La ex presidenta Michelle Bachelet ya lo anunció: “El año que se viene será difícil”, dijo.  Ella lo atribuyó sólo a temas presupuestarios, que resolverá, si sale electa, con una urgente Reforma Tributaria. Y, de paso, con una Reforma Educacional. Hasta ahí, parece un ejercicio incuestionable de seriedad política.  Advierte a sus potenciales electores de que no cuenta con una varita mágica. Que no está en condiciones de hacer milagros. Pero no deja de ser sólo una frase que pretende afincar posiciones -ojalá más progresistas-, en una pugna electoral que empieza a resultar más compleja de lo que se creía.
No cabe duda que la ex presidenta cuenta con una amplia ventaja frente a su oponente, la conservadora Evelyn Matthei. Y es por eso que su estrategia de campaña empieza a entrar en temas de futuro. Hablando como una potencial mandataria que advierte a su pueblo sobre los problemas que se vendrán. Sin embargo, los temas de fondo son dejados de lado. Reformas a la tributación para que los ricos paguen lo que deben, y a la Educación, para lograr que todos los chilenos tengan una formación de calidad sin depender de su extracción social, sin duda son tópicos relevantes. Pero están lejos de ser las verdaderas trabas que impiden que Chile sea un país equitativo, no discriminador, participativo, con sentido solidario y de mirada actualizada.
Algo les tiene que decir a los líderes políticos que un 56% del electorado no está interesado en elegirlos.  A ninguno, no sólo a las dos candidatas que el 15 de diciembre dirimen quien será la próxima presidenta de Chile. Eso habla de que las instituciones no funcionan.  Y no funcionan porque los ciudadanos no se sienten interpretados por ellas. Se puede argüir que se requiere urgente un cambio generacional. Esa es una arista importante del problema, pero sólo una arista.  Tal vez es necesario impulsar los cambios de dirigentes con mayor celeridad y profundidad.  Y, con seguridad, es esencial que los referentes políticos -o quienes pretenden serlo- se miren sin temor ni complejos.  Que lleguen a verse tal como son. Y desde esa base sólida y única, comiencen a pensar una nación. Que de allí planteen un programa que sea respetuoso en lo valórico, pero respetuoso no significa, necesariamente, conservador. No es posible que la derecha sostenga que gobernará siguiendo los dictados de la Biblia, y sin apartarse de ellos, como lo hizo Matthei. ¿Será capaz la nueva camada de dirigentes políticos de eliminar tanta testarudez, simpleza y barbarie conservadora para pavimentar un camino valórico que se relacione con lo actual?
Porque esa mirada retardataria no es sólo propiedad de los partidos de derecha.  Si el presidente del Partido Socialista, diputado Osvaldo Andrade, cree que las mujeres sólo hablan de modas, la apertura tampoco vendrá por allí.  Y eso parece ser lo que el electorado ha captado. Yendo aún más hacia la izquierda ¿Qué es lo nuevo o transformador que plantea  el Partido Comunista? ¿Dónde está la condena sin ambages al modelo neoliberal, cuando ninguna propuesta de la coalición en que se haya adscrito plantea seriamente terminar con este laboratorio-bazar en que la dictadura dejó convertido a Chile?
Si se escuchan con atención los lamentos en la coalición de gobierno, las conclusiones pueden ser dramáticas. Buscar explicaciones fáciles para la baja votación que obtuvo la derecha en la primaria presidencial es no querer ver la realidad. Resulta absurdo creer que buena parte de esa responsabilidad corresponde al presidente Sebastián Piñera. Fue él quien habría provocado confusión en las filas derechistas al realzar el 40 aniversario del golpe militar, condenando sin rodeos los atropellos a los Derechos Humanos y a quienes participaron en ellos por acción u omisión.
Pese al horizonte plagado de nubarrones que se anuncia para la nueva administración, bueno es recordar que las crisis traen oportunidades.  Y dependerá de los líderes aprovecharlas o dejarlas pasar. Es evidente que lo que viene no es fácil. La crisis política es mundial.  Pero hay crisis y crisis. Cuando una sociedad, hoy, aún no es capaz de enfrentar los temas valóricos dejando de lado las ataduras eclesiales, será incapaz de adecuarse a los cambios necesarios.  Y eso significará que en lo más cotidiano y pedestre, como las expectativas, seguirán mandando el exitismo, la competencia. Y el poder manipulará sin control, como lo ha hecho hasta ahora.
La señora Bachelet tiene razón, el año que viene será complicado.  Pero me temo que el tiempo de las complicaciones no será tan breve como un año calendario.