MonedaResumo lo esencial: la historia transcurre en la capital de un país en la que se realizan elecciones municipales. El día amanece tormentoso. La lluvia amenaza las votaciones. Pero a pesar del mal tiempo la ciudadanía participa masivamente en los comicios. Se podía prever que los electores votarían como de costumbre. Pero cuando se abren las urnas deviene la gran sorpresa: “Los votos válidos no llegaban al veinticinco por ciento, distribuidos entre el partido de la derecha, trece por ciento, partido del medio, nueve por ciento, y partido de la izquierda, dos y medio por ciento. Poquísimos los votos nulos, poquísimas las abstenciones. Todos los otros, más del setenta por ciento de la totalidad, estaban en blanco[1]“.

El gobierno no tarda en alarmarse ante ese “setenta y más” por ciento de votos en blanco. Seguramente es una conspiración anarquista internacional. O peor aún, la obra de terroristas. Se despliega a los agentes de inteligencia. Se realizan allanamientos e interrogatorios, pero no hay resultado. No aparece información relevante que explique esta peligrosa conducta. El presidente decide entonces repetir la votación. Pero, contra todo pronóstico, el pueblo reincide “dolosa y premeditadamente” en su actitud vilipendiosa contra las autoridades democráticas: el voto en blanco repunta en la segunda vuelta a un ochenta y tres por ciento del total.

Cunde el pánico en el gobierno y en los partidos. Se moviliza al ejército. El presidente afirma que los enemigos del sistema democrático se han tomado la capital. Sin embargo, en la calle todo sigue como estaba. Nadie comenta las cifras de votos blancos. La vida continúa sin la menor afectación.  Desconcertado, el presidente acaba tomando una decisión radical: cree que el gobierno está rodeado de enemigos, por lo que debe abandonar la sede de gobierno y convertirla en una “ciudad sitiada”. Mientras no se dé con el paradero de quienes atacan el sistema democrático, con los instigadores del voto en blanco, nadie podrá salir ni entrar a la ex-capital. Convoca  a la televisión y dirige al pueblo estas palabras:

“Os hablo con el corazón en la mano, os hablo roto por el dolor de un alejamiento incomprensible, como un padre abandonado por los hijos que tanto ama  […]  no digáis que fuimos nosotros, que fui yo mismo, que fue el gobierno de la nación, con sus diputados electos, los que nos separamos del pueblo […] Vosotros, sí, sois los culpables, vosotros sois los que ignominiosamente habéis desertado del concierto nacional para seguir el camino torcido de la subversión, de la indisciplina, del más perverso y diabólico desafío al poder legítimo del Estado de que hay memoria en toda la historia de las naciones. No os quejéis de nosotros, quejaos ante vosotros mismos, no de estos que a través de mi voz hablan, éstos, al gobierno me refiero, que una y muchas veces os pidieron, qué digo yo, os rogaron e imploraron que enmendaseis vuestra maliciosa obstinación […] Votar en blanco es un derecho irrenunciable, nadie os lo negará, pero, así como les prohibimos a los niños que jueguen con fuego, también a los pueblos les prevenimos de que no les conviene manipular la dinamita.[2]”.

Como en la novela de Saramago nada podrá evitar que el 15 de diciembre la “maliciosa obstinación” de este pueblo indisciplinado se acreciente. No será un voto en blanco, sino simple y pura abstención. Un despechado presidente Piñera ya ha advertido sobre lo mal agradecidos y desconsiderados que son los que incumplen sus obligaciones ciudadanas: “Espero que en la próxima elección podamos lograr una participación mucho mayor […] el voto en Chile es voluntario porque este gobierno envío una reforma y el voto voluntario para que los chilenos voten por convicción. Y una forma de expresar ese amor por Chile es participando en nuestras elecciones”, nos dijo. Pero ahora la convicción es poca y la apatía es mucha. La culpa la tiene esa gente diabólica, floja, ignorante, que no vota si no la obligan bajo las penas del infierno.

La candidata E. Matthei también nos ilustró con una elevada reflexión sobre este fenómeno: “Más de la mitad de la gente no salió a votar y hay que buscar motivar a las personas para que lo hagan el día de la elección, porque muchos son votos más bien nuestros”. El carácter sagrado de la propiedad no se discute con la derecha,  y menos  la propiedad de los votos. M. Bachelet lo ve desde otra perspectiva: “No da lo mismo quién gobierna y quedarse en la casa no ayuda a cambiar las cosas”. Tiene toda la razón: la abstención no cambia las cosas. ¿Pero podría asegurarnos, sinceramente, que votar su candidatura las cambiará? Según el informe de coyuntura de la corredora de bolsa Larraín Vial, los especuladores, traficantes y usureros no tienen mucho de qué preocuparse ante su segura victoria.

Saramago nunca dejó de votar, con la fe del carbonero, por el Partido Comunista en el que militó hasta su muerte. Pero su vínculo partidario no le impidió reconocer que las democracias “postdemocráticas” demandan altos niveles de ingenuidad para poder funcionar. Los excesos de lucidez, como los que ahora padecemos en Chile, producen ingobernabilidad y deslegitiman las instituciones. Se necesitan grandes dosis de inocencia y sencillez espiritual para poder creer que Matthei es “un 7 para Chile” o que Bachelet quiera un “Chile para todos”. A mi hijo mayor, de cinco años, ya le cuesta mucho creer en esos slogans. “Hay que creerse el cuento”, se repiten los candidatos, contradiciendo en el acto la seriedad y verosimilitud de sus promesas.

Es sintomático que en la novela de Saramago el héroe sea un comisario de policía, y de derecha, para más remate. Es el único que se detiene ante el curso de los acontecimientos para preguntarse por lo que estaba pasando, desnudando la falacia fundacional del Contrato Social, por la que nos han metido en donde nos han metido. “¿Quién ha firmado este pacto por mí?”, se pregunta el policía, despertando del letargo en que se había cobijado. ¿Quién ha decidido todo esto por nosotros? parece decir hoy un Chile peligrosamente lúcido, que ha despertado de su candor postdictatorial para descubrir que nuevamente “todo lo sólido se desvanece en el aire”.

¡Por amor a la patria, dejemos que nos tomen por idiotas! No importa que no les creamos ni una palabra de sus promesas. Los buenos demócratas debemos hacer como si nos las creyéramos a pie juntillas. Si no es así, ¿como podrían funcionar las cosas? Hagamos como que se les creemos y ellos harán como que gobiernan pensando en nosotros.


[1] José Saramago. (2004) “Ensayo Sobre La Lucidez”. Alfaguara Buenos Aires. p. 9.

[2]Ibid. p 44.