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La Amazonía constituye la última gran región forestal del mundo. Con 6.762 km de longitud, el Amazonas es el río más largo, más caudaloso, más ancho y más profundo de la Tierra, aportando una quinta parte de toda el agua fresca que desemboca en los océanos. La cuenca amazónica es también la más extensa del mundo: 7.3 millones de km2 distribuidos entre OCHO
países: Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Guyana, Perú, Surinam y Venezuela.
Se estima que los ecosistemas amazónicos albergan cerca del 30 por ciento de las especies de flora y fauna del mundo, cumpliendo además servicios ambientales indispensables como la regulación de los ciclos hidrológicos, la conservación de los suelos y el control de la erosión, la producción de oxígeno, la regulación del clima y la absorción de carbono.
Trágicamente, la imagen del expolio también acude hoy a nuestra mente al pronunciar Amazonía: incendios, talas indiscriminadas, desaparición de especies animales y vegetales, de seres humanos y culturas indígenas que, mucho antes de nuestra civilizadora intrusión, vivían en equilibrio con su entorno, cobijados por la madre selva.
En la amazonía peruana, departamento de Ucayali, fuimos testigos de la tala ilegal de especies en peligro de extinción de alto valor comercial como caoba, cedro y Cumala. Pese a la legislación existente y a los intentos del gobierno peruano de cumplir con los compromisos medio ambientales asumidos bajo el Tratado de Libre Comercio (TLC) suscrito con Estados Unidos, debido a la falta de recursos para una adecuada fiscalización, la corrupción y falsificación de documentos y blanqueo de madera, el robo de tierras a comunidades indígenas y la tala en tierras públicas y protegidas. Se estima que un 60% de la madera que sale de Perú es talada ilegalmente.
Narrándonos sus peripecias para hacer las fotos que aquí presentamos, Tomás Munita nos contaba que acompañó a un fiscal quien, “sin la bencina necesaria para recorrer enormes distancias por caminos imposibles, recomendó enérgicamente ocultar nuestro destino a la policía, debido a la habitual colusión entre estos y los madereros. Tras una extenuante jornada, el
fiscal logró confiscar maquinaria utilizada ilegalmente, que dos días después fue devuelta a los madereros por no tener lugar donde dejarla. Ellos tenían permiso de talar, pero lo estaban haciendo fuera de los límites estipulados, no estaban cumpliendo con su obligación de reforestar ni estaban dejando en pie los árboles semilleros previamente demarcados, tampoco habían construido el camino prometido a la comunidad indígena Cacataibo, que les había otorgado el permiso para talar en sus dominios. ‘En el medio de la selva hacen lo que quieren’, nos decía el fiscal”.
Los costos sociales asociados a la extracción ilegal de madera también son altos. De acuerdo a un informe de la Environmental Investigation Agency (EIA) publicado el año 2012, el comercio de madera ilegal en la Amazonía peruana genera un constante conflicto con los grupos indígenas, debido a las reiteradas ocasiones donde estos son engañados para obtener acceso a la madera. “Epidemias locales mortales y conflictos violentos han resultado del contacto entre los madereros y los pueblos indígenas en aislamiento voluntario. Además, la extracción ilegal de madera es a menudo asociada con otras actividades ilegales, como el trabajo forzado y la esclavitud sexual de las víctimas detenidas contra su voluntad y tratadas violentamente”, hace notar el informe.
China es, actualmente, el mayor importador mundial de madera tropical; la mitad de los árboles tropicales talados en el planeta acaban en China. Tras las importaciones de madera ésta es procesada, convirtiendo al gigante asiático en el principal productor mundial de productos madereros, los “Made in China” destinados a satisfacer la demanda de Estados Unidos, Japón y Europa.