Chile es uno de los países con menor consumo cultural en Latinoamérica. Si bien durante los últimos años el país ha sido escenario de la llegada de eventos masivos y de alto prestigio como Lollapalooza y otros megaconciertos (U2 o Roger Waters), dichos actos distan de representar una opción real de acceso a experiencias culturales por parte de la ciudadanía en general.

El valor de producciones de este tipo conllevan también un alto costo en las entradas para asistir, llegando incluso en ciertas ocasiones a un equivalente a un sueldo mínimo o mucho más, como en el caso del tour de Paul McCartney, donde algunos tickets bordeaban el millón de pesos.

Ahora bien, este tipo de conciertos no son necesariamente la clase de eventos que arrastran consigo audiencias transversales, sino más bien son actos cuyo valor de ingreso los convierten en objeto de nichos específicos de un público socioeconómicamente estratificado.

Para Carolina Gonzalez, productora, gestora y una de las fundadoras de la compañía Tryo Teatro Banda, los problemas de acceso a la cultura responden a una poca valoración en general de la experiencia y el contacto con el arte.

tryoteatrobanda.cl

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“Yo siento que se le da muy poca importancia. En este país no se le da valor al ocio, de hecho está muy mal mirado”, declaró.

De acuerdo a cifras del Instituto Nacional de Estadísticas y el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, el consumo de cultura ha ido aumentando paulatinamente en toda la población, siendo principalmente los espectáculos musicales y las salas de cine los espacios que arrastran más cantidad de personas, seguidos por el teatro.

Sin embargo, estos indicios no son muy significativos para lo que Chile realmente necesita en la materia. Ésa es al menos la impresión que tiene Carolina Gonzalez: “El acceso a la cultura es extremadamente limitado en Chile, y en regiones este fenómeno es mucho más feroz. Existen, apenas, instancias como los festivales comunales organizados por los municipios, iniciativas positivas que nos permiten a las compañías estar lugares de más difícil acceso”.

Son estas unidades municipales, concretamente las corporaciones de cultura, diversos departamentos y funcionarios, las que construyen el puente más directo entre bienes culturales y el grueso de la población.

Por bien cultural, comprendemos desde las expresiones artística hasta los espacios para el desarrollo íntegro de las personas, como bibliotecas, salas de exposiciones e instancias de diálogo comunitario. La potenciación de estas instancias contribuyen al desarrollo, considerándolas un fin de este último.

La legislación vigente que rige la institucionalidad cultural de los municipios es la Ley Orgánica Constitucional de Municipalidades (1988), en la que se estipula que dicha entidad ha de administrar la educación pública, la actividad deportiva y los bienes culturales de la zona, entre otras cosas. Lógicamente, debido a la cantidad de recursos que se manejan en cada comuna, las posibilidades son diferentes.

Las municipalidades de Providencia, Nuñoa y Vitacura, entre otras con altos niveles de ingreso, poseen en su territorio un gran porcentaje del abanico cultural a ofrecer en Santiago. Incluso la oferta de las instituciones públicas está concentrada. Por ejemplo, el Festival Internacional de Música Contemporánea, organizado por la Universidad de Chile, es una de las funciones gratuitas de mayor prestigio, pero se realiza en dos recintos de Santiago y Providencia (Sala Isidora Zegers y Teatro de la Universidad de Chile) y no tiene importantes réplicas en otras zonas de la capital.

La Región Metropolitana, en base al grueso de su población y la proporción en tanto actividades culturales y panoramas, posee una gran desigualdad. Las comunas mencionadas anteriormente tienen como primera diferencia la institucionalidad cultural. Gracias al presupuesto, pueden incluso externalizar la función cultural del municipio a través de corporaciones de cultura, que se encargan como entidad externa al organigrama local de generar una oferta cultural y autogestionarse mediante talleres, fondos, donaciones y arriendos.

Comunas como Independencia y Conchalí no pueden optar por ese camino. Sin embargo, de la mano del inicio del Festival Santiago A Mil, y la consolidación de enero como una especie de “mes del teatro”, tuvo lugar en la Facultad de Medicina de la U.de Chile (Independencia) una presentación de “Víctor, sin Víctor Jara”, una obra teatral que retrata la vida del cantautor nacional asesinado en dictadura, con una puesta en escena potenciada por imponentes actos corales llenos de emoción.

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¿Por qué Chile no le ha dado importancia a la generación y al consumo de expresiones culturales?

Aquí se debe ir más allá de la importación de espectáculos internacionales o capitalinos, para potenciar iniciativas locales que produzcan sentido de pertenencia. Es, en este sentido, un asunto político.

“Yo parto de la base que todo teatro es político. Nosotros en nuestro discurso tratamos de representar un hecho específico siendo muy cuidadosos en la investigación. Obviamente está la mirada del director, del dramaturgo y la que la compañía quiere proyectar, pero son las personas las que tienen que reflexionar en torno al hecho, sobre lo que estamos contando”, sostiene Gonzalez.

Las expresiones culturales son focos de reunión y de conversación ciudadana. Mientras más participación haya, mientras más creación exista, la generación de discursos populares y locales se hará más frecuente, más completa y más compleja.

“El teatro y las expresiones artísticas son fundamentales para crear comunidad, porque finalmente somos nosotros quienes tenemos que hacer una reflexión respecto de cómo vivimos el día a día. Estas expresiones humanas nos hacen más parte de nuestra propia historia, nos reconocemos con más honestidad”, afirmó Gonzalez.