En un conocido libro dedicado a la Unidad Popular el historiador conservador Gonzalo Vial (ex Ministro de Educación de Augusto Pinochet) afirma lo siguiente:

“¿y Allende? Allende era un hombre tironeado entre su moderación verbal, su pasado de viejo demócrata, de una parte, y de la otra, su entusiasmo, también de viejo, por ese romanticismo juvenil de la violencia, por estos muchachos cubanos….era un balance desconsolador, sin duda, y por eso resulta tan interesante ver como oscilaba Allende. Primero en diciembre de 1970, indulto a todos los violentistas que estaban presos. Dijo que eran unos jóvenes equivocados, pero idealistas. Después en mayo de 1971, en la Universidad de Concepción, sostuvo una polémica violentísima con un jefe estudiantil del MIR, Nelson Gutiérrez”* (las cursivas son un énfasis nuestro)

Gonzalo Vial expone lo esencial del problema: el movimiento pendular de un discurso político. Existe aquí una curiosidad y también una molestia por “algo” que le parece controversial al historiador. Contradicción en términos de un proceso que –según él- deviene inviable. Para el historiador el discurso de Allende encierra una dimensión oscilante “gatillada” por el guevarismo sesentero, o bien, por la cubanización del Partido Socialista; su partido y su fatídico desenlace…falta de realismo, ausencia de diálogo centrista. Vial pretende exacerbar subrepticiamente la fricción entre las dos almas de la Unidad Popular. El cambio institucional adversus los sectores apegados a la cubanización. Hasta ahí no tenemos “mayores” diferencias con el retrato aparentemente “balanceado” que establece Vial.

Más allá de la pulcritud del relato historiográfico, la tensión expuesta por Gonzalo Vial no es excluyente -o incompatible- respecto a la tradición laica y parlamentaria del personaje Allende. La enraizada matriz republicana del Ministro de Salubridad de Pedro Aguirre Cerda, el Senador, el Masón activo. A pesar del solemne reconocimiento que hace el historiador de marras, el socialismo chileno queda subrepticiamente desvirtuado en su potencial democrático. El autor del Plan Z introduce con sutileza una cuña entre Allende y el Allendismo mediante una doble ontología. De un parte, el demo-burgués apegado a las tradiciones cívicas; un ciudadano virtuoso escenificado en  la cultura del reformismo, de otra, la cubanización y la ulterior ruptura del sistema democrático –esta sería la vía hegemónica.

Dice Vial, “[Allende]…merece respeto por su consecuencia política, por su consecuencia social y por su probidad como dirigente político” (p.33). También consigna aspectos biográficos del personaje; pondera positivamente su buena retórica, su afable personalidad, destaca su cuidada indumentaria, valora su elocuencia. No lo acusa de licencioso por su éxito con las mujeres, sino que lo justifica en función de sus atributos carismáticos. Para el anecdotario, subraya su apetencia por “las tortas de selva negra, el kuchen de manzana y el trajecito de marinero  Gath & Chaves”.

En cambio, cuestiona al Allendismo –como vía política- por ceder a un proyecto tentado hacia una vía violentista en los años 60’, cual es el guevarismo imperante en la región. Entonces, vayan los sofismos, cuestiona al Allendismo desde Allende (biografía de un hombre consecuente en un tránsito hacia lo público) y solo desde Allende puede comprender el obsecuente personaje. De otro modo, aquel Allende que profesa un virtuosismo cívico estaría más allá –y más acá- que el Allendismo proyecto político que Vial objeta. Viceversa; el Allendismo como vía política hace fricción con la vida pública del ciudadano Allende Gossens. Una yuxtaposición entre el hombre público y el hombre político, ¿cultura reformista v/s cubanización? No es que Vial limite las virtudes de Allende al plano estrictamente domestico, sino que admite su dimensión pública pero al precio de administrar un bicameralismo del personaje. Las dos almas del presidente. En uno de los párrafos del capítulo II, referido a las presuntas armas encontradas en la casa de Tomas Moro, luego del brutal bombardeo, Gonzalo Vial precipita un comentario revelador de lo último , “[ahí esta]….el democráta de toda la vida versus el revolucionario fascinado por las armas” (p. 98, énfasis nuestro).

Tras esta tensión busca -al final del camino- dejar al Presidente como un sujeto  consecuente, pero extremadamente errático en sus definiciones últimas; ¿no será que el historiador, pese a su “agobiadora” erudición, carece de matriz conceptual para entender las fricciones del cruce entre socialismo y democracia? Solo una holgazanería analítica le permitía llegar a la tesis de un sujeto poco claro, un Allende atribulado entre sus prácticas institucionales y su proyecto político-transformador.  Cabe subrayar que Vial presenta una síntesis aggiornada entre el ethos reformista-institucional de Allende, respecto a sus inexcusables recaídas en la cubanización, tendencia que finalmente se impone.

La “promesa” que Allende encarna en su juventud y adultez le da una consecuencia que el mismo Vial reconoce abiertamente en su libro. Para ello no escatima esfuerzos en dedicar un prolijo análisis genealógico de este punto; el catolicismo de su madre Laura Gossens, su abuelo Allende Padín. Filántropo, médico y Gran Maestro de la masonería (“El rojo”). Su Padre abogado y notario. No será que Vial busca salvar al Personaje desde ese registro parental de la élite chilena. Me refiero a ese respeto íntimo de las castas; el pedigrí redime al Presidente. ¡Allende redimido desde su linaje parental!

Pero simultáneamente Vial recalca tenazmente el romanticismo por la “violencia”. ¡Violencia revolucionaria¡ Nuevamente, el propio historiador se encarga de señalar que Allende no tiene estudios profundizados en la tradición marxista-leninista, sin embargo, cataloga a la Unidad Popular como una vía marxista-leninista. Otra vez, la escisión entre Allende público y el Allendismo-proyecto. Entonces, ¿Allende se inspiraba en una matriz leninista? Claramente no. ¿Era un violentista encubierto? La respuesta es negativa. Por fin, ¿era Allende un revolucionario? Sí, pero la respuesta también depende de cómo exploremos el concepto. No olvidemos que el primer peronismo también puede ser comprendido como una revolución –dado sus alcances proyectuales. Cabe recordar que la plataforma política de la Unidad Popular estaba conformada por marxistas, laicos  y cristianos (Izquierda Cristiana). Agnósticos que no necesariamente tienen un derrotero anticlerical. De hecho sus diálogos con el Cardenal Silva Enríquez dan fe de una relación constructiva. En consecuencia, ¿Porqué insistir en que el Presidente tenía una inclinación última hacia la violencia revolucionaria? Acaso en sus discursos llamaba a una dictadura del proletariado. No deja de existir una  ambigüedad inexcusable en la historiografía de Vial toda vez que reconoce en su agobiador análisis que la tragedia de la UP consiste en un problema estructural (una sincronía), a saber, los gobiernos de Ibañez, Alessandri, Frei-Montalva y Allende no pueden superar el dilema de las planificaciones globales, a saber, la construcción de itinerarios políticos irreductibles – en el marco de los tres tercios. Muy probablemente se trata de una tesis que está en sintonía con la tesis de Mario Góngora sobre la era de las planificaciones globales.

Pasemos a la segunda tesis que nos interesa comentar; Vial afirma una insoluble contradicción entre los medios y los fines (Capítulo III). Según el autor de El Plan Z  Allende utilizaba la vía electoral solo para abrirse paso a la vía Revolucionaria. Habría una relación instrumental con la institucionalidad. El historiador acusa un uso estratégico de la democracia representativa  (la entrevista del arrogante Debray sería la prueba de fuego….pese a que el propio Debray califica al Presidente como un social-demócrata valiente). A partir de la táctica, el paradero final de la vía chilena –según Vial- es el socialismo revolucionario, explosivo, incendiario. Veamos la secuencia de reduccionismos: socialismo=vía armada=revolución. Ergo, totalitarismo marxista. Suma cero. Vial incurre en una argumentación circunvalar.

Aquí debemos señalar una segunda discrepancia radical. Allende entiende el socialismo en una especie de Gramscismo social-demócrata –no siempre explicitado. El “potencial democrático” se expresa en los diálogos con Castillo Velasco, en la valoración del programa populista de Tomic. El socialismo en construcción supone un cambio cultural, una transformación emancipatoria del ciudadano moderno que debería conducir a un socialismo del Bienestar.  La tesis de Vial pasa por limitar –mediante un relato persuasivo- a la Unidad Popular tras la óptica del MIR,  como una cubanización que sería, según él, el ethos esencial de Allende. Otra vez; el Allendismo entra en contradicción con el propio Allende. Nótese que bajo este razonamiento la revolución queda reducida –restringida- a la toma de palacio de los bolcheviques contra los Romanov. La clásica toma de palacio. Esa tesis de la sovietización está lejos de ser homologable a la vía chilena al socialismo; la misma de la  cual desconfiaba tanto Fidel, tentándolo permanentemente a abrirse a una vía armada. Es más, cabe agregar que Allende profesaba una distancia por el Fascismo rojo y las formas de cambio extra-institucionales. Acusar a Allende de totalitario o violentista no se condice con su historia política, con los aspectos globales, ni mucho menos con la vigencia de los poderes del Estado, facetas que “curiosamente” Vial reconoce en sus aspectos descriptivos -una vez que ha elaborado una doble ontología sobre su derrotero ubica el problema en la tesis de la cubanización. Si bien, la Unidad Popular estuvo marcada por una contienda de poderes entre el ejecutivo y el legislativo, las expropiaciones fueron amparadas en los famosos resquicios legales del año 32 –las tesis de Eduardo Novoa. Otra cosa es discutir la elasticidad de los alcances legales respecto a la velocidad de la estatización, o bien, los desordenes de las expropiaciones –ya activadas en la década de los 60’. El Congreso destituye a Tohá y Allende devuelta lo re-ubica como Ministro de Defensa….y así viceversa…

Por fin, nuestra diferencia más radical con el análisis “faccional” que establece Vial es que la Unidad Popular queda subordinada en sus aspectos democráticos e institucionales al tribunal de la cubanización. Pese a la riqueza factual de su análisis, nos dibuja subrepticiamente un Allende inmaduro, empapado por el caos, fatalmente  irresuelto.

 

*Salvador Allende; el fracaso de una Ilusión. Universidad Finis Terrae. Centro de estudios Bicentenario, 2005, p. 94. Si bien, dada la coyuntura, teníamos la tentación de impugnar la cuestionada participación de Gonzalo Vial durante los años 70’ en el marco del conocido Plan Z y sus nefastas consecuencias en la represión militar, por esta vez hemos optado por discutir el relato historiográfico del autor. Se trata de una página oscura que amerita una nota aparte –como también lo amerita su participación en el informe Rettig– paradojas de nuestra compleja transición. Por esta vez nos interesa confrontar el relato de Vial que en 1999 dio lugar al Manifiesto de Historiadores como respuesta a los fascículos publicados por Vial en el diario La Segunda.