Para la mayoría de los analistas políticos, la noticia de hoy es la segunda vuelta presidencial.  Un acontecimiento que tendrá lugar el 15 de diciembre y definirá a la próxima presidenta de Chile. Mirado desde la perspectiva macro, tienen razón. Sin embargo, la elección realizada ayer deja al descubierto una serie de otros hechos no menos importantes.

 El primero, que la democracia chilena tiene eslabones que no encajan y que la hacen padecer de una debilidad crónica. Que el 44% de los electores no emita su opinión, es un hecho que no debe pasar inadvertido. Y que el compromiso en cuanto a cumplir con un deber cívico tan importante lo asuman de preferencia los mayores de 40 años, es decidor.  Demostrativo de que algo está fallando. Que deja en claro un desinterés que, generalmente, es justificado con una frase breve: “No me interesa la política”. ¿Y qué es la política para estas personas? Pareciera que sólo el ejercicio de votar.  De escuchar a los dirigentes de Partido con sus monsergas de promesas, de descalificaciones.  La política es mucho más que eso. Y si el elector potencial que no hace uso de su derecho tiene  esa pobre visión, quiere decir que renuncia a la justificación primera de la democracia: el poder reside en el pueblo, en las y los ciudadanos. Abdicar voluntariamente a ello es dejar abierta una puerta inmensa a los abusos. Es como asumir que las leyes del mercado manejan también la democracia. Es aceptar, sin reclamo, la manipulación que el poder ejerce sobre los ciudadanos.

 Posiblemente nuestro afán de copiar experiencias ajenas nos ha llevado hasta aquí. Está claro ya que el voto voluntario no puede aplicarse en una sociedad cuyo compromiso con la vida en comunidad aún no llega a respetar los derechos del otro.  En que recién empieza a reconocer que la limpieza de las calles no es sólo responsabilidad de los trabajadores encargados de la basura. En el que una dictadura suprimió las clases de Educación Cívica, y la democracia no devolvió elementos centrales como ese a los planes de estudio. Un país en el que la derecha cree que los jueces son de izquierda. Y, a menudo, uno ve que quienes tienen poder -económico o político- son tratados por la Justicia de manera muy diferentes al ciudadano común o al pobre de solemnidad.

Esto de copiar nos llevará a males que hoy se han transformado en endémicos en otras latitudes. Tal como la obesidad que hoy amenaza a nuestras generaciones jóvenes y que es pandemia en los Estados Unidos, nuestro espejo. Allá el sistema funciona de otra manera.  Y, a pesar de ser los creadores de la democracia de que hoy nos ufanamos, la participación ciudadana en la designación de sus autoridades políticas es más bien mínima.

La elección de ayer también nos deja certezas.  No podemos sentirnos orgullosos de una democracia creada por una dictadura. En que el propio sistema electoral no respeta la voluntad ciudadana.  Senadores y diputados electos no necesariamente fueron los más votados. Y eso conspira contra el efecto real de la participación electoral.  Pero también es una traba insalvable para hacer cambios a nuestra institucionalidad. Los quórum exigidos para las reformas son inalcanzables sin el apoyo de quienes se verán afectados.  Y eso es una trampa que la democracia no debería soportar.  Esta es una responsabilidad política en que ningún sector está en condiciones de alegar inocencia. La derecha, por negarse a avanzar hacia un cambio necesario, y el resto, por no hacer los esfuerzos suficientes para lograr consensos que no sólo involucren a los partidos políticos. Finalmente, la ciudadanía también tiene algo que decir.

El 15 de diciembre se desarrollará la segunda parte de esta trama. Quien resulte electa enfrentará desafíos importantes.  Provendrán de una sociedad que claramente da muestras de agotamiento.  Las huelgas son prueba de ello, al igual que las protestas ciudadanas y hasta el preferir la playa o el esparcimiento antes que ejercer el derecho a elegir.

Desde hoy hasta que llegue ese día, seremos testigos de momentos tensos.  La diferencia de votos entre Michelle Bachelet (3.070.012 sufragios, 46,67%) y Evelyn Matthei (1.645.271 sufragios, 25,01%) parece irremontable. Y eso hace presumir acciones creativas y/o muy desesperadas. En cualquier caso, asistiremos a días que recordarán las épocas más emblemáticas de la Guerra Fría. El comunismo será execrado y la Democracia Cristiana recibirá ofertas tentadoras. Todo en un escenario en que las contradicciones entre Dios y el ateísmo serán mostradas de la manera burda que impone una campaña de menos de un mes.

Este magno esfuerzo de diferenciación será otro exceso de fuegos de artificio comunicacionales.  Cualquiera de las dos alternativas que se imponga el 15 no ofrecerá sorpresas que cambien la vida del país.  Sin embargo, en el mes que se avecina ojalá los chilenos podamos ser testigos de propuestas que diferencien posiciones.  Que la derecha y sus contendores muestren proyectos distintos.  Tal vez eso pueda ser el inicio de una política que reencante al ciudadano. Porque está claro que más de lo mismo sólo traerá decepción.  Y la decepción en política significa malestar, insatisfacción por expectativas no cumplidas, frustración y la convicción de que todo el tinglado institucional está hecho para beneficiar sólo a unos pocos. Algo así como una democracia tramposa.