parra_uvasCuando esta crónica sea publicada ya llevaremos algunos días corridos del 2014, y será parte del pasado este registro que hago de las últimas horas del año-viejo, justo el treinta y uno, escribiendo acodado sobre la libreta con mi lápiz tinta gel. Tal vez algunos, como lo hacía mi padre, estarán atentos al tiempo, a cómo van amaneciendo los días, porque según se cree los doce primeros días “predicen” cómo se vendrá el año. Superstición sencilla, pero por cierto lejana de las fluctuaciones del cambio climático y otras cuitas propias de nuestro tiempo, el zeitgeist que define, entre el cielo y el infierno cómo giramos sin barandas, o con bien poca claridad sabemos cuándo nos acostamos y cómo nos levantamos.

Escribo y pienso, robándole segundos al año que se va. Y lo hago apuntando mis propósitos para el fin de año: tirar agua al patio para lavar los dolores, en barrer la mala suerte, en los papeles que quemaremos junto a una vela, creyendo olvidar el pasado; así como en un billete con una hoja de laurel celosamente plisados al fondo de mi billetera. ¿Cuánto durarán los buenos propósitos para el 2014? ¡Nunca el año completo! ¿Un mes, dos semanas, un par de días? Estas fiestas de fin de año tienen mucho de esos globitos chinos expulsados al cielo, lámparas voladoras, que vemos brillar hasta desaparecer como en un pestañeo. Justo el treintaiuno. Hay un lacónico cuento de Onetti, que no pude terminar de releer (me ganó la melancolía, lo tomaré más tarde), y que lleva ese mismo nombre, donde una pareja en ruinas da sus últimos estertores de convivencia, mirando una misógina e intolerante cita de Baudelaire, apuntada en un cartel colgado en la puerta del baño: “Gracias, Dios mío, por no haberme hecho mujer ni negro ni judío ni perro ni petizo”. Los cuentos de Onetti resumen la derrota del mundo, pero también ofrecen un rayito de sol que llega a bañar la siembra de algunos brotes de esperanza. El cuento es demoledor, pero cierra con un acuerdo tácito, que viene a salvar la jornada: “—Como quieras—dijo. Dame otro trago, vamos a festejar el año.”

A propósito, cuando adolescente acuñé una reflexión del colombiano Álvaro Mutis sobre la desesperanza, que encontré googleando a falta ahora del libro a mano: “A mayor lucidez mayor desesperanza y a mayor desesperanza mayor posibilidad de ser lúcido; a reserva, desde luego, de que esta lucidez no se aplique ingenuamente en provecho propio e inmediato, porque entonces se rompe la simbiosis, el hombre se engaña y se ilusiona, espera algo, y es cuando comienza a andar un oscuro camino de sueños y miserias.” Mutis lo dice muy bien, “un oscuro camino de sueños y miserias”. Quiero quedarme solo con los sueños. Las miserias las veré luego convertirse en cenizas.

Agradece por estar vivo

Retomo mis apuntes en la oficina. Ya es 03 de enero. Amaneció frío, con algo de neblina. Habría fallado el cálculo de mi viejo. Cuando esto pasaba (nosotros queríamos que no se cumpliera) decía que quedaban los doce días restantes, o sea, volver a contar desde el 13 al 24, que no sé si existía, pero que él llamada “la redoblada” y que era su nueva posibilidad de predicción. Levanto la vista y quedo de frente a un poema zen, que tengo pegado sobre el monitor, y que a veces repito como un mantra: “Sólo por hoy no te irrites. / Sólo por hoy no te enojes. / Honra a tus padres, maestros y mayores/ Trabaja con honestidad. / Agradece por estar vivo/ y por todo lo que te rodea.”  

No sé si habrá sol o lloverá mañana. Poco me importa, o ya no debería preocuparme. Si este enunciado, sirve como propósito, creo que este será el mío el 2014: Agradecer por estar vivo. Nada más. Nada menos. Que los días sigan pasando.