Pasaron muchas cosas en 2013, hubo algunas muertes importantes y muchas más de las otras, las plebeyas sin nombre, hubo nombramientos, fumatas, dimisiones, catástrofes, grandes espectáculos, premios, embarazos, matrimonios, grandes borracheras, triunfos y porrazos. Y hubo, particularmente, elecciones.

Las elecciones son relevantes más allá de cualquier pasión electoralista -que las hay demasiadas-, principalmente porque están imbricadas con la que sí fue la cuestión más relevante del año, aunque no fuese un acontecimiento particular y circunscrito: el desafío que enfrentó la potencia social refundadora que se modeló en 2011-2012 en el momento del cierre -otros dirán apertura- institucional de la política.

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Fotografía de Emilia “Iguana” Aguilera

Después de un ciclo poderoso de movilizaciones sociales, en 2013 los movimientos sociales debieron enfrentar la política en una forma nueva para ellos. Ya la habían practicado a través de la constitución de sujetos y discursos, y sobre todo, edificando una capacidad de movilización social claramente superior a los partidos y las convocatorias electorales; pero ahora les tocaba ver de frente el rostro adusto de la política institucional.

Poner el centro en el programa, supone resuelta la cuestión de la política, o dicho de otro modo, omite el hecho fundamental de la desigual distribución de la capacidad de acción en el campo de lo político.

Uno de los rostros de ese desafío estuvo dado por las candidaturas parlamentarias llamadas “sociales”: Gabriel Boric, Francisco Figueroa, Daniela López, Camila Vallejo, Karol Cariola, Giorgio Jackson, Iván Fuentes y algunos más. No debe nombrarse allí a las candidaturas presidenciales, porque si bien algunas aparecían discursivamente asociadas a ese mundo, ninguna emergió de una vinculación genuina con los principales cursos de la movilización social reciente. Ese sería quizás uno de los factores que expliquen sus mezquinos resultados.

Pero las candidaturas fueron apenas uno de los aspectos. El problema fundamental tiene que ver con la suerte de las fuerzas refundacionales en su confrontación con la potencia conservadora que atraviesa de borde a borde la política partidizada. No es una confrontación partidos versus movimientos, tampoco es una confrontación izquierda – derecha (habida cuenta de las opciones poco izquierdistas tomadas por parte sustantiva de la izquierda real y de la debacle intestina de la derecha partidizada). El asunto es, una vez más, de naturaleza política. Cuando todos repiten que el tema es el programa hay que decir un muy grande NO. Primero porque es falso que Bachelet tenga verdaderamente un programa, tiene una lista de subterfugios, intenciones vagas, pero no un programa. Segundo, porque poner el centro en el programa (reducido previamente a una pila de formalizaciones sobre políticas públicas), supone resuelta la cuestión de la política, o dicho de otro modo, omite el hecho fundamental de la desigual distribución de la capacidad de acción en el campo de lo político.

En ese sentido, la imagen de poder total que se ha vinculado a Bachelet desde su regreso, que la coloca por sobre partidos y corrientes y horada referentes incluso más allá de las fronteras de la Nueva Mayoría, constituye la antípoda de las intenciones de redistribución del poder que ha anidado en distintos movimientos sociales, desde la convocatoria de Marca AC hasta un convulsionado movimiento estudiantil que tanto en secundarios como universitarios se debate hoy en interesantes confrontaciones políticas.

Respecto de las candidaturas, sólo el triunfo de Gabriel Boric significa una posición de real independencia. Vallejo y Jackson -adornos más, adornos menos-, forman parte del bloque bacheletista que, en el mejor de los casos se alinearán en su interior en direcciones más transformadoras. Cariola ha mostrado una posición más abiertamente oficialista, disciplinada, acrítica y Fuentes, bueno, Fuentes llegó con la DC. Como resultado, aquella parte de la política de los movimientos sociales que se expresó en candidaturas ha salido bastante menoscabada y su capacidad de presión está en duda. El Partido Comunista forma parte de la Nueva Mayoría, es de hecho quien permite su existencia más allá de la Concertación. Revolución Democrática no pertenece a la Nueva Mayoría, pero ¿podría decirse que no forma parte del bacheletismo?

Bachelet pareciera desear un modelo a la usanza del viejo PRI mexicano, cuando cobijaba en su interior múltiples tendencias de signo ideológico bastante diverso, apostando a contener en su interior a parte sustantiva de los conflictos políticos del país, sosteniendo así una estabilidad que le permitió gobernar ese país por una larga porción del siglo XX.

Sea como sea, el avance de la capacidad del bacheletismo en la captura de las potencias refundacionales, reduciendo su independencia y su capacidad de presión, problematiza no tanto la supervivencia de los referentes constituidos desde la movilización social -que a estos efectos es un tema secundario-, sino la fortaleza con que ingresan al nuevo escenario las fuerzas transformadoras de lo político, que se ubican en muchos lugares diferentes de la geografía política. Esa será una de las cuestiones centrales de 2014.

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La pérdida más importante del año para la política chilena fue Longueira. Se lo llevó la presión, o la depresión, o algo parecido. Nunca lo sabremos. El hecho es que la derecha chilena deberá prescindir de uno de sus hombres más talentosos y proyectivos después de Guzmán.

El hecho está conectado con otros, quizá por obra de una pertinaz mala suerte: la caída de Golborne primero como candidato presidencial y luego como candidato a senador, la estrepitosa derrota de Matthei, amen de otras caídas en el sector.

En Renovación Nacional, por otro lado, se derrumban los cercos del fundo Larraín y las cabras corren por los cerros en desbandada. La fila más larga es la de las renuncias y se habla de nuevos referentes.

La crisis de la derecha política adquiere la envergadura propia de las situaciones irreversibles, que sin embargo resultan ser también refundacionales. Hay que dimensionar la crisis, sin embargo. Cultural e ideológicamente, las ideas que instaló en Chile la derecha doctrinaria están en pie y gozan aún de una robusta salud. El modelo, si se me disculpa, no está ni cerca de derrumbarse.

Por otro lado, estrategas y operadores como Piñera, Hinzpeter, el grupete de Evópoli, entre otros, llevan un rato trabajando por proyectos de “nueva derecha”. Hay que tener claro que no es por el lado del los movimientos sociales donde único se cuece la posibilidad de una renovación de la política. Ese impulso está también en la derecha, con una presencia no despreciable de jóvenes. Chicos de alma vieja con la camisa por dentro y armados de valores conservadores, si, pero parte de una generación que intentará hacer las cosas de otro modo.

Con ese panorama, la Nueva Mayoría, anclada en múltiples temores y amarrada a un viejo sentido “laboral” de la política (los partidos como agencias de empleo, el servicio público como botín) luce una pertinaz disposición a mantener el bostezo posdictatorial. Nada allí anuncia cambio.

Tampoco en la izquierda real, que da tumbos entre un sentido práctico que cosecha éxitos institucionales a costa de los sentidos ideológicos, debilitando al sector; y un sentido ideológico maximizado hasta la despolitización, que se debilita en su incapacidad de convocar.

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Fotografía de Emilia “Iguana” Aguilera

Varias fueron las iniciativas en pro de una nueva Constitución. Para todos, el escenario menos conectado con el espíritu de la voz ciudadana era delegar el tema al Congreso, básicamente porque ello supone que ese es un actor legítimo para construir un nuevo ordenamiento constitucional para el país, cosa que, como se sabe hasta la saciedad, no ocurre. Sin embargo, de todas las opciones posibles, ésa fue la que tomó Bachelet.

El tema no es menor, si se lo piensa en proyección. Bachelet se comprometió en la campaña con una nueva Constitución pero esquivó sistemáticamente pronunciarse sobre la fórmula. Ganadas las elecciones y casi instalada en el poder, resuelve uno de los problemas de su lista molestosa escogiendo la salida más conservadora. Habrá que ver si ésta es una muestra de cómo será el modo en que cumplirá su ambiguo programa.

La comprensión de la memoria que se anuncia en los jóvenes, debiera ser la que se instalara en el centro de la transformación de la carta magna, si se aspira, verdaderamente, a que la Constitución sea la escritura pública de una sociedad nueva.

Queda en el camino el gran esfuerzo de Marca AC, que si bien lograron porcentajes de participación más bien bajos, habida cuenta del carácter social y político de la campaña, lograron entusiasmar a una cantidad de gente con la posibilidad. Algo debería pasar allí con respecto al anuncio de la presidenta electa, dado el importante contingente bacheletista que participó y que en buena medida formó parte de la dirección de la campaña. Algo debiéramos estar escuchando.

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El 2013 fue el año que sumó 40. Ese hecho no debiera ser menos valorado, dado que la memoria constituyó un lugar fundamental de la construcción de la hegemonía concertacionista en la era postictatorial. Es fundamental estar atentos a sus cambios.

En diversos foros, discursos, representaciones, vimos emerger una narrativa claramente diferenciada de las claves de victimización y monumentalización despolitizadoras con que se hilvanó la memoria oficial en los 90. Especialmente entre los más jóvenes, pero no sólo en ellos, vimos retroceder el miedo, desvanecerse la atávica genuflexión ante los uniformes, y sobre todo, una permanente insistencia por superar aquella memoria que omitió sistemáticamente la cuestión social y eludía -por razones obvias- colocar la refundación neoconservadora de la sociedad chilena en el lugar central del genocidio.

La comprensión que allí se anuncia, debiera ser la que se instalara en el centro de la transformación de la carta magna, si se aspira, verdaderamente, a que la Constitución sea la escritura pública de una sociedad nueva.