La primera vuelta presidencial estuvo compuesta de un conjunto de elementos que definen los contornos del escenario político en que se deberá mover la política durante el próximo cuatrienio, que es preciso identificar.

En primer lugar, más de la mitad de los chilenos  y chilenas no fueron a votar. La alta abstención electoral expresa, una vez más, el profundo desinterés o desafección de una gran mayoría de compatriotas hacia los procesos políticos formales. Señalar, como lo han mencionado por estos días dirigentes de los distintos sectores, que la causa de lo anterior se debe a la implementación del voto voluntario constituye una aproximación estrecha o limitada. Esto no debe sorprendernos, siempre es más fácil para el poder habérselas con la consecuencias de una situación político-social que con sus verdaderas causas. En efecto, negar la existencia de este hecho – a esta altura una tendencia que parece aún no tocar fondo – demuestra la incapacidad del actual sistema de partidos o vieja política para convocar y seducir a parte importante de la población a sus respectivos proyectos. Sin embargo, esta situación también debe ser de preocupación para los nuevos actores políticos que se forjan al calor de las actuales luchas sociales, ya que su fuerza radica, entre otros aspectos, en la capacidad de emplazar y atraer a estos amplios sectores que se encuentran alejados del proceso político por lo reducida y limitada de nuestra democracia.

En segundo lugar, los clivajes políticos que ordenaron esta elección fueron totalmente distintos al de elecciones pasadas. Si ayer el eje era dictadura-democracia, que actuaba como una verdadera camisa de fuerza impidiendo la instalación y la discusión de manera nítida y abierta de un profundo programa de cambios a la dirección política, económica y social del país, hoy el eje la elección presidencial estuvo puesto en la mayor o menor profundidad, la dirección y los alcances de las reformas que requiere el país y que deben insoslayablemente ejecutarse durante los próximos cuatro años.

Este nuevo escenario, generado por factores exógenos a la vieja política, principalmente por las movilizaciones sociales y estudiantiles de los últimos años, forzó a sectores de ésta a adecuarse, asumiendo como suya parte importante del programa de cambios. Aquellos, en cambio, que defendieron y defienden la mantención del actual estado de cosas negando toda posibilidad de cambio, sufrieron su peor derrota electoral presidencial y parlamentaria en décadas. De hecho, la derecha en los próximos cuatro años no tendrá capacidad alguna de oponerse programáticamente a gran parte de las reformas que exigidas por los chilenos y chilenas.

Así, el clivaje antes señalado no tiene un alcance sólo electoral, sino que será el principal teatro de operaciones dentro del cual las distintas fuerzas políticas y el movimiento social deberán desenfundar sus respectivas apuestas transformación o mantención del actual orden de cosas.

En tercer lugar, esta elección también trató de Michelle Bachelet. Desde un inicio tomó como suya una agenda de cambios que no le pertenece de manera originaria, transformándose al fin y al cabo en el rostro y la personificación de ésta. Esto sucedió pese a sus silencios y múltiples vacíos, que tuvieron como telón de fondo el maridaje forzoso entre fuerzas refractarias y progresista existente al interior de la nueva mayoría. En este sentido, el fracaso de Marco Enríquez y de las otras candidaturas presidenciales de izquierda, no fue sólo electoral, sino que también político ya que ninguno de aquellos fue capaz fructíferamente de tensionar los vacíos y omisiones de Bachelet, los conflictos existentes en la nueva mayoría,  ni menos incidir en el sentido, alcance  y extensión del ciclo de reformas que vienen en su gobierno. No debemos olvidar que la política no puede ser reducida a problema de votos más o votos menos, sino en último término un problema de incidencia.

Lo que suceda en segunda vuelta poco y nada cambiará los aspectos antes mencionados. Es carrera corrida. Sin embargo, las señales de Bachelet y la nueva mayoría hacia el centro político, a propósito del episodio Horvarth, cuya justificación difícilmente es electoral ya que la votación de todos los candidatos progresistas o de izquierda juntos llega casi al 17% mientras que la de Parisi a un 10%, y los llamados de los cancerberos del orden (Andrade, Escalona y Walker) a “moderar las expectativas” para el primer año de gobierno, parece augurar una nueva vigencia de la democracia de los acuerdos.

Por lo anterior, las fuerzas transformadoras, independiente de su domicilio político, debemos presionar y exigir, en los años venideros, que se gobierne y legisle con las ideas instaladas y en la dirección señalada por el movimiento social, únicas que a la larga puedan definitivamente superar la herencia de Pinochet.