La campaña presidencial 2013 ha traído novedades a la disputa por la hegemonía política. Las más obvias han sido ya identificadas en relación tanto con la cantidad de candidatos que buscan diferenciarse de las fuerzas que hasta hoy hegemonizaron el escenario, como con la característica central de la mayoría de ellos, de pretender representar y/o posicionar en el escenario electoral el malestar, la crítica y la disconformidad de amplios y diversos sectores sociales.

Un nuevo ángulo de observación nos puede mostrar otra novedad relacionada con la  disputa simbólica. Desde las elecciones pasadas esta disputa está abierta, en aquella oportunidad estuvo centrada en romper aquel discurso hegemónico que sostiene que solo se puede optar entre quienes han tenido el poder desde los noventa.

En este sentido, algunas candidaturas han ido más lejos en la presente elección y han intentado disputar proyectos. La mayoría son esbozos, más críticas que propuestas, pero se han intentado posicionar desde un nuevo lugar. Han intentado hacer entrar a la disputa nuevos discursos, nuevos sentidos comunes: ecología, sustentabilidad, derechos sociales universales, etc.

Roxana Miranda les arrebató la pobreza como contenido de campaña. La “señora juanita” se salió del discurso y se sentó a su lado, la pobreza cobró vida y se volvió sujeto.

La candidatura de Roxana Miranda ha sido probablemente la más exitosa en la disputa simbólica. Esto no era necesariamente previsible debido a que no representa al conjunto de sectores sociales que se han movilizado con más fuerza en los últimos años en el país como son los estudiantes, trabajadores organizados, grupos locales y regionales; sino principalmente a los sin casa y los deudores habitacionales.

Esta candidatura logra poner en cuestión los significados elegidos para representar la política electoral. Los significados antiguos han sido reacomodados en un escenario donde el votante “pobre” deja de ser nombrado desde los bloques dominantes como objeto de su acción y se sitúa a su lado, los interpela y lo hace de tal forma que nadie le puede contestar.

El lenguaje de las promesas de campaña no permite que se pueda discutir con un “pobre” de tú a tú, de igual a igual. En ese nivel de la disputa, la hegemonía cultural tiene que ver con el poder de seleccionar las palabras, seleccionar quien las nombra y a quien se dirigen. De ese modo ¿qué podía hacer una persona que se autonombraba “pobre” en una campaña presidencial? Roxana Miranda les arrebató la pobreza como contenido de campaña. La “señora juanita” se salió del discurso y se sentó a su lado, la pobreza cobró vida y se volvió sujeto.

Es que para ejercer el poder se requiere legitimidad y los grupos dominantes, con cada vez más dificultad, buscan rescatar esta legitimidad en el espacio electoral. Es allí donde ponen a correr los significados seleccionados por ellos, que les permiten mantener la hegemonía en la disputa simbólica, reproducir su dominio. ¿Esto ha cambiado? No, pero se ha visto afectado.