Negarse a repetir la fórmula cuando se está en la plenitud del éxito habla bien de la honestidad intelectual, en este caso, de Juan José Campanella, quien luego de la ultra reconocida y ganadora del Oscar El Secreto de sus Ojos volvió a la carga con Metegol, una película animada con versión en 3D. Pero no es el cambio por el cambio: el director argentino hace cine, fundamentalmente, movido por la necesidad de decir algo. Es una obra que recrea un mundo personal y aún en esta película, tan radicalmente distinta en lo formal a las anteriores, se expresan algunas de las continuidades de su filmografía: las relaciones familiares (especialmente entre padres e hijos), el bar o el boliche como un lugar entrañable, la importancia del pasado en nuestros presentes, los secretos familiares, una forma lírica de ver la vida  y, era que no, el fútbol, como ya se expresó en la memorable escena del partido de Racing en El secreto de sus ojos.

         Dicho esto, en los tiempos que corren no puede hablarse de apuestas solo circunscritas a lo artístico. Metegol es, también, la película más cara de la historia del cine argentino (20 millones de dólares) y conlleva el desafío de no desentonar al lado de millonarios y veteranos exponentes de la animación, como la referencia insoslayable de Pixar. Y la verdad es que se ha pasado consistentemente esta parte de la prueba.

         Pero volvamos a los temas recurrentes de Campanella. Otra de sus constantes es la encrucijada de individuos, en principio comunes y corrientes, que alcanzan un estatuto de héroes discretos yendo sin alarde más allá de sus propios límites, para enfrentarse a una situación leída como injusta (sea el dogmatismo de la Iglesia Católica, las instituciones de la dictadura o, en este caso, el capitalismo salvaje). Es lo que le ocurre al niño y luego joven protagonista Amadeo, fanático del taca-taca en un bar de pueblo perdido y que, ante la posibilidad de que el progreso destruya su comunidad, decide salir de la mesa de juego y convertirse en el héroe del pueblo. Son los propios futbolistas de madera los que, cobrando vida, lo acompañan en su aventura. Como puede verse en este punto, la animación no debe confundir: aquí está Campanella en plenitud.

         Cuento adicional son las citas a la historia del cine, como la de 2001: Odisea del Espacio al principio o la conversión de la historia en una película de vaqueros, en la parte del vertedero. Esto no solo vuelve a mostrar el amor que siente y demuestra Campanella por este arte, sino que de seguro va a satisfacer el alma de los que irán a verla por cinéfilos, teniendo que incursionar en tierras indignas, en salas dentro de malls con esos atroces niños ruidosos.

         Aunque en menor medida que El hijo de la novia o El secreto de sus ojos (quizás por la vara de taquilla que supone la inversión) la película, también, cumple con el proverbio chino que tan lejos está de muchas expresiones artísticas, incluido el cine chileno: “Muestra tu aldea y contarás el mundo”. La conexión entre lo propio y lo de cualquiera, que caracteriza el arte y la estrategia de posicionamiento de Campanella, está aquí debidamente equilibrada. Por un lado, hay un intento de difuminar nombres de ciudades, escoger un castellano muy neutro para los personajes (salvo el futbolista fanfarrón) e incluso de cambiar el nombre de la película según la denominación local del taca-taca pero, al mismo tiempo, una película como ésta está empapada de la pasión y la melancolía argentinas, lleva la denominación de origen en la etiqueta.

         Es, en resumen, una película para futboleros, sí, por guiños como el autorreferente personaje de la estrella de taca-taca “El Beto”. Y para verla juntos padres e hijos, también. Pero no necesariamente. Porque así como mis amigos dicen que con las metáforas del fútbol se puede hablar de cualquier otra cosa, aquí pasa lo mismo. Campanella hace un lujito y sale jugando, lo cual provocará los aplausos de su público y profundizará el rechazo de la barra rival, que ya sabemos que también existe.

Metegol (Argentina-España/2013). Edición y dirección: Juan José Campanella. Guión: Juan José Campanella, Eduardo Sacheri y Gastón Gorali, inspirado en el cuento Memorias de un wing derecho, de Roberto Fontanarrosa. Con las voces (en la versión para Argentina) de Pablo Rago, Miguel Angel Rodriguez, Horacio Fontova, David Masajnik, Lucía Maciel, Diego Ramos, Fabián Gianola y Coco Sily. Fotografía: Félix “Chango” Monti. Música: Emilio Kauderer. Dirección de arte: Nelson Noel Luty. Canción Principal: Calle 13. Duración: 100 minutos. Todo espectador.