Apenas conocidos los resultados de la primera vuelta presidencial se han puesto en marcha los dispositivos de negociación de partidos y coaliciones. Hay algunas cuestiones evidentes. Bachelet (ya deberíamos ir habituándonos a decirle como sus correligionarios, “la presidenta”) necesita forjar una nueva ventaja en votos para segunda vuelta y eso implica disputar con fuerza el centro. En segundo lugar, requiere construir condiciones de posibilidad para sacar adelante al menos algunos de los puntos emblemáticos de su programa, por que, como se ha visto, ahora la ciudadanía cobra. “No están los quórums –dijo Osvaldo Andrade-, pero para eso es la política”.

Esa concepción de la política donde prima la negociación es la que han enarbolado estas élites durante todo este tiempo y ha comenzado a expresarse con intensidad en estos días a través de tres o cuatro aspectos claros. Veamos.

Uno. Dado que el senador Horvath, que trabajó como jefe programático de la candidatura de Franco Parisi, se siente menos cercano de Matthei que de Bachelet, toca a su puerta, se diferencia, se suma. Casi simultáneamente, el vocero de la presidenta, Alvaro Elizalde, anotó en su agenda para las 4 de la tarde una reunión con el jefe de campaña de Parisi, Dino Villegas. Apoyo en votos, es lo que suena.

Dos. Ayer Guillermo Teillier, presidente del Partido Comunista y diputado reelecto, llamó a los votantes de lo que llamó “candidaturas alternativas” a sumarse a la campaña de la presidenta. El diputado del PC argumentó que se debe tener en cuenta que “de haber tenido la capacidad de pasar por sobre de tantas diferencias que se acumularon e impidieron llegar a mayores acuerdos”, se podría haber logrado la correlación de fuerzas para concretar cambios que todos los sectores buscan. Los candidatos de esas “candidaturas alternativas” sin embargo, ya han ido mostrando una voluntad contraria.

Está claro que frente al extremo conservadurismo de Matthei, Bachelet ha podido adueñarse de la imagen del cambio. Sus contenidos y profundidad, sin embargo, no son para nada claros. Ya Vallejo recomendó realismo, en cuatro años no se puede hacer mucho.

Tres. Giorgio Jackson, el diputado electo por Santiago, se declaraba ayer en una entrevista de prensa en pro de la presidenta horas antes de que su partido debatiera el punto internamente. La militancia votó y al final de la noche el 58% de Revolución Democrática consagró el apoyo de esa tienda a la presidenta.

¿Cuatro? El 18 en la mañana había un segundo cálculo sobre la mesa. La reforma tributaria sólo requiere mayoría simple en el Congreso para ser aprobada, pero la reforma educacional necesita 4/7 del Congreso, lo que es igual a 69 diputados y 22 senadores, mientras que el cambio a la Constitución requiere 2/3, esto es, 80 diputados y 26 senadores.

La Nueva Mayoría no puede, por sí sola, asegurar los dos últimos cambios. Como resultado, o concurren de nuevo al viejo argumento de que la derecha les impide los cambios o, dada su costumbre, negocian.

La Nueva Mayoría quedó con 67 diputados y 21 senadores. Para la reforma a la educación podría contar con los votos de Jackson y Boric y en senadores con el magallánico Carlos Bianchi. Para el cambio constitucional, sin embargo, tendrían que sumar el voto de 11 diputados y 4 senadores. Se ve difícil.

Respecto de la reforma constitucional, y dadas la declaraciones de varios personeros de la Nueva Mayoría, podríamos sospechar que unas negociaciones irán en una dirección y otras en la contraria. Mientras algunas reformas convienen al bacheletismo ampliado, otras podrían ser, digamos, demasiado radicales. En ese caso no será sorprendente ver a más de alguno intentando no alcanzar los quórums.

Y sin embargo, se agota

La pregunta en torno a la política como negociación interpela su duración. En una reciente columna, Marta Lagos ha hecho ver que las elecciones del pasado domingo fueron las menos concurridas desde 1989. Votaron 6,7 millones de personas, un 49,5% del padrón oficial del Servel. Además de ello, fue clara la tendencia ya conocida de una bastante mayor votación en comunas de mayores ingresos que en los sectores medios y pobres.

Ella dice que todo es culpa del voto voluntario. Seguramente hay algo de eso, pero habría que hacerse cargo, también, de la indudable desidia electoral que provocan estos sistemas de empobrecimiento de la democracia que hacen que las mediciones de fuerza se diriman más fuera que dentro de los procesos electorales.

Frente a ello, un resultado de las elecciones del pasado 17 de noviembre no debería pasarse por alto. Lo que fue claro en 2011-2012 ya no lo es ahora. Parte importante de las fuerzas juveniles de la protesta social que pujaron no sólo por transformaciones sociales, sino por una política de nuevo tipo, han terminado encallando en las viejas formas de la gobernabilidad. Los ordenamientos electorales, las negociaciones y los pactos terminaron por desgastar a buena parte de la vitalidad política regenerativa de aquella generación, que ahora llama a sumar fuerzas detrás de la presidenta identificando en ella al programa de los cambios.

Pero no es para deprimirse. Esto sólo avisa de la dificultad de la política.