Sobre el proyecto civilizatorio y su “teología” imperial.

1.- No deja de ser fascinante el nivel de penetración con que un cierto discurso politológico ha ingresado cómodamente a los salones del espectáculo mediático. Cada vez que un conflicto político se asoma, el politólogo parece ser requerido. Pero como todo discurso, éste último está lejos de gozar de la neutralidad “experta” que los propios medios pretenden atribuir. Más bien, como todo discurso, el politológico también produce efectos. Y, como todo discurso que se jacta de pertenecer a esa extraña jerarquía angélica denominada “ciencia”, dichos efectos se juegan en formas muy específicas de normalización.

En particular, el discurso politológico que no sólo se juega desde la persona del cientista político sentado frente al periodista que interroga, sino fundamentalmente desde lo que Judith Butler denomina “marcos de visibilidad”[1] y que instala a la “democracia neoliberal” como la forma de todas las formas, el “equivalente general” de toda forma política. A esta luz, la instalación de marcos no constituye la misma operación que la censura: si la censura se basa en la exclusión de un contenido determinado, el marco funciona propositivamente situando las condiciones de visibilidad de tal o cual contenido. De esta manera, si la censura es un dispositivo que opera en base a la invisibilización de un contenido, el marco lo hace a la forma de visibilización de los contenidos. Por eso, todo contenido encontraría su condición en un marco específico, pero ningún marco podrá, por esta misma razón, reducirse a un contenido en particular.

El abordaje mediático en Chile resulta no ser más que una lamentable sumisión a los marcos de visibilidad de las grandes cadenas noticiosas que, literalmente, han construido al conflicto como si éste fuera entre la dictadura de un tirano y la democracia de una potencia extranjera

Cada vez que se presenta un problema para las potencias occidentales en el mundo árabe –porque los problemas no son independientes de quienes lo enuncian como tales, por lo cual Israel que ha utilizado armas químicas contra los palestinos no parece ser un problema para estas potencias-, el marco de visibilidad funciona estableciendo una dualidad intercambiable dependiendo de la naturaleza del gobernante o el régimen en cuestión: si, tal como ocurría con Saddam Hussein o actualmente con Bashar Al Assad, éste representa a un Estado secular, entonces el eje mediático redunda en la dualidad “dictadura-democracia”; si, en cambio, se trata de un líder islamista, entonces el marco intercambia el término “dictadura” por el significante “islam”.

Pero ya sea la dictadura o el islam –que, desde el marco de visibilidad que aquí está en cuestión se construye siempre asociado a algún tipo de dictadura- éste siempre funciona como el término que define a un “enemigo” de la democracia frente al cual ésta pondrá en juego sus múltiples dispositivos de seguridad. Y, lo interesante, es que en función del término que esté en cuestión (dictadura o islam), las grandes cadenas de noticias como CNN implementarán la estética propia de la caída del Muro de Berlín. Es lo que sucedió durante la invasión a Irak en el año 2003: las tropas norteamericanas ingresan a Bagdad, ponen la bandera norteamericana encima de la estatua de Hussein para luego derrumbarla. El ejército norteamericano aparece como “salvador” de una población supuestamente “oprimida”, derramando desde sus tanques y bombas, el augurio de la libertad.

2.- La prensa chilena parece no estar exenta del marco de visibilidad impuesto desde Atlanta (CNN) o Qatar (Al Jazeera). Sin cuestionamiento alguno, -cuyo paroxismo lo constituye el penoso reportaje de Amaro Gómez-Pablos en Informe Especial difundido por TVN- el discurso periodístico parece enfocarse exclusivamente en la pregunta “moral” de si son o no legítimas las causas por las que aboga Barack Obama para la “intervención” en Siria, dejando de lado la discusión acerca del marco de visibilidad y asumiéndolo como algo enteramente dado. Como se ha visto en las últimas semanas, en el caso sirio, el marco se ha circunscrito a la dualidad dictadura-democracia mostrando a Bashar Al Assad como el dictador, “enemigo” de la democracia.

Así, el abordaje mediático en Chile resulta no ser más que una lamentable sumisión a los marcos de visibilidad de las grandes cadenas noticiosas que, literalmente, han construido al conflicto como si éste fuera entre la dictadura de un tirano y la democracia de una potencia extranjera. Y, peor aún, el discurso de una cierta izquierda  no ha hecho más que replicar y confirmar esa dualidad en el exacto momento en que pretende criticarla, ejerciendo su simple inversión: defendiendo que el régimen de Al Assad es una “democracia” y que constituye el último referente contra el imperialismo de los EEUU e Israel.

Los patéticos argumentos mostrados por uno y otro lado no sólo dejan impune al marco de visibilidad que se ha impuesto sino que además, olvidan una y otra vez lo único importante: que la escatologización soberana apunta a convertir a los pueblos en poblaciones. Así, no deja de ser interesante cómo es que la construcción del marco de visibilidad produce una precarización de la vida que se inviste de la liturgia del “humanitarismo” y que, rodeado de un aura piadosa, procede a la gestión de las poblaciones. De este modo, no se trata de entrar en la pseudo-discusión acerca de si las razones que da Kerry son o no legítimas, sino de analizar el porqué dichas razones han podido ser esgrimibles y, eventualmente, aceptables. Se trata, por tanto, de atender el modo en que el intervencionismo de los EEUU –o de las otras potencias- construye su legitimidad.

Porque, si es cierto que la época de la soberanía escatológica es la época orientada a convertir a los pueblos en poblaciones, entonces, el caso sirio es para nosotros paradigmático toda vez que muestra algo que algunos teóricos del siglo XX ya sabían: que los dos proyectos “ideológicamente” contrapuestos presentes durante la “guerra fría” terminaron por coincidir en la nueva deriva de la gubernamentalidad neoliberal. Por eso, la insistencia sería ésta: más allá de los dos ejes en disputa en la guerra civil siria, lo decisivo es el pueblo sirio que excede tanto a la crueldad del régimen de Al Assad como a la de la “oposición” y sus mercenarios: “La abrumadora mayoría de los siriosescribe el activista sirio Ramah Kudaimi- tanto los que han tomado las armas como los que continúan resistiendo por medios no violentos no tienen nada que ver con los grupos extremistas y están levantándose contra todas las fuerzas que están destruyendo el país, ya sea el régimen o los supuestos grupos de la “oposición”[2].

Los marcos de visibilidad funcionan, entonces, porque lo que éstos ponen en juego en la circularidad entre dictadura-democracia o, si se quiere, entre islam-democracia, no es más que la visibilización de los enemigos de Dios que, supuestamente, se oponen al proyecto civilizatorio forjado por los EEUU.

3.- ¿Por qué funcionan esos marcos de visibilidad? Porque los marcos desplegados mediáticamente remiten a marcos epistémicos articulados en la forma de un proyecto civilizatorio de corte global: “Querer detener la democracia –escribía un perspicaz Alexis de Toqueville acerca del naciente EEUU- parecerá entonces luchar contra Dios mismo. Entonces no queda a las naciones más solución que acomodarse al estado social que les impone la Providencia.”[3] La aguda mirada de Toqueville nos permite visualizar el cariz de dicho proyecto: la “democracia liberal” norteamericana no es más que una forma imperial toda vez que ésta exigirá a las “naciones” el acomodarse a la imposición dictada por la misma Providencia. “Providencia” que habrá que entender en el registro político como aquella forma de ejercer el poder que Michel Foucault llamó “gubernamentalidad” y cuya realización se orienta a las poblaciones, se fundamenta en base a la economía política y utiliza como “instrumentos técnico esencial” a los dispositivos de seguridad[4].

Pero, lo relevante de Toqueville no es simplemente el hecho de indicar la novedad de aquella nueva forma de concebir el poder, sino también, el identificar el carácter ineluctable de la democracia como la forma propiamente escatológica que, más allá de todas las otras formas, terminará por imponerse. La democracia norteamericana nace, pues, como una democracia imperial que tiende a la expansión incondicionada de su forma. Así, toda oposición a la democracia será vista, finalmente, como una oposición a Dios cuyo poder se despliega a partir de la inmanencia en la que se ejerce la Providencia. Y de esta forma los “enemigos” de la democracia –es decir, de EEUU, toda vez que dicho país se estructura en base a la matriz providencial- podrán ser vistos como “enemigos de Dios”.

Los marcos de visibilidad funcionan, entonces, porque lo que éstos ponen en juego en la circularidad entre dictadura-democracia o, si se quiere, entre islam-democracia, no es más que la visibilización de los enemigos de Dios que, supuestamente, se oponen al proyecto civilizatorio forjado por los EEUU. Así, el “civilizado” será –a diferencia del civilizado francés que es un hombre “racional” e “ilustrado”- un verdadero amigo de Dios, alguien que calza perfectamente en el plan divino que Dios reservó a los hombres., y el “bárbaro” será aquél “enemigo de Dios” que se opone a dicho proyecto. Por eso, el presidente Obama –como tantos otros presidentes de los EEUU- puede decir que el supuesto uso de “armas químicas” por parte del régimen sirio no pueden quedar en “silencio” y que es necesario intervenir para que dicho acto “no quede impune”. Todo ello, mientras no deja de vender armas a Israel y a Arabia Saudí. Y todo ello, mientras Israel expande sus asentamientos a punta de fusil.

Se trata, por tanto, de que la democracia instala la partición interna de corte civilizatorio entre civilizado y bárbaro, entre el “demócrata” y el “dictador”, entre aquél que remite a un interior y aquél que expresa la barbarie de un exterior. Un mismo pliegue del nómos civilizatorio en el que el bárbaro es un exterior producido desde el mismo interior y el interior del civilizado es reafirmado sólo gracias a la sombra del bárbaro exterior.

Más aún, no está demás recordar que el concepto de “civilización” es un término relativamente reciente nacido de las fauces de la nueva vocación gubernamental propuestas por el marqués de Mirabeu en su Amigos de los hombres o tratado de la población escrito en 1756. Que el término “civilización” haya aparecido por vez primera en un tratado de esta naturaleza muestra el carácter eminentemente gubernamental que, como subraya Benveniste, designará aquí la “observación espontánea” de las normas de mutua convivencia en función  de transformar los hábitos de la sociedad para implementar los procesos de urbanización.

Curioso que Foucault no lo haya notado –curioso que Edward Said tampoco- pero la noción de civilización, antes que se naturalizara su uso en la filosofía y las nacientes ciencias históricas, fue un término salido del léxico económico-gestional. De ahí que, quizás, no sea una casualidad que una de las tesis que dio inteligibilidad geopolítica a los EEUU en el escenario post guerra fría haya sido la tesis huntingtoniana del “choque de civilizaciones” donde la partición entre civilizado y bárbaro, entre el interior y exterior vuelve a  ponerse en juego como parte del cumplimiento escatológico de la democracia providencial[5].

Por esta razón, la vocación civilizatoria de los EEUU no habría que explicarla sólo por la presencia de “intereses”, sino más bien, habría que explicar esa explicación, a la luz del carácter escatológico que desde el principio definió a su democracia identificada al ideal de “civilización”. En este marco,  podríamos decir que los EEUU fueron el catalizador de la soberanía durante el siglo XX (entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial) que la transformó desde una soberanía katechóntica de corte estatal-nacional a una soberanía escatológica de corte económico-global. Así, los EEUU se tornan el primer imperio sin monarquía pero con democracia, sin amigos, pero con intereses, sin “política”, pero con “moral”. De ahí el “intervencionismo permanente que caracteriza a los EEUU y su posición respecto del mundo como el gran Batman que promueve la expansión del capital financiero[6].

Sin embargo, si bien los EEUU fueron el catalizador de dicho proceso por la propia vocación imperial que Toqueville dejaba entrever en su mención al cumplimiento escatológico de la democracia providencial, hoy no está centrado en los EEUU, sino que le ha rebasado para configurarse en la matriz sobre la que funciona el tiempo en que vivimos. El post-EEUU es la escena en que su télos imperial se ha cumplido integralmente en lo que una vez, la lectura hegelo-kojeviana denominó como el “fin de la historia”. Pero es aquí donde la tesis de Fukuyama y la de Huntington coinciden: el “fin de la historia” es la época del “choque de civilizaciones”. Y Siria hoy no es más que la visibilización de esa guerra civil en la que el capitalismo financiero  exhibe su propia dinámica mortífera[7].

 

4.- Mas que “reflejar” los medios “construyen”. Su construcción acerca del mundo árabe no sólo ha sido “orientalista”[8] sino que también ha reafirmado el proyecto civilizatorio de la época neoliberal. Los medios son la comparsa exacta de dicho proyecto en la que se divide el mundo entre el civilizado que lleva consigo la investidura de Dios y el bárbaro que, estando excluido de toda divinidad, experimenta una precarización tal que le dispone como población.

A esta luz, en la medida que el periodismo y la politología contemporáneas se vuelven cómplices en no cuestionar el marco de visibilidad construido despliega irreflexivamente al proyecto civilizatorio de la soberanía escatológica contemporánea. El periodismo está, por tanto, en el seno de una lucha política, donde Siria se ha convertido en su agujero insondable. La imagen de la catástrofe y la catástrofe de la imagen, aquello es la Siria mediática en la que hoy trasunta nuestra guerra civil mundial.

En este plano, no habrá que olvidar que el proyecto civilizatorio aquí en cuestión  coincide exactamente con el proyecto que dio origen a las NNUU y que terminó por escatologizar a la soberanía. Las NNUU parecen ser el “parlamento” del decisionismo de los dos ejes en conflicto. Un “parlamento” altamente oligarquizado que la catástrofe siria interpela para exigir su democratización e impedir que los miembros del Consejo de Seguridad –que curiosamente pertenecen todos a cada uno de los ejes enfrentados hoy- se vuelvan miembros permanentes. ¿En qué se funda el derecho a veto y la idea de tener miembros permanentes sino en el simple factum imperial que penetra al interior del organismo internacional? Dicho factum no es algo casual, sino que constituye el puntal en el que se despliega el proyecto civilizatorio de la “democracia providencial” contemporánea.

Si alguna tarea nos exige esta situación es la de criticar al proyecto civilizatorio y su teología imperial. Criticar tal proyecto significa desmontar la dualidad Oriente-Occidente, dictadura-democracia sobre la que éste se funda, para mostrar su articulación interna y atender así el marco de visibilidad que le da sentido.

Pero también, una crítica radical a tal proyecto significa hoy defender al pueblo sirio, no en el “pietismo” humanitario de la guerra gestional, sino en su derecho a imaginar una nueva vida política: “Pongan de relieve –escribe Ramah Kudaimi-  la valentía del pueblo sirio que toma las calles para protestar contra el régimen sirio, contra los extremistas y contra todos los que intentan destruir su lucha por la libertad y la dignidad. Como  ocurre en todas partes, la cobertura de la violencia triunfa sobre la cobertura de la continuada resistencia no violenta.”[9] Si la cobertura mediática se ha centrado en la violencia de los dos ejes capitalistas en disputa, Kudaimi habla desde aquél resto que no logra ser capturado por dicha violencia. Un resto que, a pesar de los marcos de visibilidad del proyecto civilizatorio de la teología imperial, no es más que el pueblo sirio cuyo coraje para imaginar otra vida política se niega radicalmente a desaparecer.

 

Excursus: Ser Dios. 

Todos los grandes imperios han sido, a su vez, creadores de grandes religiones. Así también, en la modernidad. Alemania hizo lo suyo con la Reforma luterana, Francia con el laicismo republicano –antes con el calvinismo-, en Inglaterra el anglicanismo y los EEUU con el mormonismo. En efecto, el mormonismo fundado durante el siglo XIX por Joseph Smith plantea una tesis central de corte gnóstico: Dios fue un hombre, porque todo hombre (como Jesús, por ejemplo) puede llegar a ser Dios. Tal tesis hay que medirla con la deriva imperial de los EEUU como una tierra prometida en la que, escatológicamente, el hombre puede convertirse en Dios a través de la cual se legitima el “emprendimiento” del hombre capitalista y su individualismo. Ser Dios es, por tanto, la premisa que el mormonismo hereda a los EEUU. Ser Dios como el catalizador escatológico a partir del cual se funda una nueva y diferente matriz imperial. De esta forma, la mezcla de fundamentalismo religioso con el gran capital financiero, y de la moralidad con el intervencionismo permanente constituyen parte del entramado heredado por la matriz mormona. A partir de aquí se entienden dos alianzas incólumes que los EEUU sostienen hasta el día de hoy y a quienes no ha dudado en venderles armas permanentemente y que, claramente, están directamente implicadas en el conflicto sirio: con Israel y su fundamentalismo sionista, y con Arabia Saudita y su fundamentalismo enteramente islamista (de corte wahabi).

 

[1]Judith Butler escribe: “El marco no sólo trata de mostrar qué es y de este modo establecer el contenido relevante, también presenta la interpretación y la justificación de qué es precisamente mediante un marco que no está abierto al escrutinio crítico.” En: Judith Butler Violencia de Estado, guerra, resistencia. Ed. Katz, p. 15.

[3] Alexis De Toqueville La democracia en América p. 34.

[4] Michel Foucault, Seguridad, territorio, población, Clase del 1 de febrero de 1978.

[5] Remito a los lectores a mi texto El nómos civilizatorio. Prolegómenos para una crítica de la razón civilizatoria. En: Gonzáles, Patricio, Melo, Diego Quinto encuentro internacional del diálogo de civilizaciones, Santiago de Chile: Ed. Centro Mohammed IV, 2012. pp. 179-200.

[6] Véase mi texto La guerra gestional escrito como la primera parte de esta saga sobre Siria.

[7] No está demás decir que la diferencia entre Fukuyama y Huntington revitaliza un antiguo debate entre Alexandre Kojeve y Carl Schmitt acerca de la época post-estatal. Remito a mi texto nuevamente.

[8] Edward Said Orientalismo Ed. Libertarias, 1993.