Mandela cárcel           Ocurre, a veces, que la grandeza de un texto poético no está dada tanto por su creador como por el hecho de haber sido recitado por alguien en particular. Así sucede con “Invictus”, ese poema de 16 versos escritos por un poeta inglés, William Henley, quien sufrió las limitaciones de la tuberculosis y la amputación de una pierna junto con prolongadas estancias hospitalarias que le sirvieron no solo para padecer sino para dar alas a su espíritu creativo. “Invictus” fue escrito, según cuentan los biógrafos, hacia 1875, transformándose en un verdadero programa de vida que comienza agradeciendo a “cualquiera de los dioses que exista” por haberle dado un “alma invencible” que le permitió luchar contra las borrascas abismantes de la noche, las “azarosas garras de las circunstancias”,  “los golpes del destino”, conservando su “cabeza erguida” a pesar de estar “ensangrentada”. El resultado de esa “ardiente paciencia”, como dijo un voluntarioso poeta contemporáneo suyo (Rimbaud), fue: “soy amo de mi destino” y “capitán de mi alma”.

 

Varias décadas después, en otra región del planeta y motivado por otras circunstancias, Nelson Mandela hizo suyas esas palabras y, tal parece, fueron fuente inspiradora en sus largos días en una prisión sudafricana. Lo imagino recitándolas como una plegaria, convocando para sí la energía para sobrevivir en medio del despojo absoluto, cuando todo lo que le pertenecía le había sido arrebatado. Casi un siglo después de escritas por Henley, pronunciadas por Mandela se transformaron en el testimonio de una propiedad que a menudo se desconoce con respecto a la poesía y que incluso suena blasfemo o irreverente atribuírsela: su profunda utilidad. El hombre de nuestro tiempo lo desconoce. Piensa que la poesía es territorio del pasado, del romanticismo, de la puerilidad o del ocio parasitario de los débiles. Pocos son los que acuden a ella buscando lo que no se encuentra en los supermercados, en los escaparates de una tienda o incluso, a menudo, en las iglesias. Es necesario estar postrado en un hospital, padecer la cárcel o el exilio, o haber pasado una temporada en el infierno para descubrir que esa delicada hermana del hombre de todos los tiempos, postergada y débil, silenciada por la ignorancia y a veces por la metralla, puede ayudarnos a luchar “contra los sordos poderes de la muerte”, como dijera Gabriel García Márquez al hablar de “La soledad de América” en su discurso de agradecimiento por el Premio Nobel de Literatura.

 

He aquí que la verdadera utilidad de la poesía está más a la mano del hambriento que del satisfecho, del fracasado que del exitoso, del marginado que del dominador. Ella está inscrita en los ámbitos de la biopoética, es decir, de los recursos que el ser humano activa cuando se ve sometido a poderes que lo desconocen como un auténtico otro, que intentan borrarlo, invisibilizarlo, anularlo del mapa de la existencia. Emerge allí, en la periferia, donde alguien necesita recordar que no existen solamente las fuerzas destructivas que se le oponen y que quieren empujarlo al precipicio.

 

Dos males afligieron a dos hombres: el mal cósmico/metafísico que se revela en el cuerpo sufriente del poeta enfermo y el mal ético que maquina invenciones como el apartheid, la discriminación racial que recluye a Mandela durante 27 años. Con respecto a la primera categoría de mal, se han detenido miles de teologías buscando el sentido del sufrimiento del inocente en la intemperie de un mundo creado por uno o varios dioses que no se dieron tiempo para perfeccionarlo como corresponde. Sobre el segundo tipo, es decir, el mal ético, a mi modo de ver el más terrible de los dos, no vale la pena echarle la culpa a los poderes divinos ni reclamar por su pasividad frente a él; sólo vale recordar las palabras que Plauto dijo dos siglos antes de Cristo y que varios han repetido posteriormente: “Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro”. Pues bien, en las horas de abatimiento y de impotencia, los poetas sacaron de su corazón el grito de su palabra y, contra todos estos males, han hecho un arsenal de versos contra los que no podrá la metralla humana por mucho que parezca definitiva su horrible victoria. ¿Quién recuerda a los que mataron a Sócrates? ¿Quién a los que balearon a García Lorca? ¿Quién sabe de los que encarcelaron a Miguel Hernández o exiliaron a León Felipe? ¿Quién ha hecho un monolito conmemorativo para los crueles torturadores y asesinos de Víctor Jara? Todos esos lobos atroces que dejaron de ser hombres cuando desconocieron al otro, están destinados al olvido o al oprobio porque no merecen otro destino. En cambio, la palabra poética, la canción, “la voz antigua de la tierra”, como dijera León Felipe, es imposible de arrebatar de la tierra, por lo menos mientras el ser humano no haya terminado con aniquilar “su prodigioso y frágil destino” (Borges).

 

Mandela, el invicto, nos emociona en estos días al recordarlo en prisión recitando los versos de William Ernest Henley. ¡Qué útil para él fue ese poema! ¡Qué útil para nosotros haber contado con un hombre como Mandela!, porque basta con que uno solo lo haya experimentado, para convencernos de que todo hombre y toda mujer es poseedor de un alma invencible y capitán de su propio destino.