Mi ideal más querido es el de una sociedad libre y democrática en la que todos podamos vivir en armonía y con iguales posibilidades

Nelson Rolihlahla Mandela

P1010651wDesde Table Mountain, la montaña que tiene a sus faldas la bellísima Ciudad del Cabo, la vista es espectacular. No solo la ciudad se ilumina bajo nuestros ojos, sino que todo el mar —el Atlántico y sabemos que tan solo un poco más allá, al doblar el Cabo de Buena Esperanza, el Índico— reverbera con una fuerza que nos recuerda los inicios y el amor. Como una mancha en esa visión, a un par de kilómetros de la costa, podemos ver una isla. No muy grande y de forma irregular, en ciertos días podría confundirse con una nube que ha descendido hasta rozar el mar. Pero no lo es. Lo que vemos es Robben Island. Ahí está la prisión en la que pasó la mayor parte de sus 27 años de encarcelamiento Nelson Mandela.

Cuenta Mandela en sus memorias —Largo camino a la libertadque los guardias los obligaban a picar rocas por largas horas con el único fin de mantenerlos ocupados. Ese polvo entraría a sus pulmones y no se iría hasta su último suspiro. También cuenta cómo se las arreglaban para leer, seguir aprendiendo y mantenerse en contacto con el exterior. Hoy el visitante puede ver la celda donde estuvo confinado el primer presidente democrático de Sudáfrica. Tres por dos metros, de color verde claro (ahora al menos), barrotes en la puerta y una pequeña ventana. Al mirarla uno no sabe qué pensar. Más de veinte años ahí metido a causa de lo que creía, por lo cual nunca dejó de luchar.

En el Ferry de vuelta a Ciudad del Cabo reina el silencio, algunos revisan sus fotos. El viento es helado y me abrigo con mi chaqueta. ¿Qué hubiese hecho uno después de todo ese tiempo? Sabemos lo que hizo Mandela: se convirtió en Presidente e intentó por todos los medios no responder con el ojo por ojo. No sé si perdonó, pero sí fue capaz de comenzar a construir un país, con la ayuda de millones, desde los escombros; hacer una nación de múltiples colores a partir de uno de los sistemas más atroces que ha conocido la historia (la viajera que tenga la suerte de pasar por Johannesburgo no puede dejar de ir al Museo del Apartheid; uno de los museos de la memoria más notables en el mundo). Así como uno aprende a odiar, escribió, uno también puede aprender a perdonar y amar. Una vez Presidente se creó una Comisión de Verdad y Reconciliación. Imperfecta, como todas, fue un paso gigante hacia un futuro y una justicia que están aún por venir. Aún recuerdo la conversa que sostuve en un bar en Durban con un joven Xhosa –al igual que Mandela- sobre el modo en que se había enfrentado el problema de la justicia. En muchos casos, partiendo de la filosofía del Ubuntu, se había recurrido a la confesión y arrepentimiento por parte del culpable frente a la comunidad. Esto no anulaba las posibles penas, pero funcionaba como una posibilidad. Recuerdo pensar si eso sería posible en Chile.

P1010742wEn la cima de la Cabeza del León, el cerro San Cristóbal de Ciudad del Cabo, volví a pensar en la vida de Mandela. En sus años de abogado en los años más duros del Apartheid. El fortalecimiento del ANC, el Congreso Nacional Africano, su decisión de vivir clandestinamente a comienzo de los años sesenta, la formación del MK (la Lanza de la nación) y su convencimiento en la necesidad de la lucha armada cuando los otros caminos no resultan. Sus años en la cárcel –prisionero 466/64- y su salida que se retrasaba como en una película de suspenso. Los difíciles primeros años, la presidencia y el mundial de rugby. Su gran error respecto al Sida que solo la muerte de uno de sus hijos rectificó. Su amistad y su lealtad a prueba de todo (siempre fue amigo de sus amigos, sin importar las circunstancias; y fue infinitamente agradecido de aquellos que estuvieron junto a la lucha del pueblo sudafricano).  La fragilidad de ese viejito sentado en el carro que lentamente atraviesa la cancha de fútbol y el mar que estalla en Tsisikamma… Mandela, la mano en alto al salir de la prisión.

Llegué, si la memoria no me falta, a Mtata de noche. Una ciudad fea entre Durban y Port Elizabeth por la carretera N2. Iba camino al festival de teatro de Grahamstown. Cerca de ahí queda el pueblo donde nació Mandela. Una villa, según Wiki, con no más de 300 habitantes. En su vida, Madiba obtuvo más de 50 doctorados honoris causa, es la única persona que tiene un día dedicado por las Naciones Unidas y estuvo a cargo de un proceso que, con todas las grandes falencias que persisten, parecía en ese entonces totalmente imposible. Pero al final, lo que queda es mucho más que eso. Digámoslo como lo dijo uno de sus grandes amigos, alguien que apoyó su lucha todo el tiempo:

“¡Gloria a ti, Nelson, que desde 25 años de cárcel solitaria defendiste la dignidad humana! Nada pudieron contra el acero de tu resistencia la calumnia y el odio. Supiste resistir y, sin saberlo ni buscarlo, te convertiste en símbolo de lo más noble de la humanidad.”  F. C.

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