He terminado por concluir que la mayor sabiduría está en los mochileros. Maravillosos sujetos sin rumbo, exploradores sin horario ni cartografías, movidos por un sentido completamente contrario a aquel mandato pinochetista de “metas y plazos”, gente improductiva dotada de una particular capacidad de orientación en parajes sin nombre, entrenados para perder el tiempo sin sentir culpa, seres humanos sin un gramo de capital humano. Uno se los encuentra parados debajo de un paso bajo nivel entre la nada y la cosa ni una, confiados en la buena voluntad de choferes, camioneros y otros extraños habitantes de la ruta.

Pero no se crea que ha sido fácil llegar a esta conclusión. Han sido años de vacaciones planificadas, cotizadas, dibujadas con el dedo por los mapas de la pantalla del computador, preparadas hasta el hartazgo, con revisión técnica del auto y largas listas redactadas a la medianoche, reservaciones, pagos por anticipado, compras fútiles pero imprescindibles, incansables búsquedas de carpas y botes inflables entre los trastos viejos, todo reunido para intentar el día de la partida amontonarlo de alguna forma virtuosa en el escaso espacio del auto, en medio de un stress ilimitado, aliñado con retos a sus hijos y unas miserables gotas de traspiración en la frente. Recién al kilómetro 80 o 90 de la carretera –no es que yo lo sepa, es lo que me cuenta mi amigo–, siempre con una o dos horas de retraso, la tensión comienza ceder y con ella desaparece la hasta ese momento cercana posibilidad de la úlcera. Pero es allí que alguien denuncia que se ha quedado algo: el bloqueador solar, no importa, compramos más allá; no, los sartenes y las ollas, o la cocina de camping, o peor aún, el colchón inflable que les regalaron para la pascua, horror, el regalo más preciado quedará todo el verano arriba de la mesa del comedor, en la oprobiosa inutilidad de la casa solitaria. Fueron 20 minutos de una pena negra tras saber la noticia. Todo el auto en silencio. Tendrían que esperar todo un año para probar el blando confort del colchón, que para entonces ya no sería nuevo.

Llegados a la cabaña del sur, o del norte (cualquiera que haya leído a Huidobro sabe que Chile no dió para más puntos cardinales) se entregarían al aseo, desmontar pieza por pieza la carga, hacer camas, barrer humedeciendo el piso con cloro; la mamá, envuelta por el peso de la obligación, pondrá a cocer unos fideos, no antes de pasar una media hora localizando al señor de las cabañas para que dé el gas. Al final, acostados los hijos, mi amigo y su señora se sentarán agotados en el living para mirarse satisfechos con una sonrisa imbécil, como si se dijesen: “somos la clase media, de la más común y silvestre, y aunque cuando regresemos vamos a tener que pensar como cresta pagaremos todo esto, acostémonos hoy y hagamos como que todo marcha bien, somos una familia feliz y estamos de vacaciones en este hermoso lugar atestado de cabañas y carpas, rodeados de por lo menos un tercio de la población de Santiago.”

Para los que engrosamos el vulgo tardocapitalista global, los viajes de vacaciones se han convertido en bienes de consumo, adquiridos con la misma imbecilidad con que se compran tantas otras cosas.

Al día siguiente irán a la orilla a clavar el asta de la sombrilla en la arena como quien reclama soberanía y verán a los niños jugar inocentes, antes de volver a cocinar y lavar platos, obligarlos a bañarse y comerse las vienesas con puré y ver los canales nacionales en una tele vieja con antena de colgador. Así será, un día tras otro, hasta empezar a sentir un dolorcillo en la espalda y un persistente cansancio. Con la pérdida de vigor muscular se irá perdiendo el ánimo, y un mal genio apenas contenido se filtrará aquí y allá. Ya será hora de volver.

Escuchando las quejas de mi amigo he terminado por concluir –yo, que soy un columnista reflexivo al que no le pasan las cosas mundanas que le pasan a mi amigo– que terminamos por pudrir el sentido de las vacaciones, si es que éstas tuvieron en verdad un sentido. ¿Quién tiene vacaciones? Algunos trabajadores urbanos de las ciudades capitalistas. Dudo que las tengan los campesinos de cualquier parte del mundo, o alguna de las 200 mil personas que trabajan aún hoy bajo régimen de esclavitud en Brasil, o la “nana” de la casa de la amiga de una amiga de Ñuñoa, sin ir más lejos, o el viejo de la construcción que va de obra en obra, y un largo etcétera. Las vacaciones deben ser un invento reciente, original de las clases medias. Los ricos no están mayormente interesados en el tema. Para ellos el calendario tiene menos exclusas. Cualquier momento puede ser bueno para sacar pasajes y tomarse una semana en la Costa Azul.

Para todos los demás, los que engrosamos el vulgo tardocapitalista global, los viajes de vacaciones se han convertido en bienes de consumo, adquiridos con la misma imbecilidad con que se compran tantas otras cosas: subirse a un autobús turístico urbano con una camarita al cuello, pasar por una ciudad sin que ella pase por nosotros, bajarse en una plaza por media hora y sacar más fotos, llenar memorias digitales y descargarlas en discos duros que nunca más volverán a abrirse. O comprar paquetes all inclusive para ir a un lugar sin ubicación, sin identidad, que lo mismo podría estar en Punta Cana que en una playa del sudeste asiático. Da lo mismo, la compulsión acumulativa se habrá satisfecho. Otro lugar tachado de la lista que podrá exhibirse en el almuerzo con los compañeros de trabajo.

Roma_coliseoUna vez estuve en Roma. Fui al Vaticano. Fui a la Capilla Sixtina pero tenían El Juicio Final cubierto con un trapo, por restauración. Jodimos. Fui a la Piazza Navona, fui el enésimo imbécil que tiró una moneda de espaldas en la Fontana di Trevi, fui al Castell Sant Angelo, comí paninis y tomé ristrettos. Recuerdo de forma diáfana que estando parado en el Coliseo supe que no podía pensar allí nada más profundo ni significativo sobre aquella historia, sobre los gladiadores y sobre los portentos arquitectónicos e ingenieriles del edificio, que si lo hubiera hecho en el living de mi casa. Tal como lo hacía Julio Verne, que escribió de todo y casi no fue a ninguna parte.

Me invadió una profunda indiferencia. El Coliseo me importaba, claro, y la historia de Roma, y la historia universal y, para decirlo en corto, todo lo que está en la Enciclopedia Británica; pero estar allí no me remitía a nada de eso. Tanto nadar para venir a morir en la orilla, recordaba el proverbio. Definitivamente, experimentar algo requiere tiempo. Un tiempo sin dudas distinto en extensión, pero también con bordes diferentes a los que dibuja el turismo: “cuatro días en Varadero y tres en La Habana”, ¡y alguien llegará diciendo que estuvo en Cuba!

Quizás si hubiese roto esas trabas y me hubiese ido a sentar a una plaza a intentar conversar un rato con una romana bonita, habría logrado estar, aunque sea por un rato, en Roma.