Por Andrea Rodríguez – Ilustración: Magdalena Armstrong Agustín

Se siente superior a todos y a todo, convencido de que su trabajo es tan importante para el destino del país que está por encima de la ética mundana que nos obliga al resto. Nadie lo eligió y nadie lo fiscaliza, pero ahí está, escuchando las rotativas desde el trono, jugando un poco a ser dios y un poco a ser mesías.

Como se dijo alguna vez, su diario no es un lugar donde se reportea o se informa lo que ocurre en nuestro país; en esas oficinas que están más allá de las oficinas, por el contrario, se piensa a Chile con sentido estratégico. Así devino en el poder fáctico por antonomasia de la pírrica democracia nuestra de cada día, según reza el canon que acuñara Andrés Allamand en 1993. No me pregunten a mí, pregúntenle al ministro–candidato si podría ganar con el viejo en contra.

Su diario, que se precia de su gran antigüedad, constituye una pieza del mejor conservadurismo que ha traspasado repúblicas socialistas, frentes populares, períodos democráticos y dictaduras. Ello no es casual ni obedece a dotes administrativas excepcionales de sus dueños. Por el contrario, en más de un momento de nuestra historia reciente, el ampulosamente llamado “decano de la prensa chilena” se ha favorecido de turbias operaciones de ayuda realizadas siempre de forma más o menos secreta.

Durante el gobierno de Allende, según consta en el informe de Acción encubierta en Chile. 1963–1973 realizado por la comisión del Senado de Estados Unidos encargada de estudiar las operaciones gubernamentales de inteligencia (http://www.derechos.org/nizkor/chile/doc/encubierta.html), El Mercurio recibió de los organismos de inteligencia norteamericanos la suma de 700 mil dólares, aprobados el 9 de septiembre de 1971, a los que se sumaron 965 mil aprobados el 11 de abril de 1972. “Un memorándum del renovado proyecto de la CIA concluyó que El Mercurio y otros medios de comunicación apoyadas por la Agencia habían jugado un papel importante en la puesta en marcha del golpe militar del 11 de septiembre de 1973 que derrocó a Allende”, añade el informe.

Ya en dictadura, El Mercurio fue objeto de un acto de colusión política y económica tan ilegítimo como impune. Según narra María Olivia Mönckeberg en “Los magnates de la prensa”, el clan Edwards había acumulado para la crisis del 82 deudas por 100 millones de dólares. Con esa carga, y en plena época de quiebras masivas, una vez más el viejo decano se salvó. El Banco del Estado –en esa época todavía tenía el “del” que le daba sentido fiscal– le entregó 53 millones de dólares en créditos. Vino uno y otro chanchullo. Transferencias de acciones, amabilísimas repactaciones y otras mañas que tuvieron como un personaje protagónico a Jovino Novoa, que al salir de la Subsecretaría General de Gobierno aterrizó como editor general de informaciones del Mercurio.

En fin, con semejante guardián de la objetividad periodística, tenemos asegurada manipulación de la información para rato, y de paso queda claro que después de esta nota suicida, esta humilde periodista se perdió de cualquier pega rentable en el duopolio.