Marcelo-mendoza-300x225En el fondo y en la superficie, siempre topamos con la ética, cuya definición mejor la dio Aristóteles: la ética es la buena vida, o sea vivir bien. Así de simple.

¿Y qué significa “buena vida” o “vivir bien”? Como somos seres sociales, vivir bien es siempre con los otros y con “lo” otro: nuestro entorno. Quien no consideraba a los demás ni a “lo” demás era el idiota, un ser despreciable en la polis: aquel que vivía ensimismado en sus intereses sin considerar a la ciudadanía. Idiota, por tanto, no es el retrasado mental, sino el egoísta: quien privilegia al individuo por sobre la comunidad. En consecuencia, es una persona sin ética, puesto que no tiene una vida buena. Al idiota hoy se le conoce con otra palabra: individualista. Y el sentido común se ha trastocado tanto que vivimos en un sistema que fomenta la idiotez como móvil de una hipotética vida mejor.

Antes, el destino se consideraba un problema común, lo que es de Perogrullo porque siempre es necesariamente así. Los trabajadores españoles de hoy nada tienen que ver con haber gatillado la crisis y sus vidas se veían seguras y cómodas hasta reventar la burbuja financiera que los tiene sumidos en un deterioro de sus vidas y en la inseguridad más absoluta. Es un golpe duro para entender que todo lo que vive una sociedad nos involucra a cada uno. Cualquier decisión del poder, por muy lejana que nos parezca, tiene consecuencias en el ciudadano más incauto y supuestamente asegurado. Nuestro único resguardo es intervenir en ese destino común. De ahí que la política esté en la esencia misma de los ciudadanos, aunque la palabra haya adquirido tan mala prensa producto de la decadencia de nuestros políticos profesionales.

Algunos acumulan dinero para pretender comprar una vida buena: pagan por establecerse en lugares prístinos, con abundancia de recursos y servicios, creyendo que están protegidos de cualquier debacle. Pero, ignorantes e inconscientes, al mismo tiempo propician la globalización del mundo y no advierten que cualquier debacle (ambiental, comercial, política o sanitaria) en China les caerá sobre sus cabezas.

En la Grecia antigua no existían los conflictos del entorno que tenemos hoy. La polución o el agotamiento de recursos naturales no eran tema, y la “buena vida” consistía en conductas benéficas para toda la polis. La ética involucraba los acuerdos comunes poniendo el destino de la comunidad por sobre los intereses particulares. La idiotez podía costar muerte o exilio. Sin embargo, en los últimos 50 años el entorno físico, que se pasó a llamar medioambiente, tomó prioridad por los hechos: en 1972 se hizo patente con la crisis del petróleo, lo que llevó a plantearse la finitud del recurso clave para generar energía; se constató que el crecimiento tenía límites pues los recursos naturales se acababan; se probó científicamente la destrucción de la capa de ozono, imprescindible para la vida en la Tierra; y, entre otras, se confirmó que el calentamiento global, la escasez de agua y un montón de etcéteras eran una realidad que haría imposible la vida en 50 ó 100 años más.

Se llegó a la conclusión de que, pese a las apariencias –comodidades materiales y desarrollo tecnológico–, la vida en común no era buena. Dejando de lado la escasez de ética que representa el predominio actual de la idiotez, hoy la vida no es buena porque se pasó a llevar tanto el respeto por ese “otro” que es nuestro medioambiente común que tenemos una vulnerabilidad ambiental que no sólo hace insegura la posibilidad de vida de nuestros hijos sino incluso la de nosotros mismos. Es claro que vivimos sin ética. La falta de respeto hacia nuestro entorno deriva en un vivir mal. Algunos acumulan dinero para pretender comprar una vida buena: pagan por establecerse en lugares prístinos, con abundancia de recursos y servicios, creyendo que están protegidos de cualquier debacle. Pero, ignorantes e inconscientes, al mismo tiempo propician la globalización del mundo (creen que sólo para generar negocios) y no advierten que cualquier debacle (ambiental, comercial, política o sanitaria) en China indefectiblemente les caerá sobre sus cabezas.

La mayor reserva ética en el mundo actual está concentrada en las luchas de las comunidades locales por preservar su entorno y su calidad de vida del poder económico afuerino, aunque se trate de habitantes postergados. Ellos saben que vivir de un modo ético parte por proteger su propio hábitat. Las batallas en defensa de su subsistencia llevadas a cabo en Aysén, Barrancones, Freirina, Pelequén, Valle del Huasco, Totoral-Castilla o Mehuín son ejemplos éticos que los que vivimos en grandes ciudades no sólo debemos aplaudir, sino también imitar, si queremos una mejor vida para nosotros y nuestros vecinos.