El día en que supo que por las puertas de la cárcel no saldría en los próximos veinte años, se convenció que la única manera de acceder a la libertad era por los aires. Comenzó entonces su obsesión por levantar el vuelo por medios puramente relacionados con la concentración, el poder de la mente, en sus palabras.

En los comienzos de las largas horas que dedicaba a diario a su esfuerzo por levitar, sus compañeros lo miraban con una mezcla de escondida risa y de franca lástima. Cuando por las tardes terminaba sus ejercicios sin haberse despegado ni un milímetro del terroso patio de la prisión, ya nadie le hacía comentario alguno, en silenciosa demostración de solidaridad.

A los dos años, las habituales evoluciones del Negro a la hora del crepúsculo, no eran motivo de distracción para nadie.

Lo que llamó la atención un día de agosto del año de su libertad, no sólo de la Calle Cinco, sino de toda la población penal, fue la cerrada descarga de fusilería que disparó la guardia armada segundos antes que el Negro Mario cayera en el centro del patio principal del presidio con un estruendo seco.

La discusión que siguió fue a qué altura volaba cuando fue derribado por la precisión de los tiradores.