El país está viviendo un momento político nuevo. Los resultados del 17 de Noviembre fueron una evidencia más que indica que la sociedad demanda cambios profundos al actual sistema económico y político. Estos resultados han reforzado lo que expresan diversos estudios de opinión de distintas instituciones académicas, los que en algunos casos incluso muestran que los chilenos van más allá que las propuestas planteadas por los distintos candidatos.

La encuesta CEP, por ejemplo, constata que más del 80% de los consultados se pronuncia a favor de la nacionalización del cobre.

Más de los dos tercios, considera necesaria la elaboración de una nueva constitución, realizar transformaciones en el modelo económico social para superar la desigualdad insultante que impera en nuestro país, garantizar los derechos sociales básicos (salarios justos, educación, salud, previsión, vivienda, derechos laborales), por una matriz de desarrollo que garantice la sustentabilidad y el respeto al medio ambiente, por el reconocimiento de los derechos  de los pueblos indígenas y asumir el carácter plurinacional de nuestro país, por los derechos de género y los de las minorías sexuales, entre otros aspectos fundamentales de la organización y funcionamiento de la sociedad.

Si bien, no es primera vez que hay mayoría en el Congreso para realizar estos cambios, si es la primera vez que hay una alianza y un futuro gobierno dispuesto a hacerlos.

Los factores determinantes de esta nueva situación, qué duda cabe, han sido el desarrollo de las movilizaciones sociales y un proceso, aun en curso, de reordenamiento de las fuerzas políticas que han permitido que la demanda social se instale en el centro de la agenda nacional.

La derecha, que en esto no se pierde, lo sabe. Consciente de su derrota y de la diferencia crucial respecto de las anteriores –ya que por primera vez desde el fin de la dictadura lo que está en juego es el modelo de sociedad que impusieron a sangre y fuego– inicia una campaña del terror, recurre a visiones integristas, bajo conducción mercurial y de la UDI, ¡no podría ser de otra forma!, inventa argumentos para poner en duda la elección de los dirigentes estudiantiles que rompieron el binominal, intenta deslegitimar la elección tratando de etiquetarla como fraudulenta o no representativa, colocando como lo central la abstención, propia y normal de todo sistema con voto voluntario, para finalmente instalar a través de esta vía la no legitimidad de los cambios que se busca impulsar.

La segunda vuelta presidencial debería expresar esa voluntad inmensamente mayoritaria por transformaciones profundas en nuestra sociedad. Más allá, de las diferencias que puedan existir en el amplio campo de las fuerzas que se plantean cambios, hay cuestiones fundamentales que son compartidas tales como la nueva Constitución, la reforma educacional para una educación pública, gratuita y de calidad; una reforma tributaria que inicie el camino de una mejor distribución del ingreso, una reforma laboral que le devuelva a los trabajadores sus derechos suprimidos por la dictadura, cuestión fundamental para superar la desigualdad, políticas que protejan el medio ambiente, solo por mencionar algunas.

La posibilidad de iniciar un proceso de cambios está abierta y solo una candidatura, la de la Nueva Mayoría, puede hacer eso posible.

Por ello, tomar palco en esta instancia decisiva, inventar argumentos hoy insostenibles para justificar la indefinición, no asumir el cambio en curso y del cual se es parte,  insistir en un lenguaje que ya no interpreta esta nueva situación –por cierto no aporta nada. (Pido disculpas, por que se vienen a la memoria, argumentos similares que escuchaba en el marco de la elección del 70 en aulas universitarias y en otros ámbitos del mundo social).

Continuar, por ejemplo, con el concepto del “duopolio”, cuando este está roto por todos lados, continuar hablando de Concertación, al igual que la derecha, cuando está ha sido superada por los hechos y hay nuevas alianzas políticas que no responden a la política que esta implementó durante veinte años (considerando que algunos de los que insisten en este concepto eran importantes dirigentes de ella), decir que da lo mismo quien gane y como gane, significa, entre otras cosas, continuar viviendo en un país que afortunadamente ya no existe y no valorar los avances y espacios conquistados por la lucha social y política del último tiempo.

La Concertación, vale recordarlo sobre todo para quienes en ocasiones parecen olvidarlo, es resultado del pacto con la dictadura, cuyo objetivo era ponerle fin a esta en los marcos sistémicos, y excluir explícitamente a un sector significativo de la izquierda con la complicidad de otro sector de la izquierda. La Nueva Mayoría, es, en cambio, una alianza que surge desde la lucha social y la movilización ciudadana, contemplando dentro de ella  a algunas fuerzas que han sido colaboradoras e impulsoras de esas mismas luchas y demandas, las recoge y expresa en el campo político.

Algo similar sucede cuando algunos  intentan autoerigirse como guardianes de los cambios. ¿Con que ética, ya que se utiliza tanto el concepto para justificar posiciones, se puede asumir ese rol si ni siquiera se está dispuesto a dar el voto?

Se puede, incluso,  tener legítimas dudas sobre la disposición de algunos a realizar los cambios necesarios, pero obviamente lo primero es darle esa posibilidad, lo más empoderada posible a través de una alta votación. Lo otro es caer en profecías auto-cumplidas, es no confiar en la gente, en su organización, en su lucha, en su capacidad consciente y decidida de presionar al poder para impulsar las transformaciones. En ese caso, todo no es más que discurso.

Lo evidente es que mientras más contundente sea la victoria del 15 de Diciembre, más son las posibilidades de llevar a cabo los cambios y reformas que el país requiere. Que estos ocurran y sean exitosos, depende de todos los chilenos y no solo de la acción de un gobierno.

El 15 de Diciembre no habrá tres alternativas sino que solo dos: o se vota por la candidata de la Nueva Mayoría que abre un camino de cambios en nuestra sociedad o se vota por la candidata de la derecha que mantendrá y profundizará el sistema imperante.

Todo lo demás, incluida la abstención, solo favorece a esta última opción.