Hace poco supe de la hija de una amiga que se indujo un aborto con misotrol. Su mamá es católica practicante, pone toda su fe en Dios y confía la ayudará a resolver los problemas. Va mucho a la iglesia y ama a su prójimo, es una mujer devota. No supo que su hija mayor abortó. Seguramente nunca va a saberlo. No seré yo quien se lo diga.

Me imaginé a esta niña sola con su dilema, seguramente con miedo, resolviendo en silencio su pena, mientras su madre comparte fotos de oraciones por las redes sociales: siempre una figura de brazos abiertos, que te espera, radiante. Madre e hija, ajenas una a la otra. Pensé en la hija menor, y si algún día también querrá acudir a su madre sin poder.

A partir de la sensación que me dejó esta historia, de pena por su separación en nombre de un dios imaginario, reviví algunas historias lejanas que creía olvidadas.

Recordé el relato de una estudiante, que al saber de su embarazo lo comentó a la amiga con la que compartía departamento. Se habían conocido hace poco en la universidad y compartían una amistad profunda y afectuosa. Su amiga era la mimada hija de un respetado médico del cual se rumoreaba estaba involucrado en abortos clandestinos, aunque nunca se comprobó. Cuando le contó de su embarazo no tenía la intención de abortar, pero tampoco quería ventilar la novedad hasta no estar completamente segura del rumbo que quería tomar. Tenía mucho en qué pensar antes de decidir. Pero la amiga muy pragmática buscó a su padre médico para que resolviera a la brevedad su inminente salida del departamento compartido; no iba a ser fácil encontrar un departamento con las mismas características y estaba francamente molesta con la idea de irse. De esa manera, el embarazo dejó de ser privado y pasó a ser tema en otra familia antes que en la suya propia. En un medio social pequeño y católico, donde el rumor corre como atleta, la posibilidad de abortar despareció igual de rápido que el padre del crío.

Luego recordé a otra mujer soltera que, ya nacida su guagua, recorrió varias parroquias en busca de un cura que bautizara a su hijo. Ella era católica y se sentía lo bastante culpable como para querer un bautizo que lavara la mancha. Tres negativas le quitaron las ganas. Como le explicó un viejo cura polaco (había llegado a Chile arrancando de la guerra) en su fría oficina con piso de madera de esos que crujen, su bebé era hijo de la pasión, no del amor y encima no tenía padre. La juventud estaba cada día peor, decía el viejo meneando la cabeza. En definitiva, debía buscar otro sacerdote que lo bautizara ya que su parroquia no se prestaba para eso.

La tercera historia es de una joven que para retomar los estudios después de congelar varios semestres para criar a su hija, postuló a una pensión universitaria de esa congregación donde la mater es encarnación del comprensivo amor femenino. Al presentarse a la entrevista con la hermana directora, sus amigos marianos le recomendaron no decir que tenía una hija. Como la niña viviría con sus abuelos mientras ella estudiaba, era posible no mencionarla. La entrevista con la monja resultó bien. La hermana vio con agrado que la joven tuviera buenos modales, apellidos poco comunes, fuera una “señorita” y su padre pudiera pagar el costo del hogar. Ningún problema. Le mostraron su pieza y la esperarían en una semana. Al despedirse ella no aguantó más, y le contó a la monja sobre la hija, para por lo menos poder tener una foto de la niña en el velador del austero dormitorio. Hasta ahí llegó la cordialidad cristiana. No, no podían recibirla, lamentablemente, ya que “no era igual” a las otras señoritas que vivían ahí. Se tragó la rabia y se fue. Al día siguiente la hermana directora recibió una carta: “¿Cómo es la cosa hermana? No quieren que abortemos, ¿pero después no nos ayudan ni para estudiar? ¿Debemos tener la guagua y después esconderla para ser ‘como las otras’? Sólo quiero salir adelante, no voy a contaminar a nadie”.

Relatos como estos hay demasiados. Vergüenza, rechazo, estigma. En Chile no hay suficientes opciones dignas para abortar, pero tampoco para optar por la maternidad. Quedan reductos de hipocresía, responsabilidad de las religiones y sus devotos, que habitan mucho en el cielo y poco en la tierra. No aceptan que cuando una mujer aborta tiene sus razones, y cuando no, también.

Fuente: www.lamansaguman.cl