La muerte de esta alumna del Liceo Carmela Carvajal, me hace recordar la canción de Fernando Ubiergo, “Cuando agosto era 21”, escrita en 1978. El tema golpeó a la sociedad chilena, al denunciar la cruda realidad del embarazo adolescente. La colegiala de la canción, incapaz de superar el pánico de ser rechazada por su pareja, sus padres, profesores, sacerdotes y abogados, llega  a un callejón sin salida y pone fin a  su vida en un metafórico día 21 de agosto.

¿Una realidad mejor?

Treinta y cinco años después de aquel tema musical, la realidad de Alejandra debería haber sido mejor. Con el regreso de la democracia, se creó en 1991 el Servicio Nacional de la Mujer (Sernam). La idea de esta secretaría era lograr la igualdad de género, proteger los derechos reproductivos y evitar toda clase de discriminación femenina. Si bien logró que los establecimientos educacionales no expulsaran a las alumnas embarazas, no pudo avanzar en la consolidación de la educación sexual. Josefina Bilbao, directora del Sernam entre 1994 y el 2000, estuvo en el ojo del huracán al participar en la Conferencia Internacional sobre la Población y Desarrollo (El Cairo 1994) y en la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer (Beijing 1995). Ella luchó por instaurar talleres de sexualidad donde se hablara no solo de biología, sino que de todas las inquietudes que rodean el tema. El debate público se reflejó en un irónico titular de El Mercurio que decía: Cómo hablar de “eso”, sin hablar de “eso”. Después de esos fallidos intentos, el liderazgo del Sernam, al igual que la Conadi (asuntos indígenas) y la Conama (Medio ambiente) se fue desdibujando dramáticamente.

En la canción de Ubiergo, los profes de ciencias denunciaban la inconsciencia de la juventud actual. Hoy, muchos profes y padres suponen que los chicos y chicas inteligentes buscan lo que necesitan saber en internet y en las redes sociales. ¿Para qué perder el tiempo con talleres si los adolescentes ya vienen de vuelta en todo tipo de temas? Aunque se crea lo contrario, las adolescentes del siglo XXI se descuidan, se confían y cometen los mismos errores que sus abuelas y bisabuelas.

Una decisión íntima

Alguien podría argumentar que la existencia  de una ley de aborto pudo haber salvado a Alejandra. Posiblemente. Sin embargo, la mencionada canción ofrece otras pistas que considerar: “y sobraron los consejos que le hablaban de pastillas y de una vieja mujercilla que el trabajo lo hace bien. No faltó la buena amiga, esa amiga entre comillas que le dio la dirección”. Igual o mejor que en 1978, quien busca abortar en Chile puede encontrar “clínicas clandestinas” con la misma facilidad con que se consiguen drogas ilegales. Es asunto de precio. ¿Muy caro? Cualquier lolo clase media que desee de “sacarse el cacho” de una paternidad no deseada, es capaz de mover cielo y tierra para pagar a la “vieja mujercilla”. Prefiero pensar que Alejandra aceptó y decidió tener a su hija. De hecho, ella tuvo éxito al enfrentar el peor temor de las niñas de los ’70. Ella pudo contar la verdad y recibir el apoyo incondicional de sus padres. Afortunadamente, en el Chile moderno son cada vez más los progenitores que le dan una mano a sus hijas e hijos en el difícil camino de ser padres solteros. Salvo las dramáticas excepciones de siempre, la sociedad ya no condena con tanta saña el embarazo precoz. Sin embargo, hoy el proceso biológico de una maternidad adolescente no calza con el proceso cultural de la juventud. A diferencia de otras décadas, el ser joven se extiende y se goza hasta más allá de los 30 años…y nadie quiere perderse un minuto de diversión. Así, la maternidad temprana catapulta rápidamente hacia la adultez. Sin una red de apoyo, este cambio no se hace fácil.

La caída de los sueños

La mamá de Alejandra y quienes fueron sus amigos, narran que ella estaba muy impactada con las vivencias de sus padres durante la dictadura de Pinochet. Por eso,  le interesaba aprender y saber del tema. El apellido de su madre, que la ligaba a los pueblos originarios, fue otro factor que la motivó a participar activamente en las tomas y protestas de los estudiantes en el 2011. Cautivada por líderes como Camila Vallejo y Giorgio Jackson, esta alumna de “liceo emblemático” soñó con  transformar la educación del país. En medio de su crecimiento político, Alejandra se enamoró. Compartir sus ideales con el primer amor debe haberle creado la ilusión de ser un personaje digno de la gran historia. ¿Oriana Fallaci y su combatiente griego Alejandro Panagoulis? ¿Martha Gellhorn y el escritor Ernest Hemingway en la guerra civil española? Todo era posible, hasta que se embarazó. Pasaron los nueve meses, las protestas terminaron, su pololo y sus compañeras de curso comenzaron a preocuparse de la graduación, la PSU, las vacaciones de verano, el asadito…¡cosas de juventud! Para ella, la vida se limitaba ahora a mal terminar el cuarto medio y a cuidar de su hija.

No califica, no califica

Su madre, separada hacía cuatro años, tomó la iniciativa de buscar ayuda. Pagar la sala cuna era prohibitivo. Pudo conseguir una gratis de la Junji, pero los trámites le aseguraban un cupo para el siguiente año.  Habló “a lo amiga” con una psicóloga  en el hospital donde trabajaba. La profesional detectó la depresión post-parto en la adolescente, pero indicó que un psiquiatra debía hacer el tratamiento y prescribirle medicinas. Como Alejandra quería estudiar leyes, su madre intentó postularla a una beca indígena para la universidad. Le respondieron que su situación económica estaba por sobre lo requerido: No califica. La joven madre sufrió una crisis y el psiquiatra de emergencia del Barros Luco ordenó una interconsulta para el CRS en el consultorio de La Florida, comuna donde viven. Aunque la madre no lo detalló, las preguntas del formulario debieron ser muy semejantes a las siguientes:

-¿Es una víctima de abuso sexual? No

-¿Es una víctima de violencia doméstica? No

-¿Cuenta con ambos padres? Si

-¿El bebé ha sido reconocido? Si

-¿Actividad? Estudiante del Liceo Carmela Carvajal.

Los funcionarios encargados de las prioridades de atención, habrán sonreído con cierto desdén: ¿Acaso una alumna de un colegio para chicas inteligentes, conocido por sus tomas y por enfrentar a los pacos, se asustaba con un dulce bebé? En un espacio en blanco, habrán dictaminado: No hay riesgo social, no califica para prioridad.

Alejandra Carrasco Malio quedó fuera del sistema. Tampoco encontró grupos de apoyo, de otras jóvenes madres como ella. ¿Quién podría creer que una niña tan inteligente era capaz de quebrarse como un cristal? Alejandra se dio tiempo para ver la conmemoración de los 40 años del Golpe Militar, seguido por el largo jolgorio de las fiestas patrias. Debe haber sentido que sus sueños eran migajas sobre el suelo. Si ella hubiese sido más egoísta y menos inteligente, habría descargado su ira en su hijita. No. Era mejor que ella se marchara por el bien de las dos. Debe haberle dado un último abrazo y entonces, parodiando a Fernando Ubiergo: “Cuando septiembre era 20 la encontraron boca arriba, con la mirada perdida y su viejo delantal y en el bolso del colegio dibujado un corazón que decía tú y yo…que decía tú y yo”.

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