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Si bajaran de su nave unos extraterrestres ante la pregunta de cómo estamos y escucharan nuestra más habitual respuesta: “Bien, pero con harta pega”, de seguro no les resultaría tan común, como sí nos parece a nosotros, cuando saludamos a alguien en la calle, lo llamamos por el celular o nos pillamos en el chat, diciendo: “Bien, pero con harta pega”. Esa dualidad de bienestar y trabajo que no reconoce distancia, ni mucho menos asume algún tipo de contraste, instalada en nuestra habla, como refrán liberador. No me sigan preguntando. Lo cierto es que se trabaja mucho, ergo andamos cansados. Qué duda cabe. Nada tiene que ver el trabajo con este maltrato, pero eso de la explotación del hombre por el hombre, es la letra chica que define nuestra jornada, ¿laboral? No, la vital, y ese es el problema. Una línea que se bifurca y describe dos enfoques para enfrentar el laburo: una como meta y la otra como un proceso. Marx y Dios mediante, ¿dónde queda la producción?, ¿la repartición de las utilidades?; ¿el tiempo del descanso?, ¿el fin de la faena?, ¿el respeto al día del Señor? Se trabaja apenas para cumplir la jornada. Cuál más cuál menos, comienza el día pensando cuántas horas de trabajo que le quedan por delante… En mi caso, café, correos, jugos, reuniones, galletas, entrevistas, llamadas telefónicas, horas con audífonos, alejado del mundanal ruido.

Hay días en que nos despertamos dogmáticos. Y nos resistimos a que el sentido del deber se imponga, pero el autoengaño es preciso, y uno (se) va inventando razones (este mismo uso impersonal de decir: “uno”, elude la autoconciencia) para creer que lo que se debe hacer es solo trabajar. ¡Cómo si eso nos enorgulleciera! Se trabaja para pagar las cuentas, por eso del hombre-proveedor o porque, simplemente, todos necesitamos nuestra plata. Sin ir más lejos, la condena divida de ganarse la vida con el sudor de la frente, describe ese acuerdo unilateral. Entonces las leyes de la Vida, se vuelven las leyes del Mercado. A poco andar, en estos dos párrafos, y sin querer (pero sabiendo que lo hago) he dado cuenta del trabajo como una definición de la existencia, ¡qué lamentable! Somos más que trabajadores, funcionarios, asalariados, independientes, apatronados, nuestro-propio-jefe, simples engranajes gastados de una máquina que no cesa. Porque el tiempo de la faena es la moneda de cambio que mantiene el equilibrio precario de una jornada insufrible. Trabajamos incansablemente, como un signo de los tiempos. Lo demuestran las breves noches del descanso. Zeitgeist. No tenemos tiempo para nada. Salvo para el crepúsculo. El de la tarde. El nuestro.

Acuñar eslóganes

¡Tanta amargura! ¿Acaso estoy exagerando? Veamos si puedo replantear lo expuesto hasta ahora. A ver cómo me va…

Hay días en que me despierto (eliminé el impersonal “uno” para asumir la primera persona del “yo”) decidido a encontrar en la vasta literatura algunos fundamentos que sostengan la tesis de que no necesitamos trabajar. Abolir el trabajo, ¿verdad? Y me encuentro con algunos datos, como las razones que busco, y aunque me siento reflejado en ellas, las circunstancias del cumplir se imponen a lo que aparece en las hojas, mas voy acumulando citas, recabando información para la resistencia. Leer tras la línea, diría Cassany. Notas mentales recogidas como tablas de un naufragio. Y creo así parafrasear a Walter Benjamin, cuando afirma que acuñar eslóganes es también una forma de la interpretación crítica:

“De ahí que el obrero se sienta en su casa fuera del trabajo y en el trabajo fuera de sí. Está en casa cuando no trabaja, y cuando trabaja no está en casa. Su trabajo, por lo tanto, no es voluntario, sino obligado, trabajo forzado. No es, por lo tanto, la satisfacción de una necesidad, sino sólo un medio para satisfacer necesidades fuera de éste. Su carácter ajeno lo pone de relieve el hecho de que, tan pronto deja de existir alguna coacción física o de cualquier otro tipo, se huye del trabajo como de la peste.” (Karl Marx. Manuscritos económico-filosóficos, 1844)

¿Tripalium?

Michel Onfray, en su libro Política del rebelde. Tratado de resistencia e insumisión, remite a la etimología, según la cual “trabajo” deriva de tripalium, “el instrumento de tortura que con tanta claridad expresa lo que se pensaría de toda actividad laboriosa y asalariada si no estuviera sometido, atado de pies y manos, a las epistemes, como dice Foucault, que derivan del odio al cuerpo y celebra todas las actividades que permitan la castración, la contención, la retención, la suspicacia respecto de la carne, los deseos y placeres. La religión del trabajo –continúa– ha convertido al parado en un mártir, el fervor que exige y los sacrificios que pide penitentes que pueden obtener el perdón y la salvación (…) Otra distribución disminuiría los padecimientos colectivos de quienes sufren por exceso de trabajo y de quienes se lamentan de no tenerlo.”

Burnout

Es también llamado síndrome de desgaste ocupacional (SDO) o síndrome de quemarse por el trabajo, cabeza quemada; en francés conocido como “surmenage” (estrés), y que en mi siempre consultado Diccionario del Paro y otras miserias de la globalización, de José Antonio Pérez, el término tiene alcances irrenunciables: “La expresión burnout syndrome fue acuñada en 1974, por el psiquiatra Herbert Freudenberger (esta) se enmarca en el cuadro de los trastornos adaptativos crónicos, se caracteriza por la falta de ilusiones, desmotivación, apatía, carencia de expectativas de promoción, agotamiento físico y mental, pérdida de energía y sensación de frustración. Se asocia a mayores tasas de divorcio, suicidio, depresión, cambio de trabajo, abuso de alcohol y otras drogas, así como menores expectativas de vida (…) Se han descrito: irritabilidad, agresividad, labilidad emocional, inhibición sexual.”

Mantenidos a raya

“En el fondo, ahora se siente (…) que semejante trabajo es la mejor policía, que mantiene a todo el mundo a raya y que sabe cómo evitar con firmeza el desarrollo de la razón, la concupiscencia y el deseo de independencia. Puesto que emplea una cantidad enorme de energía nerviosa, la cual sustrae a las actividades de meditar, ensimismarse, soñar, preocuparse, amar, odiar.” (Friedrich Nietzsche, Los aduladores del trabajo, 1881)

La abolición del trabajo

“La alternativa a trabajar no es el ocio solamente. Ser lúdico no es ser estático. Aunque valoro el placer de la pereza, nunca es más satisfactoria que cuando sirve de intermedio entre otros placeres y pasatiempos. Tampoco promuevo esa válvula de seguridad disciplinada y gerenciada llamada “tiempo libre”; nada de eso. El tiempo libre es no trabajar por el bien del trabajo. El tiempo libre es tiempo gastado en recobrarse del trabajo, y en el frenético pero inútil intento de olvidarse del trabajo. Mucha gente regresa de sus vacaciones tan agotada que desean volver al trabajo para descansar. La diferencia principal entre el tiempo libre y el trabajo es que al menos te pagan por tu alienación y agotamiento.” (Bob Black)

Una joyita

“El principio moral fundamental es el derecho de los hombres al trabajo (…) Según mi parecer, no hay nada más abominable que una vida ociosa. Ninguno de nosotros tiene derecho a algo semejante. En la civilización no hay sitio para gente ociosa.” (Henry Ford)

Llamadas telefónicas

A conoce a B en una fiesta de trabajo. Comienzan a verse, a salir, incluso han incursionado, someramente, en el plano sexual. A dice estar enamorado de B. B sin llegar a asegurarlo, dice que sí, que también ha empezado a sentir algo por él. Me gusta estar contigo. Me gusta mucho estar contigo, dice. A se siente en la gloria. B preocupada, aunque no lo suficiente, se dispone a decirle que no está preparada para el amor tan pronto. No lo dice así, pero en resumidas cuentas le está diciendo que no quiere volver a enamorarse. O mejor dicho, que teme volver a sentirse enamorada de alguien. Se le agolpan imágenes, pero también un estado de violencia verbal, al que no quisiera volver. Una de esas noches se despertó gritando. Todo esto se lo dice, o vuelve a contárselo por teléfono. A dice entenderla, pero en verdad no la entiende, y continúa, a su manera, amándola. A entonces comete el peor error que puede cometer un enamorado: empieza a querer él por los dos. B se da cuenta de eso, se siente podrida, y decide cortar con la relación. Una relación enferma, la califica ella, pero A sigue sin querer entender, sin escuchar razones. Entonces B, considerando que la cuestión parece estar solamente en sus manos, le dice a gritos que no lo quiere. Han ido al mismo local donde solían ir al salir del trabajo y han acudido al mismo motel donde concluían preferentemente sus encuentros. Le pide que se marche, que la deje sola. ¿Estás enamorado de otro?, la recrimina A, a punto de explotar en llanto, y mientras hace esa acusación, sobre la existencia de un supuesto C, sabe que tampoco estaría preparado para escuchar esa respuesta y se enfurece aún más. B, como si lo conocería de toda la vida y supiera que debe permitirle seguir viviendo, decide no responderle, y lo deja ahí, con su dulce, pero desesperada cara de interrogante, al borde de la cama. Luego, cuando B nota cierto dejo de consuelo o resignación, se acerca a besarlo en la frente y se retira. A, esa misma noche, insomne y en calidad de bulto, empezará a escribir una historia donde un hombre se enamora de una compañera de trabajo.

El cansador intrabajable

Me quedé pensando en todo eso. En la literatura. En las abusivas e injustificadas detenciones del Metro esta mañana. En el tiempo perdido de la espera. En no querer hacerlo, pero de todos modos angustiarse los cinco millones de habitantes por llegar a sus trabajos hoy día. Mejor vuelvo, ¡como siempre!, a los versos de Bertoni. Ya no sé con qué frecuencia recurro a las cuñas de zen-de-micros, pero recaigo. Ahora lo hago en esa letanía llamada “1987”, de su libro Harakiri, donde testimonia:

“no estoy en el poder
estoy en el paradero
no estoy en el poder
estoy en la micro
no estoy en el poder
estoy en una cola de chilectra
no estoy en una sala de espera
no estoy en el poder
estoy subiendo a una micro
no estoy en el poder
estoy bajando de una micro
estoy haciendo una cola
no estoy en el poder
estoy en una fuente de soda
tomándome una malta
no estoy en el poder
estoy en una fuente de soda
comiéndome un completo
no estoy en el poder
estoy en una fuente de soda
viendo el festival de la una
en un televisor Motorola.”

Acaso porque así me gustaría estar a mí, cuando que me encuentren los extraterrestres y me pregunten cómo estoy.

Jueves 07 de noviembre.