La MonedaHa terminado la elección, pero continúa. Se ha impuesto un resultado de toda lógica, aunque el desvarío colectivo de las últimas semanas lo haya hecho aparecer como sorpresivo. En el caso de Evelyn Matthei, y a partir de la última encuesta CEP -que volvió a errar en el sistema de voto voluntario- se instaló la idea de que la votación de la derecha se había hecho humo, sin que hubiera una respuesta consistente para aquello. Se la ponía, en los pronósticos, incluso por debajo de su piso histórico de 1993, donde la suma de las candidaturas del entonces senador Arturo Alessandri Besa y el ex ministro José Piñera había llegado al 30%.

El pronóstico, más la sensación instalada de que Franco Parisi le pisaba los talones a Matthei, la llevó a una decisión táctica que ahora debe lamentar: embestir personalmente al economista y, con ello, desbancarlo de la Segunda Vuelta. Ahora que el comando celebra un pobre 25,01%, por ser mejor de lo esperado, las posibilidades de capturar la votación de Parisi se vuelven escasísimas, especialmente luego de la declaración del candidato anoche, muy poco política pero asertiva: “una persona mala como Matthei nunca va a ser presidenta de Chile”.

En el lado de la Nueva Mayoría, y también acicateados por la CEP, una mezcla de soberbia y voluntarismo instalado durante las últimas semanas apuró la idea de que la elección podía definirse en primera vuelta. La propia candidata, más cómoda con el carisma que con las definiciones programáticas, hizo en sus apariciones públicas declaraciones como “ya po chiquillos, vamos a votar, para qué sufrir”. La presión para apoyar a Bachelet en primera vuelta –voto ganador, voto útil, los cambios posibles, el realismo- le dieron a los sufragios que se sobrepusieron a la inercia un carácter probadamente no bacheletista. De hecho ninguna de las postulaciones llamadas caricaturescamente como “alternativas”, al menos anoche, hizo gesto alguno de llamar a apoyar a la ex presidenta en segunda vuelta.

Queda, para la interpretación, la pregunta de si la electoralmente celebrada indefinición programática de la candidata pudo, al mismo tiempo, quitarle los votos que la hubieran hecho ganar este domingo, especialmente en sectores que consideraron que al no comprometerse no hizo mérito para merecer la preferencia de los sufragantes críticos.

Como podía preverse, una vez más, la izquierda demostró su incapacidad de ser competitiva electoralmente, aun cuando no exista un Sistema Binominal al que culpar. La ola en el sentido contrario de la derecha fue altamente capitalizada por Michelle Bachelet, debido al diluido perfil de este sector.  Los esfuerzos unitarios fracasaron, incluyendo el último y extemporáneo llamado de Marcel Claude, algunos días antes de la elección. En ese escenario, el tercer lugar de Marco Enríquez-Ominami, a quien muchos no le reconocen domicilio en la izquierda, tuvo un punto de partida rumbo al que parece ser su verdadero objetivo: el 2017. En su primera intervención, hizo un llamado a un camino común con las candidaturas de Claude, Alfredo Sfeir y Roxana Miranda y declaró, respecto a la segunda vuelta, que su candidata es “la asamblea constituyente”. Aunque el emisor peca de falta de consistencia por no haberlo planteado ni honrado antes, sus palabras marcan el camino de lo que debió haberse hecho este 2013. Veremos si de los errores se aprende.