La rabiaLa inventó Caín, un día, cuando no aceptó que Dios prefiriera la ofrenda de Abel con sus corderos y, lanzándole una piedra certera, acabó para siempre con la estirpe de los pacíficos. Desde entonces quedamos nosotros, los rabiosos, los hijos de Caín. Llevamos en la frente el estigma de la molestia y vagamos errantes por un mundo que nos da alegrías momentáneas pero que siempre nos ofrece razones para reclamar.

Rabia tenían los esclavos cuando morían de sol a sol en las algodoneras del sur de los Estados Unidos, mientras recordaban un pasado mítico en el que habían sido reyes en otro continente, bajo el mapa de un sol más benigno y al son de una danza más dulce que las órdenes del negrero. Rabia tenían los comuneros de París cuando infestaron de barricadas la ordenada y racional Ciudad de la Luz. Rabia tenían los seguidores de Gandhi cuando atravesaron pacíficamente la India hasta conmocionar el orden colonialista que los había sometido. Rabia tenían los indignados que hace pocos años instalaron sus carpas en Madrid, Barcelona y en las principales ciudades de Italia, Francia, Alemania, Grecia y el resto del planeta.

Cambian los sistemas políticos, los reyes son destronados, las banderas se agitan por nuevas luchas, pero la rabia reaparece con nuevos rostros y tesituras alternativas. En Chile, la conocimos bajo el signo de las revueltas sindicales en el norte salitrero; en el estallido estudiantil que de tanto en tanto reformula su grito pasmosamente libre; en la carretera norte-sur que, después de un fin de semana largo, es tomada por los vecinos de algún pueblo que no aguanta la pestilencia de un matadero de cerdos; en las asonadas callejeras que, en ciertas fechas memorables, conmemoran con violencia la memoria de muertos que resisten al olvido con furia de perros encerrados.

En el devenir cotidiano, en el pequeño negocio con que cada cual lucha contra la intemperie, la rabia es la mueca de cansancio del obrero que debe salir a las cinco de la mañana para atravesar Santiago desde su población, después de haber batallado entre la aglomeración que espera incansable el bus que no llega o de haber conquistado a codazos un lugar en el Metro; es la cara de sorpresa que pone el funcionario al recibir su liquidación recortada por infinidad de descuentos que no había calculado; son las várices que una mujer ha desarrollado después de incontables horas de espera en el consultorio; es la conmoción que sufre el estudiante universitario al descubrir que el valor de su título profesional ha sido reducido a cero, pues el conglomerado educacional que lo formaba no era más que un enjuague de dineros entre inmobiliarias, bancos e intereses privados, entre los cuales reina la ausencia de escrúpulos de empresarios que nunca supieron lo que era educar y que acaso ni siquiera tuvieron el privilegio de recibir una educación de verdad. En las oficinas, la rabia se junta contra los ejecutivos que asustan con las decisiones imprevistas que toman después de una reunión que deja su olimpo saturado de las fragancias que exhala un café tan descafeinado como su sensibilidad. En los campos, son las temporeras; en los call centers, son los ejecutivos que soportan las iras del cliente molesto por la llamada inoportuna; en los supermercados, son las cajeras atribuladas por el arduo río de dinero que pasa entre sus manos para dejarles al final de mes la escuálida celebración de un depósito equivalente a algo más que un sueldo mínimo y a mucho menos que un sueldo ético; en los colegios, los profesores se embrutecen con el sonsonete de las quinientas horas semanales, mientras los nuevos burócratas de la educación los hacen completar inmensos formularios, portafolios, pruebas estandarizadas, pautas de cotejos y basuras varias que no sustituyen en nada el entusiasmo que ofrece un aula llena de poesía o de geniales álgebras simbólicas.

Ahí está la rabia, encapsulada en el habitáculo de la conciencia individual, adormecida por el temor de perder uno de los ochocientos mil puestos de trabajo que el último gobierno generó, o alienada con el sopor delicioso que produce comprarse una navidad a la medida con un cómodo crédito en treinta y seis cuotas largas y febriles que, por su inminencia, hacen más temible perder uno de esos ochocientos mil puestos de trabajo que han dado a nuestra economía la fama continental de ser la más sólida de todas.

Hace cien años, el narrador de la obra inacabable de Marcel Proust, En busca del tiempo perdido, contaba que todos los veranos disfrutaba de los privilegios de la burguesía francesa en el hotel de Balbec, el cual se transformaba, durante las noches, “en un inmenso acuario, contra cuyos muros de cristal, la población obrera, los pescadores y las familias pequeño-burguesas de Balbec, invisibles en la sombra, aplastaban sus narices para percibir, balanceándose con lentitud entre remolinos de oro, la vida lujosa de esa gente, tan extraordinaria para los pobres como la de los peces y moluscos más exóticos”, para continuar formulando la profecía más temible para las clases dominantes: “Una de las grandes cuestiones sociales radica en saber si el muro de cristal protegerá siempre el festín de las bestias maravillosas o si la oscura gente que mira con avidez en la noche no irrumpirá en el acuario para capturarlas y comérselas”.

¿No será que ha llegado también para nosotros la hora en que las mayorías rabiosas rompan el muro de cristal?