Cuando muchos eran todavía niños, muchos más de los que hoy son niños, jugaban al juego del título. Era un juego de persecusiones en el que los que hacían de “pacos” perseguían a los que hacían de “ladrones”. Había “capillas” a las que los perseguidos se podían acoger y así se “salvaban” de sus persecutores. Era un juego absolutamente inocente y a nadie, pienso, se le habría ocurrido pensar que podría ser un juego premonitorio. Los unos eran absolutamente distintos a los otros. Con el correr del tiempo, aquellos niños crecieron y se dedicaron a múltiples actividades distintas, ninguna, por así decirlo, relacionada con el juego aquel. Ya eran grandes y las cosas había que tomárselas en serio. Sin embargo, siempre, a cada rato, aparecía -y aparece- la referencia, aunque lejana, al susodicho juego. Aclaradas las cosas, los menores de entonces, hoy mayores, nos enteramos de que el juego se llamaba “paco y ladrón”. La contracción era parte de las deformaciones coloquiales del español de Chile, como se llama oficialmente nuestra lengua. Esa contracción puso en marcha la asociación ingrata del nombre coloquial. Racionalizadas las cosas, cabe preguntarse qué puede ser más consubstancial al orden delincuencial que el orden policial. El uno no puede vivir sin el otro y viceversa. Un delincuente no lo es si no es perseguido por la policía. Un policía no lo es si no tiene a un delincuente que perseguir, y eso, desde la invención de la sociedad. Lo complejo del asunto es cuando se produce, dramáticamente, la contracción coloquial y aparece, para horror de la sociedad, el “paco ladrón”, todo en una misma persona. Porque el “paco” (en verdad, el policía) es, parece ser, una persona que se engancha en una organización  institucional especializada en la persecusión y captura de los ladrones que son considerados, de todo punto de vista, transgresores sociales que deben ser, reitero, perseguidos, capturados, sometidos a juicio, castigados y encarcelados, sin son hallados culpables de los delitos que se les atribuyen. Si son culpables y un tribunal así lo dicta y no son encarcelados como lo manda la ley, entonces la cosa se complica para la sociedad porque queda ésta sometida al ir y venir de los asociales que son, a todas luces, enemigos de los ciudadanos. Ahora, cuando el asocial es un miembro activo de la policía, la cosa se pone más fea aún. Porque al policía la sociedad le ha confiado el uso de armamento y le otorga un trato privilegiado mediante el cual crece profesionalmente, se le otorgan grados militares que van asociados a unos ingresos determinados, la sociedad les inviste de ministerio de fe -entre la palabra de un policía y la de un trasgresor, pesa más la del policía- y les proporciona una fuerte influencia en la sociedad, el control de las calles y los caminos, la supervisión de la cotidianeidad doméstica y la vigilancia de todos los espacios urbanos. Además, la institución cuida la preciosa vida del primer magistrado de la República como Guardia del palacio Presidencial, que es de por sí un  privilegio institucional trascendente. Entonces, volviendo a la pregunta anterior, cuando el jefe de la mafia es un alto oficial de la policía ¿qué castigo le aplicará la sociedad? Chesterton, el famoso novelista e intelectual británico, escribió una interesante y entretenida novela titulada “El hombre que fue jueves”. En esta ficción política-policial el Jefe de la Policía persigue a una célula anarquista liderada por un ácrata que se oculta bajo el seudónimo “jueves”. La búsqueda se complejiza porque el sujeto es inubicable hasta que alguien, acucioso él, descubre que todas las pistas conducen al mismísimo cuartel central de la policía. Como es posible que muchos lectores de estas crónicas no hayan leído aún tamaño libro, no revelaré ni pormenores, ni detalles, ni el final, aunque no vayan a creer que no me dan ganas infinitas de hacerlo. El texto chestertoniano avanza develando las complejidades del trabajo policial al mismo tiempo que los sistemas de relaciones contradictorias que se van armando entre la policía y sus enemigos naturales que son los delincuentes. Es casi natural que ello suceda puesto que el orden delincuencial suele crear realidades paralelas -multiversos en la terminología cuántica- en los que los contrarios cumplen un rol esencial. Las jergas -coa, lunfardo, slangs- delincuenciales son dinámicas para evitar que la policía llegue a dominarlas. Así, cuando una palabra de uso cotidiano en el mundo del hampa es pronunciada por un policía, cambia de inmediato y es reemplazada por otra expresión críptica, y así se van dando las cosas. El multiverso del hampa no sólo es rico en la creación lingüística; también es rico en recursos económicos. Los hampones de hoy alimentan su negocio con las variables del mercado. Leen las páginas de Economía y Negocios de los principales medios de comunicación; están enterados de las fluctuaciones de la Bolsa de Valores; invierten sus recursos -robados, naturalmente- en monedas duras: dólar, euro, yen, e invierten, llegado el caso, en oro, petróleo, gas, diamantes, metales estratégicos, tecnologías sofisticadas, etc., y no pocas veces dejan de transmitir sus ideas a sus tenaces y constantes persecutores que se hacen, así, sus clientes, y hasta sus asociados. Pero más allá de esta parte del asunto, lo que complica a la sociedad es que los encargados de la seguridad sean, a su vez, socios de los encargados de la inseguridad, estos últimos, cómo no, los delincuentes. Está claro, vivimos en el meollo de una economía neoliberal de mercado cuyo epicentro ideológico afirma la idea de la libertad más absoluta para hacer todo tipo de negocios. Es más, el principio de subsidiareidad garantiza que todo aquello que pueda ejecutar el sector privado, como inversionista, innovador y emprendedor, será para él. El Estado sólo podrá hacer negocios allí donde el sector privado no se interese. Está meridianamente claro que al Estado de Chile no le interesa el negocio de las drogas ni el de los estupefacientes. Eso es estímulo más que suficiente para que los privados agudicen su ingenio para invertir en ese negocio. Quien más enterado de los pormenores comerciales de la industria de las drogas que la persona a quien la institución encargada de su control ha designado. Sería de todo punto de vista incomprensible que un emprendedor calificado dejara pasar la oportunidad de explorar los beneficios incuestionables de la industria. Así que allí tenemos a nuestro propio “viernes” haciendo inversiones que, si no las hace él, por supuesto que las hará otro, quizás algún avezado delincuente que pondrá en peligro la salud, el bolsillo y la estabilidad emocional de nuestros ciudadanos. Tal cosa sería intolerable. Rewindeando la cuestión, la idea de un “paco ladrón” que se encapille y salga del negocio olímpicamente sin que le pase nada, en Mitópolis no es imposible, ¿o sí?