Bachelet 1         A veces las coincidencias ayudan a resaltar hechos significativos.  Mientras Chile elegía a su próxima presidenta de la República, en Sudáfrica eran sepultados los restos de Nelson Mandela. Fallecido el 5 de diciembre pasado, sus exequias, que demoraron diez días, reunieron a decenas de los más importantes dignatarios del mundo. Premio Nobel de la Paz, fue el responsable de terminar con el racista régimen del apartheid.  La lucha le costó 27 años de cárcel. Pero eso no aminoró su decisión de acabar con el indigno sistema que regía en su patria y del cual eran responsables blancos arios descendientes de holandeses, los afrikaner. La minoría blanca -21% de la población- ejercía el poder, excluyendo de las decisiones al 79% restante, compuesto esencialmente por negros. Este oprobioso sistema se extendió desde 1948 a 1992. Un extenso período en que el abuso en contra de los no blancos fue brutal y permanente. Un período en que los asesinatos de negros se cuentan por centenares y los heridos por miles.

Sin embargo, Mandela fue capaz de llevar a su país por la senda de la reconciliación. A pesar de su propia y dolorosa experiencia, cuando tuvo el poder político suficiente, jamás dejó que sus acciones fueran determinadas por el rencor, por la revancha o por dolores pasados. Estaba consciente de que la única manera de que Sudáfrica fuera grande, era que todos sus habitantes sintieran un amor por su tierra superior a las diferencias.  Que si éstas se imponían, jamás cicatrizarían las heridas. Y su ejemplo fue una guía que sus compatriotas siguieron. Por eso su muerte causó tanto pesar.  Un líder grande partía.  Un líder que había sido capaz de predicar con el ejemplo de un gran amor por su tierra y sus hermanos. Un conductor que hizo la política grande.  Aquella en que los seres humanos tienen dignidad. Aquella en que los mandatarios no ejercen el poder sólo porque la ley así lo estipula, sino porque buscan hacer más dignos a quienes los eligieron.

Ese ambiente de dolor y de reconocimiento por haber tenido a un gran hombre entre ellos, era el que imperaba en Sudáfrica en los mismos instantes en que los chilenos íbamos a las urnas. Y Michelle Bachelet era elegida presidenta con el 62,16% de los sufragios emitidos. Por ella habían votado 3.466.930 electores. Su contrincante, Evelyn Matthei lograba el 37,83%, con 2.110.482 de las preferencias. Era un resultado esperado, una victoria holgada. Pero fue la abstención, el desinterés por votar, lo que marcó la jornada.  Alrededor de 5 millones y medio chilenos sufragaron, de un universo de más de 13 millones y medio. La abstención se acercó al 60%, lo que es una clara muestra de que la democracia chilena no cuenta con el respaldo masivo que necesita.

Chile es hoy un país con una democracia debilitada. La presidenta electa promete fortalecerla con reformas de fondo.  Con medidas que zanjen la brecha oprobiosa que crea una concentración de riqueza nunca vista. Con reformas que permitan dejar atrás el legado de una estructura constitucional creada por la dictadura del general Augusto Pinochet. Con la recuperación de la educación como un derecho y no como la mercancía que es hoy. Y en medio de lo que debía ser un día de jolgorio, resonaron fuerte las palabras que en la mañana pronunciara el empresario naviero Sven von Appen: “Si Bachelet lo hace mal, llamamos a otro Pinochet”.

Con seguridad, no es fácil reaccionar como lo habría hecho Mandela. Sin transar bajo la presión de la amenaza, continuar la tarea impostergable de hacer un Chile más justo, como prometió la presidenta electa. Está claro que no será una labor sencilla. Por la extrema concentración económica que hoy existe, parece claro que el empresariado, en general, no exhibe una sensibilidad social que permita avizorar reformas expeditas en un futuro próximo. En cualquier caso, ninguna que signifique cambios significativos en los tributos y que imponga justicia en los aportes que hacen los chilenos para el desarrollo del país.

En la otra banda, quienes desconfían del sistema ven a la próxima presidenta como una figura continuista. Y la experiencia vivida no deja de darles la razón.  Sin embargo, la protesta en sí no basta. Mandela lo sabía y en su país los von Appen abundaban. Por eso es que su visión de futuro lo llevó a realizar una política que, con inteligencia, coherencia y lealtad de principios, fue imponiendo metas comunes. Sin jamás dejarse arrastrar por la falsedad de la democracia de los acuerdos, en que siempre si imponen los fines que persiguen quienes manejan el poder. Pero para recorrer tal camino hay que tener una esencia política sin fisuras.

En Chile hay muchos que piensan como el pastor protestante Daniel Francois Malan, gestor del apartheid sudafricano. Su visión política quedó plasmada en una frase que pronunciara en 1948. Gracias a una ley amañada, se impuso en las elecciones de ese año pese a lograr menos votos que sus contrincantes de partidos blancos más liberales.  En aquella oportunidad, Malan, dijo: “Hoy día, Sudáfrica vuelve a ser nuestra.  Dios permita que sea nuestra siempre”.  Se refería a que estuviera en manos de blancos de origen afrikaner.

A veces las coincidencias permiten resaltar hechos relevantes. Los Mandela se necesitan en todas partes…..y no abundan.