El ágora está perpleja. Un diputado mitopolitano caradura se permite la extrema descortesía de amenazar a una candidata a la Primera Magistratura acusándola de algo indefinible que se relaciona con la cobranza mensual de unos emolumentos que el Estado asigna a los ex mandatarios en virtud de una ley aprobada por el Parlamento, y, además, justifica su odiosa descalificación por el hecho de que la ex mandataria percibiera una remuneración por el desempeño de un muy alto cargo en la Organización de las Naciones Unidas. Es una rotería mayor colarse en el bolsillo de las personas para montar sospechas de cosas improbables. Pero el liliputense diputado es guarén de la udi y eso lo estigmatiza como lo que verdaderamente es: un despreciable pinganilla. Eso fue en aquellos días, hace algunos días, en que el diputado creía colaborar con eficiencia en la siembra de dudas sobre la honorabilidad de la ex mandataria, hoy ya elegida para un segundo período por una mayoría aplastante, mayoría que cayó como una lápida sobre el fulano del caso. Michel Onfray, filósofo disidente de cualquier disidencia, en su tratado sobre la ética del hedonismo, nos enseña que “la cortesía proporciona la vía de acceso a las realizaciones morales”. ¿Qué dice la cortesía? Le afirma al otro (este caso a la ciudadana candidata y a los ciudadanos partidarios de sus aspiraciones) que lo hemos visto. Por lo tanto que él es, que ella es. Sostener una puerta, practicar el ritual de las fórmulas, llevar a cabo la lógica de los buenos modales, saber agradecer, acoger, dar, alentar la alegría necesaria en la comunidad mínima -en este caso, dos, la candidata y el diputado-, en eso consiste realizar la ética, crear la moral y encarnar los valores. El saber vivir como un saber ser (el diputado debería aprender a ser). Cuanto menos se practique la cortesía, más difícil se hace llevarla a cabo. La descortesía caracteriza al salvajismo. Las civilizaciones más pobres, las más humildes, las más modestas, cuentan con reglas de cortesía. Sólo las civilizaciones agrietadas, en vías de extinción, sometidas por otras más poderosas que ellas, practican la descortesía de modo cíclico. Y a ese espectáculo es al que hemos asistido, puesto en escena por una pandilla de malandrines y tales por cuales que han exhibido impúdicamente su malacatosidad y la pérdida, en lo absoluto, de todo recato, tanto la candidata derrotada, como la murga de zombis emergentes que se niegan a recuperar la dignidad de sus sepulturas, sus seguidores hamelianos. Es cierto que ya se apagaron las malas pasiones, todas ellas desatadas por éstas derechas que no son otra cosa que residuos ideológicos del último tercio del siglo veinte, tipos reaccionarios de acuerdo a las más clásicas definiciones: lo que no entienden, lo rechazan. Porque eso ha sido lo que han mostrado y demostrado. Incapaces de concebir el progreso (la sola idea de lo “conservador” define, en sus casos, el rechazo al progreso no sólo de las ideas, sino que, también, a los comportamientos decentes). Su descomunal descortesía es -e históricamente lo ha sido desde siempre- con la sociedad. En eso también son conservadores. Un senador, se supone que superior a su diputado, hace maniobras para influir en la invención de una realidad que le permita sacar a su hijo (borrachín, mentiroso y cobarde) de un tete enorme en el que está metido hasta el cogote. El senador, desde su falsa excelencia, utiliza los medios de comunicación para hacer actitos de contrición, pura puesta en escena, farandulerismo mediático para sensibilizar a la opinión pública. El hijo conducía en estado de ebriedad, atropelló a un ciudadano que caminaba por la berma tal como lo ordenan las ordenanzas, y huyó de la escena del crimen. Después hubo inconvenientes con las alcoholemias y con las ficciones que se inventaron, relatos que culpaban, cómo no, a la víctima. El senador quiere que los ciudadanos perdonen el “error” -¿quien no ha cometido un error alguna vez?-, error que no es otra cosa que un delito no menor con penas recargadas por el afán castigador de sus propios colegas parlamentarios. Vuelve, de este modo, a salirnos al paso la cuestión ética.  El senador no se muestra amistoso con la sociedad ni con sus conciudadanos. Es famoso por sus ironías -la nostalgia cínica de los dogos de guerra- y sus distorsiones lúdicas. Nada pareciera ser serio, y si eso fuera así, ni la vida del prójimo, aunque yo sospecho que por ser de otra clase social -quizás un trabajador agrícola- no sea prójimo suyo y, por ello, entonces, de menor valor. Con sus dichos, el magistrado da cuenta de cara a la ciudadanía que carece de todas las virtudes requeridas para ser considerado una persona honorable: no demuestra ni deferencia, ni delicadeza -el ciudadano atropellado tiene familia que lo sobrevive-, ni cortesía, ni gentileza, ni civilidad -lo mínimo exigible a un sujeto que es senador, aunque no le haya elegido nadie en votación alguna-, ni atención,  ni buena educación. Esas son virtudes que crean la excelencia (de la que el sujeto carece); la falta de ellas desune y sus transgresiones disgregan… La ética es cosa de la vida cotidiana y de encarnaciones infinitesimales en el fino tejido de las relaciones humanas; no son ideas puras o conceptos etéreos. Como afirma Jankélévitch, “consagra el reino del casi nada, del no sé qué, de lo casi mínimo y de lo anodino”. En toda república que se respeta, senadores y diputados reciben un trato de respeto y consideración máxima de parte de los ciudadanos. Pero está nítidamente claro que Mitópolis no es nada que se parezca , ni en lo más mínimo, a una república seria y formal. Sus personajes han merecido la atención ciudadana que los recibe -¿y por qué no?- a escupitajos, no de odio, como acaba de inventar un opaco tinterillo de turno, sino de desprecio y de rechazo total. Se los han  ganado. Quizás por eso perdieron. Murphy afirma, para recordación de la Nueva Minoría, que “toda situación, por mala que sea, siempre es susceptible de empeorar”. ¿De muestra? Una simple elección dominical.