Participo hace algunos meses en un Club de Lectura, cuya experiencia me ha parecido una de las más hermosas de mi vida literaria. En un comienzo llegué con evidente escepticismo, porque todos estos años había asistido a talleres literarios, en los que majaderamente se nos insistía en la importancia de la primera imagen y las posteriores que deben estar presentes en el desarrollo del texto; en las frases cortas y un largo etcétera que, a fin de cuentas, parecen muletillas de los talleristas que supongo también repetiré cuando me dedique a realizar talleres literarios. Pero cuando me integré al Club de Lectura me encontré con otra cosa.

Primero, la profesora (“la coordinadora”, se definió) nos dio como única instrucción que hiciéramos nuestras propias lecturas sobre los textos. A decir verdad, en un comienzo fuimos muy tímidos, aunque con el paso de los meses logramos aventurarnos en aguas torrentosas, difíciles de sortear, realizando diferentes tesis sobre “Ficciones” (Borges), “Hijo de ladrón” (Manuel Rojas), algunos cuentos de Poe, “Pedro Páramo” (Rulfo) y ahora con “Altazor” (Huidobro). Segundo, y como dato personal, encontré grandes amigos.

Hago este preámbulo, porque las últimas cifras de la Encuesta Nacional de Participación y Consumo Cultural que realiza anualmente el Consejo Nacional de Cultura, reflejó que las personas que dijeron haber leído al menos un libro durante los últimos 12 meses crecieron de 41,4% al 47,6%. Las cifras son alentadoras, aunque todavía la tarea es un interminable horizonte que parece más lejano que cercano.

La encuesta fue aplicada durante 2012 a 8.500 personas mayores de 15 años y habitantes de poblaciones urbanas de todo el país y nos evidencia un completo mapa de los hábitos culturales y artísticos de los chilenos. Se había realizado antes en 2005 y 2009 y, entre esos años, la encuesta mostró una explosión de personas que decían leer: creció del 22,6% al 41,4%. Ahora que la encuesta registra a un 47,6% de lectores, Chile se ubicaría en el índice de lectoría detrás de Argentina (55%), y sobre Brasil (46%) y Colombia (45%), según datos de 2001 del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe. Una posición privilegiada si se toma en cuenta que tanto en Brasil como en Colombia,  no se cobra impuesto por el libro.

Mencionaba mi experiencia en el Club de Lectura, porque fue en ese semillero de eruditos literarios y filósofos en el cual aprendí a leer de forma real. O dicho de otro modo, aprendí a leer nuevamente, asumiendo que la experiencia de sostener un libro, finalmente significa elaborar un hermoso diálogo indirecto con el autor, aunque directo con su trabajo. Esta manera de leer resulta totalmente opuesto a cómo nos enseñan en el colegio (identificando el protagonista, el antagonista, el conflicto y todo lo demás) en comparación a cómo lo hacemos de adultos.

Entonces este aumento de 6 puntos de los lectores refleja que de a poco Chile comienza a desarrollarse en este ámbito, pero es válido hacerse la siguiente pregunta: ¿cómo y qué estamos leyendo realmente los chilenos? La mayoría prefirió novelas (28,1%), preferentemente chilenas (27,5%) o latinoamericanas (27,2%) y, en promedio, leyeron 5,6 títulos en los últimos 12 meses. En relación al nivel socioeconómico, sólo el 29,8% del sector E dijo haber leído, en contraste con el 70,3% del ABC1, un dato interesante tomando en cuenta que nuestras autoridades todavía no se han puesto los pantalones (las faldas en el caso de estos próximos cuatro años) para eliminar el severo 19% de iva aplicado a los libros. Esta situación no soluciona completamente el problema, pero ayudaría, sin duda, a generar mayores accesos a la literatura.

Cuando estuve firmando ejemplares en las últimas dos Ferias del Libro observaba con atención el comportamiento del público. La enorme fila para poder entrar a FILSA, los pasillos y stand de editoriales repletas y las evaluaciones finales de la Cámara Chilena del Libro, mostraban un aumento del público que asiste a este tipo de citas. La pregunta es si realmente leen o si simplemente asisten, porque es el panorama de moda para el fin de semana, sin olvidar que existe un tremendo aparataje publicitario que provoca un efecto en las personas para que asistan, aunque realmente no lo quieran hacer. En ese sentido, el estudio evidencia que en el último año 31,3% de las personas compró un libro, mientras que 2,5% nunca ha comprado uno en su vida. En el 9% de los hogares del país no hay libros; el resto ha formado su biblioteca –que en la mayoría de los casos no supera los 50 ejemplares– comprando en librerías (25,1%), en la calle (16,2%), en ferias de libros (10%) o tiendas (7,6%).

¿Por qué entonces, si los niveles de lectores han aumentado y el iva sigue castigándonos, el Estado no ha tomado medidas sobre el asunto?

A mi juicio, este tipo de encuestas sólo pueden ser serias en la medida que el Estado se ponga serio y se preocupe de impulsar mayores políticas culturales (no hablo solamente de Literatura, sino que de todo el ámbito cultural. En esta misma encuesta quedó en evidencia que sólo 17,8% de las personas asistió al Teatro durante 2012), tomando en cuenta que la mayor alza de lectores se reflejó en los jóvenes. Debemos preocuparnos sobre cómo los profesores están enseñando a leer a nuestros adolescentes, a qué tipo de lectura se están enfrentando, qué tipo de experiencias están teniendo con los libros, qué tipo de preguntas se les está realizando en las pruebas, pero también, qué experiencias didácticas y empíricas podemos impulsar para que profundicen sus conocimientos sobre determinados escritores. Nos queda pendiente en nuestro Club de Lectura, por ejemplo, hacer un tour literario para entender por qué Huidobro escribió lo que escribió; puede ser un buen ejemplo para empezar y una manera más entretenida de relacionarse con los aprendizajes.

Por nuestra parte, como escritores, sin duda que tenemos que colocar especial atención en los contenidos que estamos escribiendo, cuidando siempre de transmitir contenidos para reflexionar y analizar la realidad del mundo. No basta con tener buenas metáforas, personajes con un buen desarrollo sicológico, si finalmente no estamos dejando nada para pensar. Está también en nuestras manos cambiar la forma de leer.

Resulta también de suma urgencia que estas cifras se extiendan hacia lo que está sucediendo en las regiones, especialmente aquellas de los extremos donde los niveles de lecturas parecen ser aún una cifra negra, en las que las políticas de incentivo para leer quedan relegadas a un segundo plano, en desmedro de otras más sociales. Lo ideal sería que fuera un plan integral, en la que se le diera tanta importancia como a las acciones e incentivos deportivos. No olvidemos que la cultura, particularmente el acto de leer también puede ser una actividad que eventualmente podría sacar a un joven de la pasta base o la cocaína.

Queda pendiente la tarea para próximas encuestas de no conformarnos con las cifras. La idea es que seamos más proactivos al momento de impulsar acciones concretas que podrían ayudar a incrementar durante los próximos años ese aumento de lectores. Por algo dicen por ahí que las cifras suelen ser bastante frías. Y en términos literarios ocurre lo contrario. Como decía Cortázar: “los libros van siendo el único lugar de la casa donde se puede estar tranquilo”.