Caballo_CarverAntes de entrar en la conversación de fondo, con dificultad habíamos conseguido habitar el bar Galaxia en Lincoyán esquina Freire, en el cuadrante céntrico de Concepción. Aunque llamarlo bar, habría sido convertirlo en algo muy lejano a lo que en verdad era, con esa forma de cantina o chichería, donde nos introdujimos y del que tanto nos costó salir. Más de lo pensado; a un tiempo en que vimos llegar botellas y más botellas, sin dejar de conversar durante horas, a medida que supusimos ya debía haber oscurecido, siendo la hora precisa de nuestro despegue. Pero eso fue muy tarde y lo importante ocurriría adentro.

De las conversaciones retengo sólo algunos flashes, diálogos entrecortados, momentos fracturados donde Raimundo me iría contando de sus lecturas. Aunque sería más exacto decir: sus estudios comparativos, como advirtió de manera pomposa, en los que se hallaba trabajando hacía meses (lo de estudio entonces en lugar de sorprenderme, me pareció de una rigurosidad tremenda, sin embargo ahora no deja de causarme risa dada la ridiculez de sus alcances) sobre la obra de Chéjov y de Carver, simultáneamente, insistió. Las copas nos abatían como perdidos en la cubierta de un barco ebrio, pero todavía me acuerdo, de lo único que me acuerdo, apenas para reconstruirlo, aunque si me apuro, puedo encajar las piezas del puzle.

Según Contreras, Chéjov solía incorporar en sus historias a sus animales preferidos, los caballos. No dijo con qué regularidad y si me dio los títulos de sus relatos no los retuve, aunque debió ser uno, que es el más conocido: “Tristeza”. Eso puedo confirmarlo incluso ahora. En el caso de Carver, y en esto sí que fue enfático, incluso demasiado pedante diría yo, supo dar varios nombres de sus cuentos y no menos de tres poemas, donde aparecían patos, truchas, salmones, referidos respectivamente a episodios de caza o pesca. “Como debes saber, Carver, además de un buen cuentista, fue un asiduo cazador”, dijo. Yo recordé a Hemingway, pero Raimundo, le restó importancia, incluso cuando le dije que a Ernest se debía el que fuera salvado, en sus tiempos españoles, el encierro de Pamplona. El remate, o lo que él veía como la conclusión de su tesis, así mismo dijo, contándomelo con un inusitado entusiasmo y buscando durante un largo rato el arco mortecino de luz para ver mejor mi cara, decía Ray, lo había recogido de una revista inglesa, cuyo último número lo habría “tomado” de una librería céntrica, y se trataba, afirmaba, de un texto espectacular. Inédito, su modo, que venía a tejer una red interrumpida de datos, hacer visible lo que podrían haber sido los últimos días de Carver. (¿Cómo los últimos días de Chéjov?) A partir de esa proyección en su análisis, debía suponer el texto aún se encontraba en su idioma original, instalando un futuro distante en sus alcances y, por tanto, también de mi lectura, pobre diablo monolingüe. En ese cuento, decía Raimundo, Carver se superaba a sí mismo, y dejaba a sus aves de corral, pescaditos de colores, para dar paso también a la presencia de caballos. El cruce con Chéjov esta vez, premeditado o no, resultaba ineludible, puesto que el relato, me anticipó a decir en tono de advertencia, “lo compartirás conmigo, Urbano. Es hermoso”. Y ahora estoy seguro de que tenía razón, cuando pude conseguir el aludido “Si me necesitas, llámame”, y me curé de espanto.

La historia es más o menos esta. Una pareja que quiere recomponer su matrimonio arrienda una casa en las afueras de la ciudad donde viven, en un condado desconocido por ambos, alejada de sus amantes, su familia y, particularmente, del hijo de ambos, el que al parecer era quien los mantenía juntos, y que también necesitaba de ese chance para romper el cascarón o el cordón umbilical o aquello que lo unía a ese fracaso matrimonial. Un acto desesperado, de último minuto, como ocurre en muchos de los cuentos carverianos, buscando arreglar, precisa Contreras, lo que en apariencia no tiene arreglo. Una noche (la segunda tal vez de esa extraña estadía) el período que han denominado como su “segunda luna de miel”, ya algo bebidos y sin ánimo de acostarse todavía, o puede que la mujer sí y el hombre no, o viceversa –no recuerda al detalle el cuento– asegura que es justo en ese momento, cuando uno los ve perdidos en su indecisión, en la duda o en la tristeza o acaso hasta de la indiferencia (ya que según él tampoco queda muy claro cuál es el estado en que se encuentran) irrumpe, ese es el verbo que utiliza: “irrumpir”, primero un lindo alazán, luego otro, luego otro más, hasta tener ante nosotros la más impresionante muestra de unos caballos en apariencia salvajes de largas crines, pero muy mansos y blancos pastando en el antejardín de la casa que han alquilado. Una de las últimas imágenes, detalla Contreras, es una vista memorable, como un verdadero espejismo, donde aparecen los caballos difuminados por la niebla, creando un efecto dentro del mismo vaho de los animales a esa hora de la mañana, en que se confunden los fibrosos ejemplares, vistos a través de los vidrios empañados de la cocina, con la inmaterialidad de unos fantasmas, de unos espectros, dando mayor realce a lo que ambos nos fascinamos en reconocer, como fanáticos lectores de Carver, que se está frente a otra epifanía de sus cuentos. El relato va llegado a su fin, dice Raimundo, cuando la pareja-en-ruinas sale a mirar a esos curiosos visitantes, con sus cuerpos estilizados y recortados en el arrebol del amanecer, dejando –como era de esperar– expectante el desenlace. No me sigue contando, porque dice que debo leerlo apenas pueda, y sí solo agrega para terminar, que de pronto se apaga la ilusión y vuelven a la realidad de la que estaban escapando (el resto debía leerlo yo, insiste) diciendo: “En todo caso a pesar de esa magia, no se quedan juntos”.

Así como lo cuenta, me parece un relato llamativo, y se lo digo, pero también intento con eso llevarlo a que termine con Carver, y sin extendernos demasiado, vuelva a lo que había comenzado con Chéjov, mas cuando ya creo haberle hecho algunos comentarios difusos, sobre mi interpretación, en mi caso más acabada, dela obra de Chéjov, donde mi favorito es su cuento “Tristeza”. Y sobre todo en su parte final, en el momento cuando el cochero, luego de querer contar a todos los pasajeros, su horrible padecimiento, por la trágica muerte de su pequeño hijo, termina solo, llorando abrazado a su caballo. El relato, le digo que para mí tiene una sola salida, y estaría íntimamente ligada con esa otra historia, mitológica a estas alturas, sobre la locura de Nietzsche, que versa sobre cómo el viejo filósofo, bastante tocado en sus últimos días, al ver cómo un cochero o un labrador, no tengo claro el oficio de su dueño, castiga brutalmente a su caballo, provocando a nuestro ya delirante Federico, que ése acuda con vehemencia y arrebate el animal a su amo, para luego caer rendido ante sus patas, dándole un fraternal abrazado. Un relato también desesperado, porque sus caricias, las que supongo serían de sincera lástima o de compasión, debieron por un lado estar consolando al caballo, pero en algún sentido, también consolando a él, su locura, la locura humana y el absurdo de toda la existencia.

Al terminar mi intervención noté que Urbano ahora al fin se había callado. Permanecía en silencio. No sé si atento, pero lo único que dijo fue que no conocía esos antecedentes respecto al final de Nietzsche, y que de todas maneras los corroboraría con un amigo suyo, el que de seguro sabría entregarle detalles más sabrosos sobre el ocaso del desquiciado asesino de Dios. En todo caso, concluyó, no sería de extrañar que pudieran corresponderse la tristeza chejoviana con la tristeza nietzscheana e incluso ambas con la tristeza carveriana, ya que el perder a un hijo, ver hundirse tu matrimonio o constatar que el juicio ya no te permite filosofar, darían evidentes muestras de lo incurable. La inmensa soledad de occidente, encontrando cierta tibieza en unas de las bestias más aporreadas en este zoológico de la vida.