La animadora de televisión, Claudia Conserva, el pasado jueves 21 de noviembre en el programa Buenos Días a Todos, de TVN, hizo noticia.  Noticia involuntaria, diría yo, al exponer un tema que todavía no nos atrevemos a conversar seriamente en nuestro país. Comentando un hecho noticioso, la animadora dijo que si su hija sufriera una violación, la llevaría al extranjero para abortar. Sus palabras no pasaron inadvertidas y se generó un tremendo debate a través de las redes sociales. La misma discusión de Estado que la mayoría de nuestros parlamentarios no se han atrevido a iniciar seriamente desde hace muchos años.

Parece mentira, pero la verdad es alarmante. Chile conforma una de las seis naciones a nivel mundial en que el aborto terapéutico no está permitido. El Salvador, Malta, El Vaticano, República Dominicana, Nicaragua y, por supuesto, Chile, son los países en que sus autoridades han preferido hacerse los ciegos, los sordos y los mudos, frente a una realidad concreta. Todo por temor al conservadurismo que aún impera desde la dictadura.

Contextualicemos: el aborto terapéutico se refiere al aborto inducido, el cual se encuentra justificado por razones médicas. Generalmente, las legislaciones que regulan el aborto –hablamos de leyes permisivas y restrictivas– distinguen, en diferentes niveles, entre la total o mayor admisibilidad del aborto terapéutico respecto a la interrupción voluntaria del embarazo. Es decir, en aquellas naciones en que está permitido el aborto, la legislación se encarga de estudiar los casos, colocando una cuota de seriedad al proceso que, en Chile, los detractores han hecho propio el argumento que aprobar el aborto terapéutico sería sinónimo de muertes masivas de los fetos. Error y desinformación, porque lo cierto es que se trata de países que tienen otro tipo de mirada sobre este asunto.

Entre las diferentes razones médicas por las que se podría justificar un aborto terapéutico, se encuentran el grave riesgo para la vida de la madre; para salvaguardar la salud física o mental de la madre; cuando existe riesgo de enfermedad congénita o genética (esto se refiere a evitar el nacimiento de un niño con una enfermedad congénita o genética grave que es fatal o que le condena a padecimientos o discapacidades muy graves); cuando existe reducción de embriones o fetos en embarazos múltiples y, por último, cuando existe riesgo grave para la vida del hijo.

Las razones médicas parecen obvias para quienes observamos este debate desde la vereda opuesta y contraria que la que poseen algunos grupos que están a favor de la vida, que son curiosamente los mismos que han promovido que el matrimonio debe y tiene que ser entre un hombre y una mujer. Pero eso es debate para otra ocasión.

Desde mi punto de vista, las autoridades en Chile parecen aún tenerle miedo a los resabios de la dictadura. Una Constitución, que en su esencia es conservadora (y que todo indicaría que se va a quedar tal cual está), la influencia de las sesgadas miradas religiosas (últimamente de manera especial, los grupos evangélicos) y la influencia de los medios de comunicación que tímidamente comienzan a abordar este tema, han provocado que en todos estos años Chile esté quedando atrás de ese súper progreso del que tanto se vanaglorian los Presidentes.

Queremos salir del tercer mundo, ser una sociedad de progreso y desarrollada, pero continuamos con pensamientos anacrónicos, más propios del siglo XIX que del XXI. A las autoridades se les ha olvidado que una sociedad desarrollada es aquella que también posee el intelecto y discernimiento para decidir en base a las propias experiencias si se quiere o no tener a ese hijo. Pareciera que las posturas religiosas, aquellas fantasías del reino de los cielos, el peso de los pecados, la concepción de vida en el vientre de la madre y la eterna novela histórica de Dios, Jesús y el mensaje de sus apóstoles, importaran mucho más que el sufrimiento de una mujer que ha sido violada y ultrajada de su dignidad. Así, seguimos siendo “cómplices pasivos” del sufrimiento terrenal de un ser humano que debe someterse al riguroso y estricto apego de la legislación conservadora. El Estado parece temerle por completo a la maquinaria religiosa de los distintos credos, que nos hacen creer constantemente que viviremos bajo el pecado, “asesinando” (ese concepto han utilizado) a un ser indefenso. Tal parece que la separación de Iglesia-Estado es un mero eufemismo que sólo se concretó en los libros de Historia.

Hace algunos meses se conoció el caso de una niña de 11 años que estaba siendo violada de forma constante por su padrastro en la Región de Aysén. Quedó embarazada. El Presidente Sebastián Piñera ingresó al debate y afirmó que tras conversar con la menor, ésta le había manifestado su deseo de tener al hijo, situación que fue alabada, resaltada y felicitada por el Mandatario. Hablamos de una niña que recién ha reemplazado las muñecas por pinturitas y vestimentas de adolescentes, pero que en su esencia sigue siendo niña. Una persona sin discernimiento, una persona que recién está conociendo su cuerpo, que recién está comenzado a experimentar esas mariposas por alguien que le gusta, una niña irresoluta que está instalada entre la frontera de la niñez y la pubertad. ¿De qué discernimiento nos hablan? Parece insólito, digno de un buen argumento de cuento de Foster Wallace o de García Márquez, pero sucedió en Chile y lo peor de todo, no es ficción… fue, es y será real.

En este caso, no podríamos meter en el mismo saco al aborto terapéutico, porque sus características obedecen más a un concepto de aborto electivo, en el que el embarazo es el resultado de un delito de naturaleza sexual (violación) o de la aplicación de una técnica de reproducción asistida no consentida por la madre. Y es precisamente en este contexto en el que se toman en cuenta los siguientes argumentos: la incapacidad para cuidar a un hijo por razones económicas o sociales; el deseo de ocultar el estigma que representa en ciertos contextos un embarazo fuera del matrimonio y, la minoría de edad de la madre, que vendría a ser este caso recién expuesto. Pero en Chile esto no fue una causa para que la menor interrumpiera el embarazo. Y la noticia se convirtió en un hecho inédito y mundial. Precisamente por lo inédito, lo insólito y lo fantástico (lo aplico como sinónimo de surrealismo) de la situación.

Pareciera entonces que la condición humana, el sufrimiento y las severas consecuencias tanto físicas como sicológicas que se provocarán en esa niña, quedarán por debajo del respeto a la vida sin importar el desarrollo de los hechos. Dejemos entonces que los violadores realicen su propia revolución y actúen libremente, porque ni siquiera la justicia chilena los juzgará. Dios protegerá a esa criatura que no tiene la culpa, total el respeto a la vida es lo principal.

No me refiero –en resumen– a que abortemos a todos los fetos que vengan en camino, pero me parece razonable determinar que si la madre no quiere tener a su hijo, porque viene con severas malformaciones, si es que fue violada o si representa un riesgo para su propia vida, lo más lógico sería obedecer lo que indica la lógica.

La probable futura Presidenta está a favor del aborto terapéutico. Ojalá sea así, puesto que ninguno de los ex Presidentes logró concretarlo. Se ve nebuloso el horizonte tomando en cuenta que en la Nueva Mayoría se encuentra la Democracia Cristiana, un partido político que históricamente se ha pronunciado contrario al aborto terapéutico. Mientras que la UDI “popular” hará lo imposible por evitar que este proyecto se convierta en ley. ¿Qué difícil progresar con este tipo de posturas conservadoras?

Finalmente el respeto a la vida pasa también por respetarnos a nosotros mismos siendo consecuentes con una libertad estatal y no una imposición ideológica, ortodoxa y fanática.

*Felipe Valdivia. Escritor, autor de “Traducciones de anagramas” (editorial Forja, 2012) Ha publicado en diversas revistas.