Teresa Valdés– Del presente, de la realidad política chilena, ¿cuáles son los elementos que te parecen más distintivos, en relación a cómo era hace cinco años atrás?

– Evidentemente Chile ha completado un ciclo, y no de un día para otro. Lo que está pasando desde 2011 venía anunciándose hace mucho rato. Había cambiado la situación de la política en relación con la sociedad, la instalación de los partidos había cambiado desde que empezaron a ser mucho más agrupaciones de funcionarios públicos que organizaciones políticas. El gobierno de Michelle Bachelet salvó en gran medida de ello, pero ya venía incubándose. Desde la sociedad civil en 1999 hicimos firmar a Lagos un compromiso para el fortalecimiento de ese sector, porque ya en ese momento estamos completamente descontentos con el rol que tenía la sociedad civil en el proceso democratizador. A mí lo que más impresiona es la brecha creciente entre la sociedad política y los movimientos sociales, sabíamos que el modelo de la transición dejó fuera a muchos sectores, y ya hace casi quince años sabíamos que las consecuencias de eso estaban muy mal. En esa época los estudiantes también se movilizaron, y en el agravamiento de los conflictos ocurrieron razones parecidas a las de ahora: la existencia de funcionarios de gobierno incapaces de comprender a los movimientos sociales. 

– Se instaló por alguna razón la idea de que la explosión de 2011 fue sorpresiva. Lo repiten los partidos políticos pero también cierto grupo de analistas que frecuentan los medios ¿Qué te sugiere ese discurso de la perplejidad?

Están equivocados, ¡es que no tienen conocimiento de lo que pasa en la sociedad! Un fenómeno se reconoce como tal cuando se vuelve masivo pero existían las raíces que permitían preverlo. Quienes tuvieran una mirada más compleja sabían que lo que había ocurrido en 2006 iba a rebotar y estallar en cualquier minuto. No sólo lo que pasó en la calle, sino después, cuando los cambios que acordó la comisión no se cumplieron porque la derecha no estuvo dispuesta a aprobarlos. Eso era cuestión de tiempo, la idea de que los estudiantes iban a volver a protestar sólo por el pase escolar era un muy mal razonamiento. Los medios están lleno de personas que hacen malos análisis, como cuando dijeron que Michelle Bachelet no iba a poder imponerse porque Chile no estaba preparado para una mujer presidenta. A eso se suma, y esto es muy delicado, que los partidos políticos carecen de instancias que hagan interpretaciones políticas más complejas.

 

El próximo gobierno

– Ante el nuevo periodo se instala una sospecha ante el Partido Comunista, pero de la que podemos hacer una reflexión más general, según la cual no se puede estar al mismo tiempo en el Gobierno y en la calle, ¿Cuál es tu análisis sobre esa premisa?

– Es la misma idea: el miedo a la sociedad civil y a las organizaciones, una idea de gobernabilidad ordenada, que decide de una manera vertical y autoritaria desde los partidos a la sociedad, pero eso dejó de existir. Hoy no solo los estudiantes, sino en Aysén, en los muchos movimientos que se levantan por temas ambientales, en fin. Ya no depende de lo que digan los partidos políticos: van a estar en la calle y yo también, cada vez que sea necesario, muy especialmente ahora que se corre el riesgo de que quienes se repiten el plato en el Parlamento hagan oídos sordos de lo que demanda la sociedad. Vamos a tener que actuar así para cumplir un programa que en mi opinión es altamente sensible a las demandas de hoy.

– O sea, el proyecto de un gobierno de la Nueva Mayoría sigue estando en disputa, no está resuelto todavía…

– Sigue estando en disputa, aunque esté resuelto un programa, porque se sabe que una vez instalado el Gobierno son los partidos los que ponen a los cuadros políticos a lo largo y ancho del país. El boicot a grandes políticas muchas veces se hace en el espacio local. Entonces el rol de la sociedad civil es clave, crítico, porque es en todos los niveles, no solo en Santiago, donde se juega el cumplimiento de las políticas. Tenemos el ejemplo de la píldora del día después, donde se hace urgente una fiscalización para saber qué pasó una vez aprobado el reglamento de esa ley. Hay una lógica burocrática que no siempre empatiza con un proyecto transformador.

– Es probable que si le preguntas a altos dirigentes qué es la Nueva Mayoría, digan la Concertación más el Partido Comunista o la Nueva Mayoría más los apoyos recibidos en Segunda Vuelta ¿Qué riesgos supone ese supuesto para el éxito o fracaso del próximo gobierno?

– Es que la política tradicional ha funcionado siempre así, sobre la base de pactos, acuerdos y transacciones. El tema es que hoy hay un programa que tiene requerimientos de respaldo que si no están no podrá cumplirse. Hay compromisos de apoyo en la política formal donde el rol de la (ex) presidenta (Bachelet) va a ser muy importante para garantizarlos, pero también se requiere a una sociedad civil presionando. No es suficiente que hayan llegado a apoyar quienes llegaron en primera y segunda vuelta, porque hay acuerdo sobre un programa pero al interior de los partidos hay diversidad de posiciones. Tenemos un consenso alcanzado, pero a la hora de presentar los proyectos en el Parlamento perfectamente algunos te pueden decir, elegantemente y como ya lo hicieron antes, que no hay agua en la piscina.

– Hay sectores importantes que están, por decirlo de alguna manera, a la izquierda de la Nueva Mayoría y que se expresan con gran desconfianza de un eventual nuevo gobierno de Michelle Bachelet. Incluso se le ha imputado “traición”, como la ACES en una reciente declaración ¿Por qué crees que se ha instalado esa idea?

– Estamos en una sociedad que perdió la capacidad de tener una formación política básica. Lo más difícil de aceptar para los sectores más voluntariosos es que la política es, al fin y al cabo, negociación, y que sus limitaciones son parte del análisis. No se puede pretender que porque alguien llega al poder podrá hacerlo todo, por lo tanto es parte del desafío comprender esas limitaciones y analizar qué se puede hacer, desde cada espacio, para superarlas. Es una tarea política de todos, tal como las demandas de la calle, que son responsabilidad de esos partidos políticos que se alejaron hace tiempo de sus bases. Cuando tú miras el primer gobierno de Michelle Bachelet impresionan las barreras que tuvo que enfrentar y hubo ciertamente algunas que no pudo resolver.

– Te lo pregunto de otra manera ¿Ella no pudo hacer más en materia educativa luego de la Revolución Pingüina?

– Ella hizo todo lo que pudo, que fue convocar a apoyar una ley, y eso fue boicoteado en el Parlamento. En ese momento necesitaba no sólo a la oposición sino a sectores de la Concertación que tenían serias dudas respecto a temas que hoy son consenso, como el financiamiento compartido. A mí me impactaba mucho el tema de la Loce, que conocía bien porque estuve en la Comisión de Educación Sexual y me preguntaba ¿cómo es posible que en todo este tiempo que hemos estado aquí no hayamos podido cambiarla? Además, se debe agregar el elemento adicional que se detona cuando tú lideras una alianza pero no hay confianza con ella, como ocurrió en ese gobierno: era evidente la desconfianza de los partidos hacia Bachelet. Ése es uno de mis temores ahora: los partidos han hecho lo posible por rayar la cancha todo lo que se pueda y falta ver cuánto margen de maniobra logra ella.

– Algunos sectores del movimiento de mujeres interpretaron el primer triunfo de Bachelet, en clave histórica, como el corolario de años de lucha.  Retrospectivamente, hay quienes creen que eso desmovilizó más de la cuenta ¿Crees que esta vez debe tomarse más distancia?

– Es muy complejo, porque las organizaciones del movimiento de mujeres que pretenden transformar sus ideas en políticas para todas y no quedarse como un grupo lúcido, tienen las dificultades que supone incidir en las decisiones públicas. Eso se hizo en todos los gobiernos de la Concertación, de hecho en la Conferencia de Beijing (en 1995) hicimos una mirada autocrítica porque sentíamos que el Sernam era tan nuestro que no teníamos distancia, lo que, por lo avanzado, era mucho más grave en ese tiempo. En la campaña de Bachelet de 2005 hubo vastos sectores que estuvieron por no apoyarla, las más feministas porque no era suficientemente feminista, las más de izquierda porque estaba con la Concertación. Respecto a su gobierno, no he querido aún sumergirme en una mirada más analítica, pero mi primera impresión es que el peso simbólico de su presidencia fue tan fuerte que, aunque la criticaron, fue lo mejor que hemos tenido en la incorporación de la dimensión de género en temas como la vivienda, la pobreza, infancia, y muchos otros. Esto, a pesar de una ministra (Laura Albornoz) que tomó las banderas de la violencia y que, junto con la subdirectora, no estableció contacto con las organizaciones de la sociedad civil. Entonces duplicaron y suprimieron su accionar. Eso no debería volver a repetirse.

 

El Programa

– ¿Qué es lo que más echas de menos del programa de Bachelet?

– Lo que más echo de menos es que no hay ninguna reflexión sobre la relación entre el gobierno y los movimientos sociales. Ocurre en la Agenda de Género, pero en el resto del programa también. Va ser el rol de las organizaciones, entonces, disputar ese derecho. Creo que, además, al tema de género le falta una mirada estratégica, está abordado por capítulos, entonces en algunos se incluye pero en otros donde debería estar, no está. En ese sentido, es un programa al que le falta, porque no tengo ninguna certeza de que quienes están en los otros temas tengan claro por qué es necesaria una institucionalidad de género con un profundo sentido estratégico y transversal.

– Cuando se instaló hace algunos meses el debate sobre qué tipo de despenalización del aborto incluiría la Nueva Mayoría, los senadores Patricio Walker y Andrés Zaldívar dieron entrevistas simultáneas donde dijeron que no votarían contra sus creencias religiosas ¿No es ése un anticipo de que se volverá a tropezar con la misma piedra?

– Está difícil la cancha. A mí lo que más me impresiona es que esas declaraciones van a la saga de la sociedad. Además, le envían un mensaje a Bachelet pero también a nosotros: tendremos que estar movilizados en la calle para hacer cumplir el programa. Lo más impresionante es que cuando ves las cifras de tipos de abortos como el terapéutico, son mínimas. Es decir, lo más importante es avanzar en el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo y terminar con la tutela de estos señores varones y sus creencias. Al fin y al cabo ¿en qué aporta a la humanidad que haya niños no deseados? Entonces hay un tema político cultural detrás. Señores que viven a una distancia sideral de lo que ocurre con la sociedad, con las personas concretas y sus vidas. Estas declaraciones ocurren, además, cuando las prácticas se mantienen y los abortos continúan.

– La sub-representación de las mujeres en los partidos llamados progresistas es similar a la de los partidos conservadores. De ahí en adelante, ¿Cuál es el nivel de sensibilidad que existe en la dirigencia de estas tiendas, en particular el PS y el PPD, sobre estos temas?

– Bajísima. Se produjo un problema muy complejo y lamentable porque cuando vino el plebiscito del 88 y la primera disputa democrática, en el movimiento de mujeres estábamos organizadas y no era posible soslayarnos. Eso hizo posible poner la agenda de las mujeres en la política. Durante el gobierno de Aylwin eso se mantuvo, con el ingreso de muchas de ellas al Gobierno y luego con Frei también. Ya en la época de Lagos, a pesar de que en el gobierno hubo avances importantes, como el Consejo de Ministros para la Igualdad de Oportunidades y el PMG de Género, en los partidos esta idea de compartir espacios de poder con las mujeres se empieza a hacer muy incómoda, a pesar de que mantienen en la incoherencia un discurso de igualdad de género. Si a eso le sumas que en el sistema binominal la competencia empieza a ser a cuchillos, la solución fue sencilla: bloquear el acceso, como lo hicieron conmigo, y si alguna llega a pasar, que se las arregle como pueda. Pregúntenle a la Nani (Adriana) Muñoz cómo sacó su candidatura a senadora: a pulso, sola, ni siquiera con el apoyo de su partido, con la posibilidad de que fuera a primarias con José Miguel Insulza y con Jorge Pizarro. Le tiraron encima todo, o sea, salió elegida senadora a pesar de los partidos

– Y, entonces, ¿qué debería entender la ciudadanía cuando el presidente del partido de la candidata se expresa en términos despectivos de las conversaciones privadas de Evelyn Matthei y Lily Pérez, o de la Ley de Cuotas?

– No hace más que dar cuenta de que los partidos no entienden lo que pasa en la sociedad ¡Qué cosa más repudiable que lo que dijo Andrade! Incluso inmediatamente todo el mundo, también en las redes sociales, empezó a preguntarse de dónde sale este señor con esas cosas. Pero él no tiene problemas en hacer gala de su machismo porque sabe que no le afecta.

– El problema es que no es un problema personal, sino político, en la medida que él es el jefe de uno de los partidos más importantes de la Nueva Mayoría.

– Lo es, porque no le importa, porque su rol en la Nueva Mayoría no va a cambiar, y él lo sabe, por este tipo de declaraciones. Ésa es la crisis de los partidos y la causa por la cual la gente no quiere ir a votar, porque sabe que esta gente va a seguir ahí. ¿Qué se puede hacer? Yo he decidido, en forma ingenua si se quiere, luchar dentro de los partidos para que se exprese ahí la sensibilidad de la ciudadanía. Necesitamos representantes genuinos porque hoy incluso los partidos prefieren seguir así, aislados y atomizados, puesto que mientras más chicos y menos son, más grande es el pedazo de torta.

 

De novela: así se eligen los candidatos en Chile

– ¿Por qué perdiste la primaria en el distrito 24 (Peñalolén y La Reina) si las encuestas te daban como favorita?

– A mí no me liquidaron el día de la elección, sino cuando me obligaron a ir a primarias con un señor (Víctor Barrueto) que no era del distrito, que no había reunido las firmas y que entró a última hora porque tres concejales de Peñalolén, entre ellos uno que iba a ser mi jefe de campaña, fueron al partido a pedir que no se dejara a este señor con trayectoria fuera. Dentro del PPD claramente yo no formaba parte de ninguno de los grupos con mayor poder. Yo vengo de la sociedad civil, mi propuesta era no más de lo mismo, trabajar con la gente, entonces no aparecía posible que yo fuera elegida para las maneras de hacer política tradicionales. Yo no les daba garantías, y si a eso se le suma mi cercanía personal y en el pensamiento con Michelle Bachelet, quedaba claro que el partido no iba a poder contar conmigo para ejercer presión sobre la Presidenta. Entonces qué hicieron en concreto: me arrebataron la elección. El diputado Accorsi y algunos concejales hicieron uso de recursos públicos y los pusieron al servicio de la candidatura de Víctor Barrueto.

– ¿De dónde salieron los votos que lo hicieron ganar?

– De lo que pudimos apreciar: jóvenes que venían de partidos de fútbol con un “2” marcado en la mano, sin saber de qué se trataba, señoras mayores que pensaban que iban a una Primaria legal, personas que preguntaban en el local de votación donde tenían que ir a cobrar lo que se les había ofrecido, acarreo en que intervinieron incluso concejales de otras comunas. Se le entregó carne a personas que, en principio, podían votar por mí, porque era el Día del Padre. En lo personal, lo más doloroso fue que una dirigenta que me apoyaba se dio vuelta porque le ofrecieron un cupo como candidata a concejal. Yo le pregunté y me dijo: cambiaron las condiciones y una tiene que ver qué le conviene.

– Concédeme entonces que la ciudadanía tiene muchas razones para desconfiar de los partidos de la Nueva Mayoría.

– Tiene muchas razones. Y no hay ningún partido que se escape.