caminando

“Andar con buen zapato” es una expresión antigua, pero vigente dentro del habla popular chilena, al referir a alguien que viste bien y que de seguro, por contraste, tiene ahora un buen pasar, tanto como para llevar con decoro una de las prendas importantes del vestir: como el calzado. ¡Porque cómo te ven te tratan! Hablamos de unos nuevos o cuando menos relucientes. Al otro extremo, cuando la situación económica es desfavorable, no solo cuesta parar-la-olla, sino que “no hay ni para comprarse un par de zapatos”. Son un referente. Aunque la dificultad de conseguir, de seguro, a la luz de la oferta, en los tiempos que corren, no resulta tan dramático, pues ¡hasta en los pasillos de los supermercados pueden hallarse de todos colores, modelos y texturas!, a precios que no merman mayormente la canasta familiar. Zapatos solo para salir del paso, diríamos, pero a nadie le falta Dios. Hace poco un grafiti: “Mi único medio de transporte son mis pies”. Todos los caminos conducen a cualquier parte.

Leyendo hace unos días los datos que entrega el sociólogo Alberto Mayol, en su bullado libro, El derrumbe del modelo, afirma que el 2012, según la Cámara de Comercio de Santiago el consumo conspicuo creció en un 7%. No refiere, por supuesto, a los bienes de primera necesidad, como la lista de alimentos, sino que curiosamente alude a los zapatos, que marcaron un alza de un 40%.

Durante muchos años, desde luego antes de incursionar en la vida laboral, usaba zapatillas, y las veces que debía utilizar algunos los conseguía, y con el tiempo, logré tener un par con el que hacía las veces de comodín para fiestas, matrimonios, espera en filas dejando un CV. Flash back: mis primos vestidos el día domingo con ropa de calle, pero con pantalón de colegio. O peor, mis primos en día domingo, con ropa de colegio, con sus zapatos recién lustrados. Esa imagen me mata. En mi cabeza de entonces me preguntaba, ¿por qué a los ocho años o nueve uno debería seguir usando ropa de colegio el fin de semana? Ahora tengo la respuesta. Y apenas llego a la casa lanzo lejos la camisa, me saco los zapatos y cambio mis calcetines. Ahí recién empieza el día, o lo que puedo llamar el tiempo a mi favor, luego de la jornada. He hablado antes sobre esto, remítanse a: “Bien, pero con harta pega”, entre otras crónicas. Pero ahora la cuestión es otra. Puedo pagar, por comodidad y estilo, cuanto quiera por un par de zapatos. Claro: los llevo puesto 12 o 14 horas. Ni modo.

 

Mis zapatos nuevos esperan

El poema es de Carver y se llama “En busca de trabajo”, escrito en retrospección hacia la época más difícil de su vida, años de alcohol y cesantía, donde aparece el verso que da nombre a esta crónica. Durante un tiempo mi amigo Ramiro Escudero, lo tuvo como nick-name en messenger. El poema completo dice:

Siempre he querido trucha de montaña
de desayuno.
De repente, encuentro un sendero nuevo
a la cascada.
Empiezo a tener prisa.
Despierta,
dice mi mujer,
estás soñando.
Pero cuando intento levantarme,
la casa se ladea.
¿Quién está soñando?
Es mediodía, dice ella.
Mis zapatos nuevos esperan junto a la puerta,
relucientes.

Esa noción de espera, de amenaza, insisto por sobre todo de esperanza, cuando nos calzamos y enfrentamos el día. Existe un fetiche en relación a los tacos femeninos, en cambio sobre los hombres se alude presumiblemente a su anatomía. “Zapatitos prestados…”, dicen, como para aguar la imaginación y expectativas. Pero, ¿los zapatos nos llevan?, ¿o nosotros los llevamos a ellos?

 

Por un zapatito roto

Esta columna no buscaba destilar gran reflexión, solo recrear un estado de satisfacción, más que un reproche. Me gusta usar zapatos, dentro de ciertos contextos. Solo eso. Recuerdo, otra vez desde el pozo de la nostalgia, que vendían cuando chicos un juguete para armar con forma de zapato, más bien de una bota o un bototo. Dejaré a un lado la imposibilidad de tener uno yo, tampoco mi hermano, a quien hubiera correspondido por edad. No ocurrió. Me llamaba la atención en el comercial exhibido por TV, la advertencia diciendo: lo único que no incluimos fueron las instrucciones. Las razones eran obvias, o debían inferirse: pues era un juguete para explorar, imaginar y construir por sí mismos.

Dentro del mismo ámbito infantil. Los cuentos hasta donde sé, todavía siguen terminando así:

“Colorín, colorado
este cuento se ha acabado,
pasó por un zapatito roto
y mañana te contaré otro.”