin saber su paradero, aunque con la certeza de que el rapto había sido ejecutado por la CNI.

Cuando hace 30 años se roció gasolina y parafina en sus ropas, en la Plaza de Armas de Concepción, Carabineros intentó detenerlo, pero ya era tarde: prendió fuego a sus ropas y murió a las pocas horas, a consecuencia de las quemaduras.

Su hija, Erika Acevedo, recordó que “la inmolación de Sebastián sacudió la conciencia de todo Chile, desnudó el drama de las detenciones secretas y las torturas. El impacto de esta acción fue tal que la dictadura se vio obligada a reconocer la detención de Galo y María Candelaria Acevedo, para días más tarde dejarlos en libertad”.

Luego de los hechos, su hija Candelaria fue liberada, pudo ir al Hospital Regional de Concepción y despedirse de su padre moribundo. Éste pudo ver que su hija había sido liberada.

Luego de la muerte de Sebastián Acevedo, la dictadura no cejó en su crueldad, y como si quisiera decir que ni un gesto como éste sería más fuerte que sus propósitos, sus hijos nuevamente fueron detenidos. María Candelaria pasó otros catorce meses en la cárcel y Galo, dos años. A pesar de eso, sus hijos están convencidos de que la inmolación del padre les salvó la vida.

A los funerales en Coronel llegaron 15 mil personas. La cantidad de asistentes hizo que se desbordara la parroquia Sagrado Corazón de Jesús. Desde entonces, Sebastián Acevedo se convirtió en uno de los íconos de la lucha pacífica contra la dictadura. Su nombre fue, en homenaje, el del Movimiento contra la Tortura Sebastián Acevedo, liderado por el padre José Aldunate y que denunció, en medio de la represión, las torturas y vejámenes cometidos por la dictadura.

 

Sebastián Acevedo (Gonzalo Rojas)

Sólo veo al inmolado de Concepción que hizo humo

de su carne y ardió por Chile entero en las gradas

de la catedral frente a la tropa sin

pestañear, sin llorar, encendido y

estallado por un grisú que no es de este Mundo: sólo

veo al inmolado.

 

Sólo veo ahí llamear a Acevedo

por nosotros con decisión de varón, estricto

y justiciero, pino y

adobe, alumbrando el vuelo

de los desaparecidos a todo lo

aullante de la costa: sólo veo al inmolado.

 

Sólo veo la bandera alba de su camisa

arder hasta enrojecer las cuatro puntas

de la plaza, sólo a los tilos por

su ánima veo llorar un

nitrógeno áspero pidiendo a gritos al

cielo el rehallazgo de un toqui

que nos saque de esto: sólo veo al inmolado.

 

Sólo al Bío-Bío hondo, padre de las aguas, veo velar

al muerto: curandero

de nuestras heridas desde Arauco

a hoy, casi inmóvil en

su letargo ronco y

sagrado como el rehue, acarrear

las mutilaciones del remolino

de arena y sangre con cadáveres al

fondo, vaticinar

la resurrección: sólo veo al inmolado.

 

Sólo la mancha veo del amor que

nadie nunca podrá arrancar del cemento, lávenla o

no con aguarrás o sosa

cáustica, escobíllenla

con puntas de acero, líjenla

con uñas y balas, despíntenla, desmiéntanla

por todas las pantallas de

la mentira de norte a sur: sólo veo al inmolado.