Pertenezco a una generación que esperó casi 16 años para votar (sufragar decían nuestros padres). Votar de verdad, digo, por Presidente de la República. Aylwin Presidente. Ganamos. Estábamos felices (ahora no sabría explicar por qué). Tres lustros atrás lo había hecho por presidente de curso, en el liceo. Para la Consulta del 78 voté en Calera de Tango, a varios kilómetros de mi casa, por comodidad; menos pueblo y menos gente, una contradicción. Daba lo mismo: no habían registros ni nada. La opción Sí estaba más arriba en el voto con una bandera chilena, la opción No, más abajo y con un rectángulo negro. El texto, parece chiste, pero es verdad:

Frente a la agresión internacional desatada en contra de nuestra patria
respaldo al presidente Pinochet en su defensa de la dignidad de Chile
y reafirmo la legitimidad del gobierno de la República
para encabezar soberanamente el proceso de institucionalidad del país.

En la oportunidad, a media tarde ese domingo (siempre son domingos), me antecedía en la corta fila un anciano trabajador del campo (piel curtida, chupalla de paja, camisa a cuadros arremangada). Salió de la cámara secreta y así como contrariado se dirigió a la mesa: “Mi voto ya estaba marcado”. Silencio. “Raro”, le respondió uno por fin… Se trataba de los potentados de la localidad (vestidos como para un desfile de Cuasimodo). “¿Y qué decía su voto?” –le preguntó otro–. “Estaba marcado por el Sí”. “¿Y usted por qué iba a votar?”, –lo interroga el mismo señor, con voz paltona–. “Por el Sí” –respondió el rústico, luego de dudarlo un poco–. “Ah! Entonces está bien, ¿no es cierto?”. “S…í…” –dijo el hombre, y salió hacia la berma del camino arrastrando los pies, y yo detrás. Joven, universitario, letrado, humanista, vecino de las inmediaciones, conocido del párroco (si no ha vivido en un pueblo no sabe cuánto estatus da eso), no fui capaz de decir ni hacer nada. Mi voto estaba en orden –sería por mi camisa Arrow, los zapatos Pluma y mis anteojos de intelectual– y pude estampar por primera vez de varias otras veces más en la vida en una papeleta: No. Someto como descargo que repetí esta historia en círculos íntimos e inofensivos cada vez que vino a pelo en esos años.

A partir de las elecciones siguientes siempre voté por los comunistas –el cura Pizarro, la Gladys Marín, Jorge Arrate–, reminiscencia del disciplinamiento de la Jota Jota quinceañera; de los Trabajos Voluntarios acarreando cajas de chancho chino en la ECA; aunque mi amigo dirigente Jaime Gajardo –con quien milité un corto período en la UTE, años después– siempre que me veía en algún acto, un funeral o un mitin ochentero, me miraba con tamaña extrañeza que hasta yo me convencía de que en ese mismo momento me estaban saliendo escamas verdes en todo el cuerpo, como si ser inconsecuente lo convirtiera a uno en un anfibio.

Los chilenos, que se refocilan de vivir en un país que se precia de democrático, olvidan que hasta 1874 el voto fue censitario, vale decir, existía un censo (registro) de electores limitado a quienes fueran propietarios.

Los jóvenes que hoy se marginan del proceso electoral voluntaria y voluntariosamente, seguramente no hubieran participado de todos modos en el acto eleccionario de 1810, restringido a “individuos mayores de 25 años que por su fortuna, empleos, talento y calidad gozan de alguna consideración en los partidos”. Los partidos se refiere en este caso a las localidades, los pueblos, las mínimas ciudades de entonces. No a los partidos políticos. Y como siempre los electores y los candidatos eran hombres, por derecho natural, se creía, no se hablaba de “las mujeres del partido” ni siquiera en el sentido cervantino del término. Ellas, conquista de Elena Caffarena, feminista, abogada –su papá es el mismo de las medias– y otras mujeres menos conocidas pero igual de aguerridas– recién en 1935 participarán en los comicios municipales y desde 1949 en las elecciones parlamentarias y presidenciales. Doña Elena, fundadora del CODEPU, de vivir, votaría por una mujer, la misma, de nuevo.

Los requisitos para sufragar en 1818 eran tener “verdadero patriotismo, integridad, talento, desinterés, opinión pública y buenas costumbres”, por lo que los dueños de Eurolatina o el cura Karadima, por ejemplo, no hubieran calificado, aunque su riqueza los hubiera hecho pasar colados, como a tantos. La Ley de sufragio universal exigía ser mayor de edad (a partir de 1925 es 21 años), estar inscrito en los registros electorales y saber leer y escribir, condición que garantizaría cierta capacidad de comprender los fenómenos sociales. En 1970, la edad se baja a los 18 años, y se elimina por restrictivo eso de saber leer y escribir, requisito que propongo reponer, pruebas al canto, en un país de analfabetos funcionales, que además, no entienden lo que leen. Pasarían tan pocos la prueba en Chile, que nos gobernarían los puros filósofos, como en su tiempo proponía Platón, que casualmente era filósofo.

Por eso este llamado. Joven: “Levántate y anda” (como dijo uno por ahí). Levántate y anda a votar (cualquiera que tenga un hijo adolescente sabe que eso de “levántate” es literal). Si este domingo recién pasado preferiste quedarte en casa, optaste por el carrete, los amigos, las sábanas, te pedimos consecuencia. No es que los viejos seamos más épicos por ir a votar; pero sabemos de autoritarismo (desde no reírse en la mesa cuando chicos, ni contradecir a los mayores); de las noches de toque de queda durante toda la adolescencia; las protestas cuando no te mojaban sino que corrían bala… No fue gratuito conquistar ciertos derechos, y lo legítimo es ejercerlos. Si has leído el Manifiesto Comunista o lo has llevado largo rato bajo el brazo, con mayor razón.